Por HERMANN TERTSCH
El País, Bonn,
28.06.89
30.000 rumanos han huido este año del 'reino' comunista de
Nicolae Ceaucescu
"Trabajábamos como esclavos y nos pagaban como a tales.
La miseria, la suciedad y el miedo a que sepan lo que piensas de ellos lo
domina todo. Todo se soporta si no hay remedio. Pero cuando me enteré que me
querían meter en una clínica psiquiátrica por negarme a ser confidente de la
Securitate y a ingresar en el partido, pensé: yo me largo de aquí". Y
Milea Florin se fue. No llegó a la tierra prometida, pero sí escapó de la
dictadura más canalla del continente europeo. Tuvo suerte en la desgracia. La
suerte fue escapar; la desgracia, ser rumano en el reino comunista de Nicolae
Ceaucescu.
Es uno de los 30.000 rumanos, húngaros y alemanes orientales
que han cruzado ilegalmente en lo que va de año la frontera hacia Hungría
huyendo del despotismo bizantino del presidente rumano. En los primeros 15 días
de enero fueron 6.000, entre ellos Milea. Ahora son tan sólo 300 a la semana
los que lo logran. Para evitar las fugas masivas, las autoridades rumanas
comenzaron a instalar una gran verja de alambre de espino de dos metros de
altura a lo largo de su frontera con Hungría. En silencio, y en zona
militarizada por Bucarest, comenzó a surgir un nuevo telón de acero entre
países socialistas y aliados. Cuando los húngaros desmantelan su frontera
fortificada hacia Austria, un nuevo muro iba a separar a dos países europeos.
La decisión levantó fuertes protestas, incluso de la Unión Soviética, cuyo
representante en una conferencia sobre derechos humanos declaró el pasado
viernes en París su rechazo a esta iniciativa rumana. Ceaucescu ordenó levantar
el vallado.
Milea tiene 26 años, un largo pelo castaño cubriéndole las
orejas y un flequillo que se retira continuamente de los ojos. Habla un inglés
de autodidacta y cuatro palabras de alemán que le enseñó su abuela. Tiene
permiso de residencia en Hungría, trabajo en Budapest y un pequeño piso que le
presta el hospital que le emplea.
Nació en Braila, una pequeña aldea de Transilvania. Allí
cumplió también su servicio militar hasta 1983. "Entonces la situación aún
no era tan grave", recuerda. Fue entonces cuando Ceaucescu decidió
liquidar cuanto antes la deuda exterior, en su obsesión por recuperar la plena
independencia y dar rienda suelta a sus veleidades de "gran estadista
independiente en el escenario político internacional".
Entonces se comenzó a exportar todo para ganar divisas.
Como los productos industriales rumanos no son competitivos "ni en África,
donde también se tienen ya ciertas mínimas exigencias", dice Milea,
"la Rumanía de Ceaucescu empezó a exportar los pocos productos de un sector agropecuario olvidado por el frenesí industrial del estalinismo".
"Hoy ya no hay nada. Los viejos que no tienen que ir al
trabajo se ponen en las colas ante las tiendas a la una o las dos de la
madrugada con la esperanza de que cuando abran las tiendas haya llegado algo.
Van con una silla porque si no no aguantarían", dice.
Milea está muy satisfecho del trato que le otorgaron desde
que se entregó a las tropas fronterizas húngaras. "Fue tras un gran susto.
Después de cruzar el alambre de espino pensé que ya estaba en Hungría y me senté
a descansar. De repente vi a lo lejos unos postes y me di cuenta de que aún
estaba en suelo rumano. Corrí como un desesperado".
Varias chicas de la minoría húngara que intentaron huir
fueron capturadas hace unos meses y las patrullas violaron a todas
repetidamente. Cuando después llegaron en lamentable estado a su ciudad,
Brasov, un grupo de familiares y amigos indignados quiso asaltar el puesto de
policía.
Días antes de la conversación con Milea en una soleada
terraza de Budapest, aparecían muertos dos niños, ahogados en un río en la
frontera. La víspera, guardias húngaros habían observado cómo soldados rumanos
detenían a tres adultos. Los niños eran al parecer, sus hijos.
"Mucha gente te delata como anti-Ceaucescu y
anticomunista tan sólo porque espera que le suponga alguna mínima ventaja. Pero
todos los odian. El nombre de Ceaucescu es ya símbolo de ignominia en
Rumanía", dice Milea. "Lo único que puede hacer ya por nosotros"
concluye, "es morirse cuanto antes".
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