Por HERMANN TERTSCH
El País Miércoles,
04.11.87
Los disparos del lunes junto a la pista de despegue
occidental del aeropuerto de Francfort no sólo suponen un potente argumento
para los intentos de los conservadores en la RFA de ilegalizar a los
movimientos pacifistas, antinucleares y de base y marginar así a las fuerzas
que más obstaculizan el definitivo giro a la derecha en la política
de seguridad interna, anhelo incumplido desde la llegada al poder, en
1982. Supone también un jarro de agua fría para los intentos de analizar con
distanciamiento y serenidad lo que supuso para este Estado el terrorismo de los
años setenta. El atentado se produce en pleno debate sobre el otoño
sangriento alemán, cuyo décimo aniversario se conmemora. En ese otoño fue
secuestrado el presidente de los empresarios alemanes occidentales, Hans Martin
Schleyer, y un comando secuestró un avión de Lufthansa, que poco después fue
asaltado por unidades especiales en Mogadiscio. En los dos días siguientes al
asalto murieron en su celda tres dirigentes de la Fracción del Ejército Rojo y
apareció también muerto el empresario Schleyer.
Aquel otoño frustró los planes de un proyecto histórico de
tolerancia y de integración de la marginalidad ideológica y cultural en el
espectro político legal de la RFA, abierto por el canciller socialdemócrata
Willy Brandt. El Gobierno conservador de Helmut Kohl ha creado la sociedad
de dos tercios. Dos terceras partes de la población se benefician del auge
económico, mientras un tercio queda abandonado, en desempleo muchos, con
menores prestaciones sociales e ignoradas sus inquietudes, que son tachadas por
los gobernantes de "histerias" o "pretextos para la
anarquía". La radicalización de la juventud marginada se viene haciendo evidente
desde hace años. Las revueltas de Berlín Oeste este año lo demuestran. El
atentado del domingo es un nuevo paso en la escalada.
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