Por HERMANN TERTSCH
El País Sábado,
04.03.2000
PINOCHET VUELVE A CHILE
Qué será eso a lo que tanto se recurre hoy para explicar
crímenes y desmanes, que tanto parece justificar y que, por otra parte, tantos
ignoran cuando imparten justicia desde sus inalcanzables alturas morales de la
vida ajena a la crisis en la historia. Es el contexto histórico. Los
anglosajones tienen una especial sensibilidad, al menos en esto. Sus biógrafos
e historiadores son un magnífico ejemplo. Habla el brillante Duff Cooper de la
mentalidad de la familia de un jovencito aristócrata cojo al que entregan sin
mayor problema moral a una familia de extrarradio para su educación cuando
plantea las bases reales de las que surge un hombre de la talla de Talleyrand.
Trevor Roper nunca ignora lo obvio y se esfuerza siempre con éxito por entrar
en motivaciones y Weltanschauung, concepción del mundo y de la historia de
aquellas vidas que disecciona. Y Lord Runciman no hacía otra cosa que intentar
pensar y perseguir los pensamientos de los protagonistas de sus legendarios
libros de historia. Ahora, sin embargo, todos parecemos habernos vuelto más
cómodos. Esfuerzos intelectuales se recomiendan mínimos. Desde el feminismo se
hace una crítica al Quijote. Y los hay que juzgan a los Reyes Católicos con
baremos de la organización Human Rights Watch de Nueva York. Ya no se trata de
los que distorsionan la historia con fines profesionales. Hay quienes viven de
apostar por la mala memoria ajena, por la falta de información de los demás o
por su pura osadía al inventarse pasado propio y ajeno. Pero éstos son meros
usufructuarios de su hipocresía y la confusión general.
La última década de este siglo ha sido memorable, sobre todo
en un sentido. Por primera vez ha triunfado la necesidad de saber y recordar
sobre la de ocultar y disimular. Desde Chile a Camboya, desde Indonesia a Rusia
y Francia a Suráfrica han convergido la presión popular suficiente y la
voluntad política necesaria para indagar en esas fallas del comportamiento de
las sociedades que tantas desgracias causan si no son tratadas, examinadas,
diseccionadas.
Augusto Pinochet está ya en Chile, pero llega allá como un
miserable proscrito, lo único que merece. Egon Krenz, gran jefe de la seguridad
nacional de la antigua RDA, busca un trabajo para alcanzar el tercer grado en
una prisión de Berlín. Carlos, ese patético terrorista que tanto dolor supo, se
pudre en una cárcel francesa. Vichy ya no es un asunto innombrable en Francia y
Pol Pot murió en el oprobio. ETA es una banda de bandidos que sólo obtienen
cobertura de seniles políticos obcecados en la huida hacia adelante. Ayer, un
general croata fue condenado a prisión por un Tribunal Internacional por sus
crímenes cometidos hace apenas unos años contra la población civil bosnia. El
mundo no está ni mucho menos peor que hace una década. Y ningún sátrapa puede
hoy gobernar con la garantía de impunidad indefinida.
Todo ello es una conquista de quienes no han puesto muelles
ideológicos a su indignación y han seguido y perseguido a todos aquellos que
han destrozado vidas sin escrúpulo. El contexto histórico es un argumento de
importancia a la hora de juzgar motivaciones, pero nunca para exculpar
crímenes.
El disparo en la cabeza de un niño, la ejecución de un líder
estudiantil en Chile o el fusilamiento tras un juicio farsa de disidentes en
Cuba tienen sin duda contexto histórico, pero éste jamás puede ser un
atenuante. Los crímenes del Ejército ruso en Chechenia o de Slobodan Milosevic
en Kosovo no tienen contexto histórico alguno que los diferencie moralmente de
la ejecución de un niño judío en Ucrania por parte de los nazis o de la horca
para una mujer embarazada en Burundi.
El contexto histórico, de las Cruzadas, de la Guerra de los
Treinta años o de la época de las ideologías redentoras y criminales,
nacionalsocialista y comunista, en Europa, tiene que tenerse en cuenta para
intentar comprender; nunca para intentar justificar. Por eso, pese a todos los
errores de Salvador Allende, Pinochet no puede escudarse tras contextos, como
tampoco pueden hacerlo Castro ni Pol Pot, Milosevic o Mobutu. Los asesinos y
sus cómplices viven y matan en todos los contextos. Conviene entender sus
intenciones, nunca aceptar sus móviles.
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