Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
16.11.90
TRIBUNA
La renuncia de la Unión Soviética al imperio conquistado en
la Segunda Guerra Mundial, el consiguiente desmoronamiento de los regímenes
comunistas en el Este de Europa y la descomposición del sistema político,
militar y económico de la propia URSS -los grandes hitos históricos de esta
segunda mitad del siglo- se han producido con tal rapidez que cabe el riesgo de
interpretarlos como un fenómeno repentino.
La causa de los hechos históricos del Wunderjahr, del
año milagroso que fue 1989, está en el fracaso del sistema político y económico
del denominado socialismo real. El motor de estos cambios, sin embargo, ha
sido un foro multinacional despreciado largo tiempo y maniatado por los
intereses de las grandes potencias. Hoy ya nadie discute su éxito.
La Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE)
nació en 1973 como producto de una primera fase de distensión entre dos bloques
aún compactos y enfrentados. Varias veces, sobre todo en Madrid, estuvo a punto
de fracasar. Moscú intentó manipularla, Washington quiso bloquearla, muchos
países la ignoraron cuando les convino. Pese a todo, el éxito de la CSCE puso
un punto final a la bipolaridad que había congelado las relaciones
internacionales y abrió en las dictaduras comunistas las fisuras que han
llevado a su derrumbamiento.
El lunes en París la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno
de los Estados miembros de la CSCE se celebrará en el marco de una situación
internacional inimaginable hace tan sólo un año. El continente europeo tiene la
oportunidad de convertirse en un espacio abierto y unido política y
económicamente. Es ya, gracias a la CSCE, una comunidad de valores.
Estos valores democráticos, antes llamados occidentales -el
pluralismo, la economía del mercado y los derechos humanos- son ya principios
comunes aunque su grado de desarrollo aún sea muy desigual. La división de
Europa, que algunos creyeron ver consagrada en Helsinki, ha desaparecido. Las
zonas hegemónicas se han desvanecido.
Las bases para la CSCE se habían sentado en 1970. La
República Federal de Alemania firmaba tres acuerdos bilaterales con Moscú,
Varsovia y Berlín Este. Éstos acaban con la fase intensa de la guerra fría entre
el Este y el Oeste, abierta en 1948 con la implantación de regímenes
estalinistas en Europa oriental y el bloqueo de Berlín. Firmados todos por el
entonces canciller Willy Brandt, suponían el reconocimiento de las fronteras
surgidas en 1945. La derecha alemana llegó por ello a acusar de alta traición a
Brandt.
Sin embargo, fue la clarividencia del hoy anciano líder
socialdemócrata el origen de una política perseverante, continuada después en
la CSCE en Helsinki, Madrid y Viena, de forzar el contacto con las dictaduras
comunistas y fomentar el contagio de los llamados valores
occidentales a las aisladas sociedades del Este. El político de izquierdas
Brandt creía en el pronóstico del pensador conservador francés Raymond Aron de
que "el reconocimiento por parte de Occidente del status quo en
Europa oriental supone el comienzo de su resquebrajamiento". Se cumplió en
la CSCE.
La URSS y sus aliados tenían objetivos claros. Eran el
reconocimiento de las fronteras emanadas de la Segunda Guerra Mundial y del
espacio hegemónico soviético. Además, el acceso a los mercados financiero,
comercial y tecnológico occidentales, cuyas ventajas sobre los de la comunidad
socialista eran ya entonces muy grandes.
Finalmente, Moscú confería gran importancia al control
armamentista que se prometía instrumentalizar para presionar a los países
occidentales con su propaganda pacifista.
Occidente reconoció las fronteras pero impuso, paso a paso,
primero en el Acta de Helsinki, después en Madrid y en Viena, los criterios
occidentales sobre el respeto a los derechos humanos. El poder en el Este los
siguió violando pero estaban ya reconocidos como principios comunes. Fue el
primer paso hacia su descomposición.
De la cárcel a la cumbre
En todo el Este surgieron grupos de seguimiento de los
acuerdos. Fueron reprimidos pero todos han resultado finalmente victoriosos. El
más célebre en Occidente fue el checoslovaco Carta 77. Uno de sus fundadores,
el escritor Vaclav Havel, estuvo largo tiempo en la cárcel. El lunes estará en
París como jefe del Estado.
Fue la información, impulsada por la CSCE, el motor de la
efervescencia antitotalitaria en el Este. Pese a la lucha del poder comunista
por impedirlo, la difusión de los principios de Helsinki por las ondas impulsó
la demanda de derechos humanos. Con la CSCE, los europeos orientales dispusieron
de mecanismos de presión sobre el poder y percibieron su creciente debilidad.
La CSCE, un proyecto político tan mesurado de forma como
ambicioso de fondo, resultó ser una carga de profundidad contra el
totalitarismo y la división de Europa. Todos sus miembros se congratulan por
ello, y Albania, el único Estado europeo automarginado de la CSCE, ha
solicitado su ingreso. En París celebrará este éxito logrado con las solas
armas del diálogo y la información.
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