Por HERMANN TERTSCH
El País, Sofía,
30.06.89
Miles de refugiados turco-búlgaros, en el mayor éxodo
europeo desde 1945
Los codiciados automóviles soviéticos Lada, otros más
modestos -Trabant o Dacia- e incluso carros y carretillas cargan con todos los
enseres domésticos en el gran atasco. Sofás, camas y frigoríficos aguardan en
las bacas de los coches o al borde de la carretera a que sus dueños hayan
solucionado los penosos trámites fronterizos. La paciencia es requisito para cruzar
estos días la frontera entre Bulgaria y Turquía.
Más de 70.000 miembros de la minoría turca de Bulgaria han
asumido estas penurias en las últimas semanas. Sin que nadie parezca alarmarse
en Occidente, en los límites meridionales de los Balcanes se está produciendo
el mayor éxodo masivo en Europa desde el final de la II Guerra Mundial. Los
turcos búlgaros abandonan las tierras que habitaron desde el siglo XIV a causa
de la represión ejercida sobre ellos por el régimen búlgaro, que practica una
política de asimilación forzosa. Ésta vuelve a ser actualidad desde que entre el
20 y el 27 de mayo manifestaciones turcas en diversos puntos de Bulgaria fueran
reprimidas a disparos por la policía con un saldo de al menos siete muertos y
decenas de heridos. Bulgaria decidió entonces abrir sus fronteras a aquellos
que quisieran emigrar, en la esperanza de perder de esa manera a los más
activos militantes de la minoría turca.
El flujo de emigrantes amenaza ahora con estrangular la
economía búlgara y causar un gravísimo daño al prestigio internacional de
Bulgaria, en un momento en que se perciben claros indicios de apertura y la era
del implacable régimen comunista del jefe del partido Todor Yivkov parece
entrar en el principio del fin. La situación política induce a pensar que
Bulgaria podría salir pronto del páramo comunista. La situación económica, por
el contrario, comienza a ser catastrófica.
'Rebulgarización'
"Rebulgarización" llaman las autoridades de Sofía
a la gran acción lanzada en 1984 para hacer desaparecer del censo una minoría
turca de más de 900.000 personas. El régimen búlgaro asegura que sólo está
suspendiendo la "islamización forzosa" a que fueron sometidos los
búlgaros en cinco siglos de ocupación otomana. Según señala, los turcos no son
tales, sino "búlgaros islamizados". Esta versión la desmienten tanto
la lengua como la etnia de una gran minoría, el 10% de la población de la
República Popular de Bulgaria, de la que una gran parte está vendiendo sus
pertenencias y sumándose a la gran corriente humana, convencida de que no puede
vivir ya en Bulgaria. Los críticos de esta política la califican de
"exterminación estadística". Los turcos no existen como tales desde
1982. Los periódicos en su lengua dejaron de imprimirse -el último, Yeni
Isik (Nueva Luz), en 1985-, después cerraron sus escuelas, se prohibió la
circuncisión preceptiva para los musulmanes y las reuniones en las mezquitas
salvo para el rezo del viernes. Un musulmán creyente ya no podía cumplir con
sus deberes religiosos en Bulgaria.
Las causas de esta guerra contra la existencia de una
minoría son en parte históricas, pero también tienen un objetivo de realpolitik muy
claro.
Bulgaria no se quiere permitir un 10% de su población -en
continuo aumento por su índice de natalidad, muy superior al eslavo- que tenga
lealtades divididas entre su ciudadanía búlgara y la etnia de un Estado vecino,
Turquía, tradicionalmente hostil, miembro de la OTAN y con el ejército más
poderoso de la región.
Tanto Ankara como Sofía, ambos muy lejos de ser campeones en
el respeto a los derechos humanos, se han lanzado ahora a sendas campañas de
apología nacionalista y evocación de raíces seculares reales o inventadas, que
cada vez asemejan más a la que dos ilustres vecinos en los Balcanes, el líder
comunista serbio, Slobodan Milosevic, y el presidente rumano, Nicolae
Ceaucescu, orquestan desde hace tiempo para desviar la atención de la misérrima
situación de sus respectivas poblaciones.
Yivkov, que a buen seguro dejará una Bulgaria ruinosa a las
generaciones próximas, parece querer ahora pasar a la historia como el líder
que logró la "unidad nacional" búlgara. Para aquellos que no
colaboren cambiando su nombre turco y renunciando a su idioma ha dispuesto
incluso libertad para emigrar, un derecho reconocido por las Naciones Unidas y
que el régimen que dirige ha ignorado durante cuatro décadas.
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