Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
03.10.90
NACE LA NUEVA ALEMANIA
A las cero horas de hoy nació en Berlín el nuevo Estado
alemán. En pleno corazón de Europa, la flamante República Federal de Alemania
inicia su andadura hacia un futuro en el que sus 78 millones de habitantes se
consideran simultáneamente, en palabras de su primer canciller, el
democristiano Helmut Kohl, "alemanes europeos" y "europeos
alemanes". Alemania recupera hoy, de manos de los vencedores de la II
Guerra Mundial, su plena soberanía. Atrás queda una dolorosa división de 45
años, durante los que ambos Estados alemanes se rigieron por regímenes
políticos opuestos, democrático y capitalista en el occidental y totalitario y
comunista en el oriental.
Difícil es buscar una fecha a la que remontarse para
establecer el principio del fin de la República Democrática Alemana, "el primer
Estado obrero y campesino sobre suelo alemán", como gustaban llamarlo sus
fundadores, dirigentes y sepultureros, que con pocas excepciones resultaron ser
los mismos. Podría elegirse el 17 de junio de 1953, cuando se produce en Berlín
el primer levantamiento obrero contra el régimen comunista. Los carros de
combate soviéticos pusieron fin a aquella protesta desesperada. El 13 de agosto
de 1961 es la segunda fecha clave en la historia del gran fracaso del Estado
socialista alemán. Aquel día, el régimen de Berlín Este erige el primer gran
muro de la historia que un Estado construye no para impedir la entrada en su
territorio de enemigos, sino para evitar la salida a sus ciudadanos. Sin el muro
en Berlín, la RDA se desangraba. Con él, los ciudadanos huían a Occidente
arriesgando su vida.
El fracaso era ya entonces evidente. Pero la homogeneidad de
la comunidad socialista en una guerra fría que imponía a los aliados lealtades
absolutas a Moscú logró prolongar en casi tres décadas la agonía del sistema,
que, en el caso de la RDA, era también la del Estado. Al concluir la guerra
fría y romperse la homogeneidad en el bloque con la occidentalización de
Hungría y Polonia, el hundimiento del Estado socialista alemán se produjo a una
velocidad insólita.
El 7 de octubre del pasado año, Erich Honecker presidía aún,
rodeado por ilustres invitados, un impresionante desfile militar. Uno de los
invitados a la celebración del 40º aniversario de la fundación del Estado,
Mijail Gorbachov, advirtió al anciano líder alemán oriental que "aquel que
no se adapta a los tiempos es castigado por la vida". La RDA no cumplirá
más años. Cuatro días antes de hacerlo desaparece. Honecker lleva la
irrelevante vida de un anciano enfermo protegido por fuerzas soviéticas de las
iras de sus compatriotas. Algunos de sus más allegados colaboradores están en
prisión.
Honecker cae el 18 de octubre, pero persisten los intentos
del régimen por sucederse a sí mismo. A su heredero, Egon Krenz, uno de los
personajes más patéticos de la tragicomedia política que ha sido la imposible
lucha del Estado por su supervivencia, lo echa la indignación popular. El 9 de
noviembre cae el muro. Millones de ciudadanos de la RDA comparan ya directamente su vida con el escaparate de bienestar que es Berlín Oeste y la RFA.
Releva a Krenz un hombre íntegro, Hans Modrow, que, sin
embargo, ya no puede hacer nada más que aceptar la unidad alemana como un hecho
consumado. La repugnancia hacia la RDA como Estado crece día a día con las
revelaciones sobre la corrupción, la represión y la vileza desplegadas durante
décadas por los líderes obreros, y la ansiedad por formar parte
del club de los ricos hace de la integración en la RFA la única vía a
seguir. El 13 de febrero, Modrow acuerda con el canciller Helmut Kohl la unidad
monetaria como primer paso hacia la unificación total.
La unidad monetaria entra en vigor el 1 de julio. Millones
de alemanes orientales se congregan ante los bancos para cambiar sus antiguos
marcos con las efigies de Marx y Engels por los flamantes y codiciados deutschemarks. Las
potencias vencedoras de la II Guerra Mundial aceptan la unidad alemana, alguna
con menos entusiasmo del simulado, pero conscientes de que sería mala política
obstruir lo inevitable.
El 18 de marzo, los alemanes orientales otorgan una abrumadora mayoría a la Unión Cristiano Democráta de la RDA, que bajo el patrocinio
del canciller federal, Helmut Kohl, es la abanderada de la unificación radical
e inmediata. El 18 de mayo se firma el acuerdo monetario interalemán. El 1 de
julio, las dos Alemanias pasan a ser un espacio económico.
Dos semanas más tarde, en unas jornadas históricas en
Jeleznovodosk, Kohl arranca a Gorbachov la última concesión necesaria para
poner punto final a una división alemana que en la historia aparecerá como
episódica. Moscú acepta la permanencia de Alemania en la OTAN.
El Gobierno electo de la RDA no ha sido más que un títere de
Bonn que no podía poner condición alguna a una unificación dirigida ya por las
fuerzas federales, con la CDU y Helmut Kohl a la cabeza. Kohl será el gran
maestro de ceremonias de la unidad, que supone un hito en la turbulenta
historia de la gran nación centroeuropea. Hoy nace en Berlín una superpotencia.
Es el fin de una era trágicamente estable en el continente europeo y el
comienzo de otra, radicalmente nueva, prometedora, pero llena de
incertidumbres.
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