Por HERMANN TERTSCH
El País, Tirana,
26.10.90
La clausura de la conferencia balcánica coincidió con la peor
noticia que les podía llegar a las autoridades albanesas. El novelista Ismaíl
Kadaré, el escritor nacional albanés por excelencia, ha solicitado asilo
político en Francia, adonde había viajado para presentar la traducción al
francés de su última obra. Kadaré, de 54 años, es un héroe nacional que en los
últimos años había intentado animar al régimen para que se reformase, siempre
sin enfrentarse abiertamente con él. Su decisión es para muchos albaneses la
confirmación de su propia falta de fe en las intenciones reformistas del Ramiz
Alia.
No lejos del Palacio de Congresos donde el ministro de
Asuntos Exteriores, Raiz Malile, comprometía ayer a Albania en el respeto a los
derechos humanos, a la libertad de expresión, a la libertad religiosa y los
derechos de las minorías, una gran estatua de Stalin sigue presidiendo las
charlas de los universitarios y las carantoñas de las parejas.
Los estudiantes están convencidos de que algún día no muy
lejano correrá la misma suerte que todas las estatuas de dictadores comunistas
caídas recientemente en Europa oriental. Sin embargo, están impacientes y no
otorgan credibilidad a las promesas que el régimen hizo sobre el papel en la
bien vigilada reunión ministerial.
Kadaré, la conciencia nacional albanesa, se ha ido y Stalin
sigue en su pedestal. No es ésta la única contradicción histórica en este otoño
albanés. Más de un centenar de periodistas han conseguido el visado para acudir
a la conferencia balcánica. Pero el miedo a la información cala hondo en el
aparato comunista y ayer todos ellos fueron "invitados" a abandonar
el país.
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