Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
30.03.90
TRIBUNA
"Soy un pobre hombre", decía Erich Honecker, ex
jefe del partido comunista (SED) y de la República Democrática Alemana, a la
fiscalía que le acusó de malversación y alta traición. El acta del
interrogatorio es un patético documento del fracaso de una ideología y de una
vida dedicada a ella con fe inquebrantable. Ninguno de sus camaradas ha
visitado al árbol caído. La adoración de los hermanos de lucha
comunista se ha evaporado. El anciano enfermo espera la muerte abandonado por
todos. Vive de la misericordia de un pastor protestante que fue perseguido
durante décadas por la policía política dirigida por su actual protegido.
La mayoría de la población no muestra la generosidad del
pastor Uwe Holmer, en cuya casa viven Honecker y su mujer, Margot. Hace días,
la población recibió entre gritos de "Honi, cerdo" al anciano
matrimonio cuando iban a mudarse a un diminuto apartamento cerca de Berlín.
Los antiguos cómplices culpan a Honi de todos los
males, para rehabilitarse ellos. La población, con la mala conciencia de su
pasividad de décadas, vuelca sus peores instintos sobre un hombre que sólo era
una pieza, aunque importante, del sistema que la mayoría no tuvo el coraje de
combatir. Los intelectuales y dirigentes eclesiásticos que protagonizaron la
lucha contra el Honecker poderoso se han quedado solos en sus llamamientos a la
tolerancia hacia el Honecker anciano y débil. Como ya sucedió tras la caída del
nazismo, los que más aplaudieron al Führer (Adolf o Erich) son los más
implacables a la hora de denostarlo para liquidar con el líder caído su propia
culpa y ganarse el acceso de una sumisión a otra.
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