Por HERMANN TERTSCH
El País Sábado,
19.02.2000
TRIBUNA
Un periodista muerto no es mucha noticia. Los hubo a
decenas, especialmente en la última década, también en las anteriores. Pero la
posible, probable o previsible liquidación del periodista ruso Andréi Babitski,
corresponsal de Radio Liberty en Moscú, no es un caso más. Y sería gravísimo
que en Occidente se tomara como tal. Hay quienes tienen aún esperanzas de que
aparezca vivo. Ójala nos equivoquemos quienes casi las hemos desechado. La
desaparición de Babitski es mucho más que la muerte de un reportero. El caso
Babitski puede interpretarse como en su día el caso Bujarin en pleno
estalinismo, como un cambio cualitativo en los métodos y actitudes de las
autoridades del Kremlin para mantener y fortalecer su poder y crear terror
entre críticos potenciales.
El caso Babitski desmiente con crudeza las amables
afirmaciones sobre la voluntad democrática y cívica del Kremlin. Y como la
propia guerra de Chechenia no va dirigido sólo contra terroristas reales o
supuestos, ni contra los chechenos siquiera, sino contra los defensores de la
democracia y los derechos humanos en Rusia. Es uno de los peores síntomas de la
evolución política en Rusia y una prueba más de que el presidente aún interino
y muy pronto electo que es Vladímir Putin, el aparato militar, policial y
represivo a su servicio y sus aliados de las mafias industriales, comerciales y
del poder regional en Rusia no creen tener ya necesidad alguna de guardar
apariencias ni ante Occidente ni ante su propio pueblo.
El periodista Babitski que tanto dijo sobre lo que realmente
pasa en Chechenia era un indeseable. Otros periodistas que también lo eran han
sido asesinados por "incontrolados" o mafias o han desaparecido, en
Rusia como en Bielorrusia. Pero la entrega con publicidad por parte del
Ejército de un periodista, ciudadano ruso, a unos encapuchados supuestamente
chechenos es la más obscena y brutal amenaza a la libertad de prensa y los
derechos humanos que se ha permitido el régimen ruso desde la perestroika.
Al menos los que no olvidan con facilidad el pasado harían
bien asustándose ante las amenazas para el presente y el futuro que se perfilan
una vez más en Moscú. Sobre todo para la propia sociedad rusa. El escándalo del
supuesto canje de Babitski debería haber levantado oleadas de indignación en
Rusia y todo el mundo. Pero los rusos están demasiado ocupados con su difícil
supervivencia cotidiana y el mundo parece decidido a no irritar al Kremlin.
Occidente se deja apabullar y regañar por Yeltsin en la OSCE en Estambul hace
unas semanas y ahora parece asustarse ante la respuesta contundente del señor
Putin a cualquier crítica. La escenificación de la entrega del periodista a los
encapuchados es más propia de los regímenes que ejecutaron a Bujarin, a Rajk, a
Slanski que de ese Estado que pretende formar parte de una comunidad de Estados
civilizados.
Son muchos miles los muertos habidos ya en Rusia, bajo Putin
y bajo Borís Yeltsin, tan amado él por Occidente, tan alabado por Washington y
Berlín, tan elogiado por Strobe Talbott. Chechenos y rusos. Y entre ellos
algunos informadores que quisieron explicar por qué muchos rusos son hoy la
ostentación de la más procaz riqueza mientras la mayoría se debate entre
enfermedades, alcoholismo, paro, pobreza y hambre.
Pero Babitski ha desaparecido, digámoslo de momento así,
porque ha querido informar sobre una operación global de terror lanzada desde
el Kremlin contra un pueblo para sacar réditos electorales. Resurgen los
hábitos del pasado. Stalin deportó a los chechenos en 1944. Como a otros muchos
pueblos. Al menos él no posaba como demócrata y reivindicaba su derecho al
crimen. Ahora la hipocresía del Kremlin sólo es comparable a la que demuestra
el silencio en Occidente.
Exigir a Moscú explicaciones sobre el paradero de Babitski
es un deber. Quizá no salve ya la vida del periodista, pero sí demostrará que
se mantiene un mínimo de respeto hacia todos los millones de rusos que han
luchado y muchos muerto, por la libertad, la dignidad y la democracia.
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