Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
31.05.90
Las elecciones del 8 de junio revelarán la nueva estructura
democrática
Checoslovaquia ha pasado en seis meses de ser paradigma del
inmovilismo neoestalinista más irredento a ejemplo de transición hacia la
democracia con su revolución de terciopelo y un jefe del Estado, Vaclav Havel,
modelo de autoridad moral y prueba viviente de la supremacía final de la
inteligencia y de la ética sobre la fuerza represiva de sus antecesores. Los
checoslovacos acudirán el próximo día 8 de junio a las urnas, seis meses
después de la caída del dogmatismo comunista de Gustav Husak, Milos Jakes y
Milos Stepan.
Los checoslovacos celebraron en noviembre la llegada de un
nuevo proyecto democrático a este Estado, que en 1918, y por 20 años, había
sido el modelo de democracia pluralista en Europa central. Como toda
celebración, fue efímera. Pronto tuvo que ceder el protagonismo a los
acuciantes problemas que el totalitarismo ha legado a los Gobiernos surgidos
del movimiento popular. La economía se había quebrado hasta grados
incomprensibles en esta sociedad pionera de la industrialización de gran
disciplina laboral y capacidad técnica.
Checoslovaquia, una de las primeras potencias industriales
del mundo en 1939, hoy está "a un nivel comparable al de Perú", según
algunos de sus economistas.
Tiene este país, sin embargo, un potencial que le diferencia
no sólo del Tercer Mundo, sino también de otros países hasta ahora llamados socialistas
en Europa. Tiene tradición democrática, una sociedad vertebrada y unos centros
urbanos de alto nivel de formación pese a 42 años de páramo cultural. Este
término lo utilizó el escritor Milan Kundera para los 22 años de normalización tras
la represión de la Primavera de Praga.
Puede utilizarse, sin embargo, para toda la era comunista,
con meras reservas para la tan efímera como relativa libertad de 1968. La
revolución de noviembre de 1989 puso fin a un régimen que era un insulto para
toda esta sociedad desarrollada. Las informaciones sobre una posible
colaboración del KGB soviético en la caída del neoestalinismo pueden ser
ciertas. También pueden ser producto de intentos de intoxicación de la mafia
comunista más dura, que, en parte desde prisión, no ceja en sus maniobras de
desestabilización.
En los últimos días se han vuelto a producir en Praga
manifestaciones en favor de la ilegalización del partido comunista que intenta
evadir sus responsabilidades en los graves daños que infligió al país con el
sacrificio de unas cuantas cabezas de turco. El Partido Comunista, dirigido por
Ladislav Adamec, tendrá en las elecciones una tarea muy difícil para convencer
a la población de su reconversión. Puede, sin embargo, confiar en los
centenares de miles de personas dependientes del aparato a desmontar, en primer
lugar la Seguridad del Estado (StB).
Los títeres
Los partidos que durante cuatro décadas fueron meros títeres
del comunista y que, despojados de sus líderes de la breve fase democrática de
posguerra, fueron juguetes de las ambiciones personales de dirigentes débiles o
criptocomunistas, han utilizado los seis meses últimos, con diferente éxito,
para distanciarse del comunismo y de su propio pasado.
Todos se unieron a la movilización democratizadora de
noviembre. El Partido Socialista, de gran tradición en la época de
entreguerras, fue uno de los primeros en conseguir un perfil propio, gracias a
su rápida adhesión a la revolución de noviembre con su órgano Svobodne
Slovo. El Partido Popular Democristiano, con su diario Lidova
Demokracie hizo otro tanto.
Hoy cuenta este partido con ministros en el Gobierno
provisional, y sus expectativas electorales no son malas, si bien podría verse
afectado su controvertido ministro del Interior, Richard Sacher, con su
demostrada negligencia en el desmantelamiento de la policía política y sus no
probados intentos de utilizar informes de ésta para liquidar políticamente a
sus adversarios.
Otros partidos, como el Verde Alternativo, el grupo Obroda
de ex comunistas represaliados en 1968, el Campesino y el Socialdemócrata,
deberán demostrar cuál es su entidad electoral. Los partidos Democrático y de
la Paz, eslovacos, son otra incógnita, si bien el creciente nacionalismo en
esta república, con abiertos llamamientos a la secesión o independencia
económica al menos, podría dar el favor de la población eslovaca a estas u
otras formaciones más radicales.
El gran favorito de estos comicios es el triunfador de la
revolución, el Foro Cívico (FC), que con los líderes del cambio y con el
prestigio de Havel podría alcanzar una supremacía que le permitiera continuar
dirigiendo un Gobierno de coalición. Sin embargo, las diferencias entre los
diversos sectores de este movimiento han comenzado ya.
Desde el ritmo de desmantelamiento de la economía estatal,
la liquidación de las subvenciones, hasta la liquidación de la policía política
y la persecución de los crímenes que ésta cometió, las diferencias en el
Gobierno y en el FC van en aumento.
Muchos piensan que Havel es en gran parte responsable por no
mostrar la misma autoridad en la gestión que en la dirección moral, y porque,
cabalgando en una nube de intelectualidad, no aporta la energía necesaria para
hacer frente a la conspiración del aparato comunista, que ha sido vencido, pero
no ha desaparecido. Havel ya ha anunciado que, en contra de afirmaciones
anteriores, desea seguir dos años en el cargo.
El gran peso del padre de la patria que es ya Havel, como en
su día lo fue Thomas Garrigue Masaryk, no debe impedir que las elecciones
marquen el comienzo de la estructuración política de la nueva Checoslovaquia.
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