Por HERMANN TERTSCH
El País Viernes,
25.02.2000
TRIBUNA
Jörg Haider es un personaje perfectamente indigesto para el
escenario político europeo. Wolfgang Schüssel, que gracias a Haider es
canciller en Austria, no es tampoco Winston Churchill. Nunca lo será. Para qué
engañarnos. Pero, si podemos hablar de matices en esta Europa unida, es
indignante la sacra indignación que se ha apoderado de muchos Gobiernos y
políticos europeos y norteamericanos tras la formación del Gobierno austriaco.
Las sanciones de la UE contra Viena no tienen precedentes ni sentido. A los
embajadores austriacos se les ha vetado todo contacto político con los
Gobiernos de la Unión, de la que son miembros. Los ministros austriacos
desaparecen de las fotos y Austria se ha convertido de repente para todos los
biempensantes en el país paria de Europa. Esto no es sólo hipocresía. Es una
pura obscenidad que los ministros de países que se pasean por los salones de
Moscú en los que se decide la matanza de miles de civiles en Chechenia, que han
acudido sonrientes a charlar con el genocida Slobodan Milosevic hasta hace
cuatro días y se abrazan a la casaca militar de Fidel Castro, que fusila,
detiene, persigue y acosa, sean tan pudibundos de repente en su trato con un país
que, hasta hoy, respeta como pocos los principios y valores que unen y
sostienen a las democracias occidentales.
Haider es un demagogo populista de la peor especie. Su
concepción del poder y la política es repugnante. Pero igual de indigesta
resulta esa actitud autocomplaciente de los países que demonizan hoy a Austria
en lo que parece un coro de señoritas espantadas que muchas veces no tienen
empacho en lanzarse a la sauna afterhours. No estaría mal imaginarse cuántos El
Ejido habría en España si tuviéramos el 12% de inmigrantes en vez del 1,4%. No
estaría de más acordarse de las palizas racistas en Madrid, París, Bruselas o
Estocolmo. Ni de la caza al negro decretada en el norte de Italia.
En la Austria democrática, desde 1945 jamás se ha producido
un acontecimiento similar a esa vergüenza de Almería ni a los crímenes habidos
en tantas capitales europeas con trasfondo racista y xenófobo. En Carintia, una
región que gobierna Haider, personaje que, por cierto, no está en ese Gobierno
al que ahora parecen decididos algunos a tratar peor que a Ceausescu, no ha
habido ataques a extranjeros y los derechos de la minoría eslovena son
respetados escrupulosamente. Austria ha acogido durante décadas a centenares de
miles de refugiados que encontraban cerradas todas las fronteras de los otros
países europeos, hoy tan escandalizados ellos, tan pusilánimes.
Ahora todos parecen decididos a lavar su mala conciencia
castigando a un pequeño país que tiene una de las rentas per cápita más altas
del mundo, de la que participa una inmigración de las más altas, y a orquestar
una farsa de exquisitez moral contra un Estado que en ningún momento ha
incumplido regla democrática alguna.
Los responsables de que Haider haya metido a su partido en
el Gobierno son muchos. También las causas generales. Van desde los miedos a la
globalización al eterno compadreo de los grandes partidos, el socialista (SPÖ)
y el conservador (ÖVP), que han fomentado el hastío y a las fuerzas antisistema
que supo encabezar Haider. Él es peligroso. Pero también lo es la estulticia.
Es ideal para dar argumentos al demagogo y simplificador. Esta paliza, política
perfectamente injustificada, que la UE está dando a Austria no sólo es un
error, es un disparate. Las sanciones contra Austria debilitan a la inmensa mayoría
de los austriacos demócratas y europeístas y fortalece a los antieuropeístas en
otros países, sobre todo en Alemania, y -cuidado- éste sí que no es un Estado
al que se le puede sacudir gratuitamente.
Combatir a Haider es legítimo y necesario. En toda Europa.
Hacer una política cretina y contraproducente no es más que sinrazón. Y,
tristemente, parece que al alimón.
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