Por HERMANN TERTSCH
El País Sábado,
11.03.2000
TRIBUNA
Es en muchos países muy popular descargar sobre la Unión
Europea la indignación por las consecuencias de los errores propios. Una
reflexión menos interesada y sesgada tiene necesariamente que llegar a la
conclusión de que el éxito del proceso de unión europea no tiene precedentes en
este continente tan castigado por guerras y recelos. Sin dicho éxito en la
construcción de un espacio único político, económico y de bienestar en Europa
occidental no puede entenderse ni la disolución pacífica de la alianza de
regímenes comunistas en el centro y el este del continente ni su difícil pero
siempre positiva evolución hacia sistemas democráticos y Estados de derecho. La
atracción ejercida por el proyecto europeo ha impuesto códigos de conducta que
han abortado todos los intentos de suplir el totalitarismo comunista con uno
nacionalista. A principios de la pasada década había tentaciones en este
sentido en muchos países, desde Eslovaquia a Rumanía, pero también en Hungría o
Polonia había fuerzas considerables que agitaban en este sentido. Estos
movimientos nacionalistas, racistas muchas veces y con vocación represora y
expansionista casi siempre, dirigidos por los antiguos aparatos de poder sólo
tuvieron éxito en los Balcanes. Esto fue así por muchas y complejas realidades
históricas y por los propios errores de la UE que durante mucho tiempo primó al
alumno aventajado en esta carrera del mito y la sangre contra la sociedad
abierta y democrática, Slobodan Milosevic. Y la piedra angular de este error
fue la incapacidad de reconocer la desaparición de Yugoslavia cuando el
nacionalismo centralista proclamó su cruzada contra los periféricos.
Ahora vuelven a quedar claras las dramáticas consecuencias
de estos errores en los que se insistió al permitir después de la guerra que
Kosovo quedara nominalmente al menos como parte integrante de una tal
Yugoslavia que sólo existe ya en la retórica oficial del régimen de Belgrado.
Esta ficción de la existencia de Yugoslavia ha permitido a Milosevic no sólo
vender la idea de que Kosovo volverá a ser gobernada desde Belgrado, sino
también los instrumentos para su masiva intervención intimidatoria contra las
fuerzas democráticas en Montenegro, el otro miembro supuesto de ese supuesto
Estado federal de Yugoslavia.
La proclamación oficial de un protectorado internacional que
ya existe en la práctica como paso hacia la definitiva independencia de Kosovo
podría haber impedido que Belgrado utilizara a la minoría serbia en permanente
agitación contra el proceso de normalización y podría haber paliado al menos la
política de represalias y violencia de los radicales albaneses que temen que
mientras existan serbios en Kosovo, el proceso iniciado con la guerra es reversible
y en cuanto la comunidad internacional reduzca su presencia y sus enormes
gastos allí, el Ejército serbio volverá, tal como anuncia continuamente
Milosevic.
Pero los errores europeos no se limitan a esta obcecación
por ayudar a conservar la ficción de la existencia de una federación yugoslava
que fortalece al régimen de Belgrado y aleja así el objetivo de unos Balcanes
democráticos, de fronteras abiertas e interesados en una política regional
común. La política de nombramientos, con el francés Bernard Kouchner, un
político bienintencionado que nada sabe de gestión, como máximo administrador
de Kosovo, y Bodo Hombach, defenestrado en su día en Berlín, como jefe del Plan
de Estabilidad en los Balcanes, demuestra que se siguen olvidando
insensatamente las lecciones del pasado. Además los países europeos no están
cumpliendo sus promesas de financiación en la reconstrucción y han olvidado
también sus proclamas de apoyo inmediato a países que apoyaron a la OTAN y
sufrieron como nadie la crisis regional, es decir, Albania, Macedonia, Rumanía
o Bulgaria. La frustración que esta sistemática amnesia de la UE y sus miembros
genera en la región tiende a ser infravalorada. Y puede generar sorpresas muy
desagradables en la región a no muy largo plazo.
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