Por HERMANN TERTSCH
El País Domingo,
12.03.95
TRIBUNA
Una comisión de las Naciones Unidas y otra de la CIA
norteamericana han emitido sendos informes que, partiendo de informaciones
independientes entre sí, coinciden en concluir que aproximadamente el 90% de
los crímenes de guerra y de la llamada limpieza étnica en los casi cuatro años
de guerra en los Balcanes ha sido cometido por fuerzas serbias. Señalan que, a
la vista de la forma en que fueron cometidos, está claro que son parte de una
política aplicada de forma sistemática y organizada. Estas afirmaciones no
sorprenden a nadie que haya sido testigo en esta guerra o haya seguido su
desarrollo con un mínimo de lucidez y honestidad. Las grandes operaciones de
limpieza étnica en la Krajina y Eslavonia croatas, primero, y en Bosnia
oriental, después -infinitamente más brutal esta última-, fueron ejecutadas
todas siguiendo el mismo patrón, con plena coordinación entre el ejército yugoslavo
y las bandas paramilitares, y -esto ya no lo dice la CIA ni la ONU, sino yo-
por órdenes de Belgrado.
El terror ejercido contra la población bosnia no fue una
consecuencia colateral de los combates, sino el medio fundamental del ejército
y las bandas paramilitares para lograr su objetivo máximo, la expulsión de
todos los habitantes no serbios de regiones enteras. Para lograr hacer huir a
estas gentes, tan apegadas a sus casas y tierras, había que inocularles pánico.
Para ello no era suficiente la abstracta amenaza de muerte. Hacían faltan una y
mil veces ejemplos de horror, imágenes y relatos sobre hombres, mujeres, niños
y ancianos muertos y mutilados, que hicieran huir despavorida a la población
superviviente.
Gracias al terror generado en el primer año de guerra, no
tuvieron las autoridades serbias que mantener a más prisioneros que los
imprescindibles para el intercambio, unos cuantos campos de concentración y
alguno de exterminio para liquidar a prisioneros que podían engrosar las filas
combatientes del enemigo.
Lo lamentable de estos informes es que servirán de muy poco.
La limpieza étnica en los territorios ocupados por las fuerzas serbias en
Croacia y Bosnia es ya casi total. Y la próxima -previsible en el calendario de
tragedias balcánicas-, la de los albaneses en la zona norte de Kosovo, se hará
cuando nadie recuerde estos informes. Tan sólo desenmascaran una vez más al
ejército de tontos e hipócritas -políticos y plumas mejor o peor retribuidas-
que, desde Occidente, han equiparado siempre culpas de unos y otros para
apuntalar política e intelectualmente la pasividad ante el crimen y garantizar
así, por medio de la impunidad, el apoyo objetivo a los criminales.
Al menos hay un tribunal internacional en La Haya para
juzgar dichos crímenes, objetará alguno. Nadie duda de la sinceridad del esfuerzo
de los magistrados que lo componen. Pero hay que ser ingenuo para creer que
podrá ejercer su función. Es muy posible que su existencia sea moneda de
trueque en la negociación para arrancarle a Serbia alguna concesión. En todo
caso, y después de lo visto, no debe extrañar que los serbios no anden sobrados
de respeto a la ONU y que se tomen a broma las demandas de entrega de
compatriotas acusados de crímenes de guerra.
Precisamente para evitar vergüenza a tanto político
occidental y a mucho criminal serbio -hoy supuestamente amantes de la paz-, la
CIA mantenía en secreto su informe. Ha sido filtrado a la prensa por algún
funcionario harto de tanta ceguera y mala fe. Pero que nadie crea que empañará
la imagen de adalid de la paz de Milosevic que difunden ahora los mediadores.
Porque, con fuerza y voluntad de usarla, Belgrado puede molestarnos. Más, en
todo caso, que los gemidos de sus víctimas. Seguiremos por ello congeniando con
el verdugo. Por comodidad. Confirmamos así que, en este fin de siglo, el crimen
lleva al éxito, y éste a la impunidad y al reconocimiento. Queda el triste
consuelo de que hoy ya nadie puede llamarse a engaño.
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