Por HERMANN TERTSCH
El País Domingo,
05.03.2000
"Según me fue ordenado...", "de acuerdo con
lo que me había sido encomendado...", "en conformidad con lo decidido
por la superioridad...". Estos tres latiguillos son, sin duda, el
leitmotiv de esas memorias escritas por Adolf Karl Eichmann, ese relojero
minucioso del holocausto, en una prisión de Israel en los meses que
transcurrieron desde su secuestro en Argentina hasta su juicio y la ejecución
de la pena de muerte impuesta. Por la soga. Ahora, este gran organizador de la
maquinaria de muerte más sofisticada nunca habida vuelve con su palabra
escrita, aunque en parte censurada por él mismo o por las autoridades
israelíes. Pero lo legible en estas casi 600 páginas hechas públicas por Israel
esta semana es auténtico. Hiela la sangre no ya lo descrito, sino la forma, ese
velo que apenas oculta no ya la trivialización del crimen, sino la incapacidad
del luto del que hablaba el psicoanalista Alexander Mitscherlich cuando analizaba
motivación y consecuencias del exterminio del judío europeo. Eichmann cumplía
órdenes. En el sentido más estricto. Ahí no miente en estas memorias que este
iluso creía poder publicar aún vivo y ver los ejemplares encuadernados y
dedicados a amigos y parientes. El Dr. Servatius, su abogado defensor en el
juicio en Israel, iba a ser su agente literario. No funcionó aquella aventura
literaria. Eichmann murió ahorcado en Tel Aviv sin verse agasajado por una
autobiografía exculpatoria, pero muy reveladora de los entresijos del alma de
uno de los mayores verdugos de la historia, siempre pulcro, que sólo una vez
tuvo que limpiarse el abrigo de restos del cerebro de un niño judío ejecutado
"cuando él se apresuraba a impedir su muerte". Su jefe de campo le
pasó una gamuza por el elegante abrigo. Después se fueron a beber vino.
Si el lector se pudiera abstraer de la identidad del
personaje, sus largas peroratas sobre su juventud simpática y burguesa en Linz,
ciudad austriaca a la que había llegado con su familia desde su natal Solingen,
en Alemania, resultarían patéticas o inofensivamente cursis. Era un chico
sociable Adolf Eichmann en la Austria alta, donde su padre trabajaba como
funcionario de los ferrocarriles. Se trataba con todo el mundo y ya muy pronto
conoció a Alois Kaltenbrunner, que fuera más tarde jefe de la Gestapo en Viena
y uno de los verdugos más sanguinarios del régimen. Kaltenbrunner sí era un
fanático, según dicen las crónicas. Eichmann, no. Nunca había tenido motivo ni
razón para odiar a los judíos, ni a los gitanos, ni a los homosexuales, ni a
los polacos. No era un ideólogo. "Apenas leía en mi juventud",
reconoce en un momento. La intoxicación ideológica, procedente más del entorno
que de fuentes intelectuales, apenas era una fina capa de barniz que le
permitía seguir con seguridad su carrera administrativa dentro del Departamento
Principal de Seguridad del Reich. Eichmann cumplía órdenes y de eso se trataba,
de fiabilidad, efectividad, bajo coste y perfecta distribución de recursos. Lo
demás daba igual. Judíos, tornillos, cerdos o gases letales tenían que llegar a
su hora a su sitio al menor coste. Auschwitz "fue una extensión rutinaria
del moderno sistema de fábricas. En lugar de producir mercancías, la materia
prima eran seres humanos, y el producto final, la muerte; tantas unidades al
día consignadas cuidadosamente en las tablas de producción del director",
según escribió en su día Feingold en El carácter único del holocausto.
Claves de conducta
Así se leen estas memorias, que, por supuesto, mienten en
defensa propia, lo que es legítimo, pero revelan muchas de las claves de
conducta de quienes hicieron realmente posible el holocausto. Dice en su
imprescindible libro Modernidad y holocausto Zygmunt Baumann que "el
aumento de la distancia física y psíquica entre el acto y sus consecuencias
tiene mayores efectos que la suspensión de las inhibiciones morales: invalida
el significado moral del acto y, por lo tanto, anula todo conflicto entre las
normas personales de decencia moral y la inmoralidad de las consecuencias
sociales del acto".
Eichmann habla en sus memorias sobre el Plan Madagascar, el
proyecto de enviar a todos los judíos alemanes a aquella colonia francesa una
vez tomada París como la operación humanitaria por excelencia. Y echa la culpa de
que todo se "desviase" a que la dinámica de la guerra y algunos
obcecados como Ribbentrop, Himmler o el propio Hitler se inclinaran hacia
soluciones más económicas que el viaje en barco al sur de África, es decir,
hacia los relativamente baratos viajes en tren de ganado o mercancías hasta los
campos de exterminio en el sur de Polonia.
"Yo no quería, pero las circunstancias y mis jefes me
lo ordenaron y yo soy lo que soy, un funcionario obediente. Hubiera preferido
otro destino cuyas consecuencias no me hubieran traído a juicio aquí. Pero la
obediencia es sagrada". Ésta era la estrategia de defensa de Eichmann en
sus intentos por evitar la pena de muerte ante el tribunal en Tel Aviv.
Son una de las constantes en la redacción de estas memorias,
que son un alegato edulcorado con sensibilidades forzadas. Igual que lo son, de
una forma tan sorprendente y escalofriante, las continuas faltas de ortografía
de este por lo demás tan exacto y pusilánime ejecutor. Esto vuelve a reforzar
la terrible incógnita de cómo gentes como Eichmann, Himmler o Kaltenbrunner
lograron hacerse con la mayoría de voluntades en el país de Thomas Mann o
Novalis. La redacción de estos escritos es propia de un funcionario de tercer
orden en las líneas de tranvía de una ciudad de provincia alemana de
entreguerras, de su sector más iletrado.
Sin embargo, proceden de un hombre al que se le encomendó
"solucionar la cuestión judía en Alemania", un país que por medio de
las vertiginosas conquistas de su Ejército cada vez era más grande. Las decenas
de miles de judíos para deportar al otro hemisferio se convirtieron pronto en
millones, por Polonia y Holanda, por Ucrania, Bélgica y Francia e Italia. Por
todas partes aparecían judíos en los territorios ocupados y él, pobre
funcionario acosado por los deberes y el trabajo, Eichmann, tenía que hacerlos
desaparecer, según sus intenciones, dicen las memorias, por las buenas; por las
peores, por el genocidio, demuestra la historia.
Las memorias han sido hechas públicas ahora, casi 40 años
después del juicio y la horca a Eichmann, por un motivo relativamente trivial.
Una profesora norteamericana, Deborah Lipstadt, mantiene un juicio en Londres
con el conocido historiador revisionista de simpatías neonazis que es David
Irving, al que acusa de intentar negar la existencia de los hornos crematorios
y los campos de exterminio. La profesora Lipstadt tiene demasiadas pruebas,
peor aún, demasiadas pruebas vivas que saben que Irving miente.
Eichmann en ningún momento niega el exterminio y la
cremación de millones de seres humanos ni su participación, obediente y
disciplinada, en el mecanismo que hizo esto posible. Cuando relata fríamente
los crímenes que para él son en realidad un esfuerzo suplementario en su
trabajo para garantizar la puntualidad de los trenes con destino a la cámara de
gas que él organizaba con pedantería, demuestra Eichmann la terrorífica lucidez
de Max Weber o Hannah Ahrendt cuando hablan de la desvinculación total en este
asesinato tan siniestramente moderno entre verdugo y víctima. "El holocausto
no fue un escape irracional de los residuos no erradicados de la barbarie
premoderna. Fue un inquilino legítimo de la casa de la modernidad, un inquilino
que no habría estado cómodo en ninguna otra casa. Nunca el holocausto entra en
conflicto con los principios de la racionalidad", dice Baumann.
También, entre sus intentos de echar toda la culpa de lo
sucedido a los demás, como ya hicieron sus colegas del crimen en Núremberg en
1945, Eichmann da fuerza a lo que se ha dado en llamar la escuela funcionalista
en relación con el holocausto y en contraposición a los intencionalistas. Estos
últimos, entre los que hay mucho historiador joven anglosajón, piensan que
desde un principio en 1933 había en Alemania un Gobierno con las cámaras de gas
diseñadas. Esto es sobreestimar a la banda de rufianes que, con su cóctel
ideológico de igualitarismo, racismo y expansionismo, así como la inestimable
colaboración de la cobardía histórica de muchos segmentos clave en la sociedad
alemana, hicieron posible este inmenso fracaso de la civilización y la quiebra
total de la piedad.
Eichmann, en Tel Aviv, luchando contra una pena de muerte
que no pudo evitar, se dedicó a escribir y escribir, incluso a divagar con
ensoñaciones de niñez. Pero nada suena a luto. Son 600 páginas estas memorias
que dejan a uno convencido de que Eichmann habría tenido un inmenso disgusto
con un desajuste de horarios, quizás eso le habría hecho recapacitar que más
allá de la obediencia podría estar lo que Hannah Ahrendt llama "la piedad
animal que sienten todos los hombres normales en presencia del sufrimiento
físico". Eichmann era normal. Es lo que más ha de aterrorizarnos.
LAS CUENTAS DEL CRIMEN
Zygmunt Baumann y Hannah Ahrendt explican muy bien la
dinámica de escalada del crimen. Y su banalidad. Ante una tarea semejante,
"el maestro político es un diletante frente al experto, ante el
funcionario cualificado en la administración". Hay un objetivo que
conseguir, la desaparición de un cierto territorio de un cuerpo hostil como los
judíos eran para los nazis. La forma de hacerlo dependía de las circunstancias,
siempre valoradas por los expertos, que calculaban viabilidad y costes. Aquí
estaba el reino de Eichmann. Quería en principio mandar a los judíos a
Madagascar. Resultaba muy caro y los barcos en guerra tienen otras funciones
que servir de crucero para deportados. Después quiso crear un inmenso gueto en
Polonia. Pero también allí las autoridades alemanas querían menos judíos, a ser
posible ninguno, no más. Así las cosas, el 20 de enero de 1942 se decidió definitivamente
que la mejor forma de acabar con los judíos era matarlos a todos. Las cuentas
cuadraban. Más barato el Zyklon B, el gas para las famosas duchas de los campos
de exterminio, que el gasóleo y los fletes a ningún sitio.
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