Por HERMANN TERTSCH
El País Domingo,
11.11.90
CAMBIOS EN EL ESTE
Los habitantes del Estado más remoto de Europa pierden el
miedo a su sistema policial
"Cuando estoy enfermo vienen a visitarme mis hermanos,
y también mis primos, tíos, cuñados, los hermanos de mis cuñados. Vienen a
darme ánimos y me traen algo, unas galletas, una flor, un libro o una sonrisa.
Somos pobres, muy, muy pobres, vivimos mal, hemos sufrido mucho. Pero somos un
pueblo que quiere y sabe querer a la gente; sólo odiamos a quien nos odia y a
quien nos humilla". Quien dice esto es Fatmir, un obrero de 35 años que ha
leído a Balzac y a Tolstoi, ha aprendido italiano escuchando las emisiones de
la RAI, escribe poesía cuando vuelve a casa de la fábrica y cree ante todo en
"la familia, mis amigos y mi pueblo".
Fatmir tiene una mirada limpia, una sonrisa abierta y algo
cariada y, sobre todo, infinita curiosidad y ganas de aprender. Cuando, la
pasada semana, se encontró con un extranjero en un café en Tirana, su primera
reacción fue sonreír; la segunda, invitarle a su mesa. La hospitalidad del
pueblo de Fatmir es célebre desde hace siglos, tanto como su fiereza en la
lucha. Pero hace aún sólo dos años Fatmir hubiera reprimido su curiosidad y
ganas de invitar al extranjero al pensar en la suerte de sus dos hijas
pequeñas.
El abuelo de las niñas ya pasó 12 años en prisión, de 1970 a
1982, "por no saber callarse" dice Fatmir. Por aquel entonces solían
llegar al país otros extranjeros. Unos eran chinos, tan pobres y maniatados
como los nativos. Otros eran jóvenes universitarios occidentales embelesados
por los ejercicios intelectuales de una "pureza marxista-leninista"
que Fatmir y su padre sufrían en cuerpo y alma. Hoy, el joven obrero da rienda suelta
a su hospitalidad y pronuncia y reitera la frase que ya recorre este
país: "Ya no tengo miedo".
Valores ancestrales
Albania, un diminuto país en Europa y, sin embargo, remoto
como ninguno. Paupérrimo, explotado y reprimido durante siglos por potencias
extranjeras, y en las últimas cinco décadas por un comunista mesiánico de
implacable fiereza, este pueblo de las montañas que se llama a sí mismo el
"hijo de las águilas" mantiene despiertos a finales del siglo XX los
valores de sus ancestros. Fatmir dice ser "un orgulloso hijo del pueblo
albanés". Dividido por las caprichosas fronteras balcánicas, la mayoría de
los albaneses vive en ese Estado exótico y anacrónico que es Albania, y que en
este otoño de 1990 se prepara para deshacerse de la mordaza de una ideología
aplicada con radicalidad paranoica.
Albania dejará muy pronto de ser el último país estalinista
del mundo, según convicción de aquellos que lo visitan estas semanas. Muchos
creen que correrá la sangre. "Odiamos a quien nos humilla", insiste
el obrero Fatmir. "Puné, vigjilance, kontrol, discipline"
("Trabajo, vigilancia, control y disciplina") es lo que promete y
exige el Partido del Trabajo Albanés en sus omnipresentes pancartas sobre las
fachadas de las viviendas, en carreteras, colegios, fábricas y oficinas. Poco
más puede ofrecer el régimen heredero de Enver Hoxha, aquel hijo de una familia
musulmana de clase media que, obsesionado con ser el guardián de las esencias
del comunismo, rompió sucesivamente con Yugoslavia, la URSS y China por considerar
a todos traidores "revisionistas".
Con sus 41 años en el poder, más que ningún líder comunista,
con la excepción de Kim Sung, en Corea del Norte, Hoxha evitó en Albania la
desestalinización emprendida en el XX Congreso del Partido Comunista de la
Unión Soviética. Las revueltas habidas en el este de Europa con el comienzo de
aquella primera revisión del estalinismo le llevaron a la convicción de que lo
mejor era cortar de raíz toda opinión contraria a los dogmas, a sus dogmas.
Éstos, en cerca de 60 volúmenes, decoran todas las oficinas
del país y suponen una ingente reserva de papel impreso escasamente leído.
"Abdulá" llaman despectivamente en la fábrica de Fatmir a Hoxha. La
total enajenación de la realidad de que hacía gala en sus textos y discursos
contrasta con la lucidez con la que fue descubriendo y liquidando a todos
aquellos que ponían en duda su verdad.
Su sucesor, Ramiz Alia, ha pasado sus cinco primeros años
en el poder intentando compaginar una continuidad que las 50 familias que
dominan el país le exigen con la cada vez más evidente inviabilidad del
disparatado experimento ideológico realizado en la carne de tres millones de
compatriotas. Ahora anuncia cambios. Los albaneses no le creen.
Fatmir, el obrero, y Agim, un estudiarte de derecho, están
de acuerdo en que el régimen no sabe cambiar porque es incapaz, no quiere
cambiar porque sabe que sus dirigentes habrían de compartir la miseria y cargar
con las responsabilidades. Si Alia no les convence pronto, Albania podría dejar
de ser una prisión llena de magnífica gente inocente para convertirse en un
campo de batalla. "Aquí sí puede correr mucha sangre. Nadie lo quiere,
pero la cúpula no entiende ya el mundo. En Rumanía se produjo una cierta
apertura en la primera fase de Ceausescu. Sólo en los últimos años fue brutal
la represión. Aquí lo ha sido desde 1944", dice un intelectual en la calle
sin dejar de mirar a su alrededor.
La falta de revisión política y sus resultados saltan a la
vista. Es muy difícil establecer grados en semejante miseria. Es por ello
ocioso comparar a los niños descalzos y plagados de pupas que se ven en los
pueblos de la carretera de Tirana a Berat con los hambrientos niños rumanos
bajo Ceausescu.
Es imposible mayor delito que obligar a compatriotas a vivir
en un infierno como Copsa Mica, en Rumanía, donde el veneno emitido por la
planta química lo impregna todo, o en la Ciudad de Stalin, donde el petróleo
anega aceras y fluidos químicos gotean por las fachadas de las casas. Sí
recuerda al régimen del dictador rumano la costumbre de hablar en voz baja, de
callar cuando alguien pasa cerca, de identificar a los policías en la calle,
tiendas o tabernas.
Shkodra la primera
El 12 de agosto pasado, un personaje que como pocos ha
marcado la vida de los habitantes de la bella y viejísima ciudad albanesa de
Shkodra, desapareció del lugar sin dejar razón. En el lugar desde el cual un
Stalin de piedra vigilaba con silencioso afecto el ir y venir de uno de los
últimos pueblos que decía serle fiel no quedan hoy más que unos matorrales, y en
el barro, las huellas del pedestal que ocupó más de cuatro décadas. Shkodra es
la primera ciudad de Albania que se ha deshecho de su estatua de Stalin por
obra y gracia de un grupo de desconocidos que la dañaron lo suficiente como
para hacerla en sí misma subversiva. Una estatua de Stalin, no ya sin flores
frescas, sino con la cabeza partida o el abrigo de mariscal rasgado por un
hacha antisocialista deja de ser un homenaje a este supuesto genio del
pensamiento y la acción y amenaza con convertirse en sugerencia para el
transeúnte. El Partido del Trabajo Albanés, sección Shkodra, previa consulta
con la capital, Tirana, decidió retirar los restos del camarada y proyecta
instalar una estatua de arte contemporáneo. Asunto zanjado.
Sin embargo, en otras ciudades de este pequeño país
balcánico en la bella costa del mar Adriático, Stalin desafía a los tiempos, la
historia y la acción de aviesos piquetes de demolición. En la ciudad que lleva
su nombre, Qytet Stalin, su inmensa estatua se encuentra enfrente de la comisaría,
lo que facilita su preservación. Su estado es excelente, sobre todo comparado
con su entorno. El pasado domingo, un grupo de periodistas occidentales había
logrado que el autobús que les llevaba a la pintoresca ciudad de Berat, una joya
de la arquitectura balcánica del siglo V, se desviara brevemente hacia Qytet
Stalin. Ante el horror de los guías, pudieron ver en el centro de este
espantoso conglomerado de bloques habitados a medio terminar, calles embarradas
y tuberías y oleoductos, a varios centenares de albaneses concentrados dando
unos gritos ininteligibles. "Será una manifestación", dijo uno de los
extranjeros. "No, no; es un mitin celebrando la liberación de la
ciudad", dijo, presa de pánico, la guía, intentando impedir que los
periodistas acudieran al lugar.
En realidad se trataba de un inocentísimo partido de
voleibol de dos equipos femeninos observado por varios cientos de espectadores,
todos hombres.
Las fieras campañas contra la religión supusieron la
destrucción de centenares de mezquitas e iglesias y la conversión de otras en
almacenes o establos, para mayor escarnio de los creyentes.
Pero la incipiente apertura no ha levantado aún la
prohibición de toda actividad religiosa, y pese a que han sido excarcelados
algunos de los religiosos que han pasado décadas en prisión, sigue abierto el
museo del ateísmo en Shkodra, que supuestamente demuestra la inexistencia de
Dios.
El régimen albanés no ha escatimado iniciativas grotescas
como ésta. Los museos para fortalecer el espíritu combativo y la militancia
comunista son tan numerosos como inútiles. El museo de Lenin y Stalin está en
obras, pero el de Enver Hoxha se ha construido con un derroche económico que se
antoja un insulto a la indigencia generalizada de la población.
Situado en la gran avenida construida por la Italia fascista
en Tirana, está lleno de parafernalia estalinista, objetos personales de Hoxha
e incluso una reproducción de la habitación en la que vino al mundo en
Girokastra, una bellísima ciudad que milagrosamente no ha sido rebautizada con
el nombre de su ilustre hijo.
Belleza y atraso
La belleza natural de Albania es espectacular y sólo
comparable en sus escarpadas montañas, sus acantilados, inmensos bosques y
lagos a los de las vecinas Montenegro y Bosnia. En la alta montaña la población
viste aún en gran parte los bellos trajes regionales, vive aún como a
principios de siglo y goza del hallarse lejos de los laboratorios de bendición
social del partido.
Construcciones como la presa Luz del Partido les han
afectado a estos albaneses tan poco como los miles de bunkers que por
todo el territorio son testimonio de la obsesión de Hoxha por la defensa
militar, fundada tanto en el temor a una invasión soviética como por los
intentos aliados inmediatamente después de la guerra de crear una cabeza de
puente occidental en Albania.
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