Por HERMANN TERTSCH
El País, Bonn,
07.07.89
Janos Kadar pasará a la historia como un líder
controvertido. Fue uno de los dirigentes comunistas en Europa del Este que más
humanidad demostró en los duros años del estalinismo, el deshielo tras la
muerte de Stalin y los graves reveses durante la era de Jruschov y la posterior
fase de esclerotización brezneviana. Kadar creía que una victoria, en 1956, de
las fuerzas rebeldes dirigidas por Imre Nagy habría traído consigo una tragedia
aún mayor que la intervención soviética con sus miles de muertos. En cuanto
pudo después, comenzó una política de reconciliación que, pese a todas sus
contradicciones, mucho tuvo en común con los intentos del polaco Gomulka de los
primeros años y del checo Alexander Dubcek para crear un socialismo con rostro
humano. Su política de limitar la represión a la protección del régimen hizo de
Hungría, ya en los setenta, un país sin el mesianismo comunista de la ortodoxia
de Ulbricht y Honecker en Alemania Oriental. Kadar es también el paradigma del
líder reformista comunista que, al renunciar a la implacable represión de toda
disidencia y apelar a la humanidad en la política interior, desata fuerzas que
finalmente amenazan la existencia del sistema. Kadar fue un político austero y
honrado. También fue un patriota. La tragedia de Kadar, como de tantos otros
dirigentes comunistas que creyeron en la viabilidad del proyecto de felicidad
social impuesto por la fuerza, es el fracaso de este proyecto histórico, el hundimiento
del sueño por el que muchos vivieron, murieron y mataron.
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