Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
19.04.90
Los problemas internos de Polonia, Hungría y Checoslovaquia
frenan su retorno conjunto a Europa
La cumbre celebrada recientemente en Bratislava, entre los
jefes del Estado, de Gobierno y ministros de Asuntos Exteriores de Polonia,
Checoslovaquia y Hungría fue una idea del presidente checoslovaco, Vaclav
Havel. Como un intento de expresar la voluntad de retorno a Europa de tres
naciones que fueron secuestradas durante cuatro o cinco décadas por las
dictaduras fascista, primero, y comunista, después, era una iniciativa
encomiable, como todas las adoptadas por esa gran autoridad moral que es el
actual jefe del Estado checoslovaco.
No obstante, los resultados -o la ausencia de ellos-
demuestran que la buena voluntad y la fe en el diálogo entre personas e
instituciones no bastan para lograr avances en la difícil política de países
tan saturados de problemas como los tres citados. La cita de Bratislava, mal
preparada y convocada en el peor momento, ha sido más fuente de irritaciones
que de soluciones y puede haberse convertido ya en un lastre para nuevas
iniciativas más maduradas. Es difícil criticar a Havel -ese autodeclarado
"diletante de la política"-, que como intelectual piensa mucho más en
lo que une a las naciones de la cultura centroeuropea que en los intereses que
separan a los Estados que las representan. El resultado, sin embargo, ha
demostrado que las reservas y los problemas deben estudiarse y limarse en mesas
bilaterales de negociación y en oscura labor diplomática antes de ser desplegados en los salones del castillo de Bratislava.
Los húngaros, ya en un principio, estuvieron a punto de no
acudir por el absurdo que les resultaba una fecha en que su Gobierno existente
había sido rotundamente rechazado en la urnas y el nuevo ni siquiera estaba
esbozado. Abandonaron Bratislava con un fuerte malestar y arrepentidos de haber
cedido a las presiones para que acudieran procedentes del ministro de
Exteriores italiano Gianni de Michelis, observador en la capital eslovaca.
Los intentos de Praga de coordinar la entrada de los tres
países en las instituciones europeas sólo podría retrasar el acceso a las
mismas de Budapest, necesitado como ninguno de lograrlo con urgencia. Por otra
parte, no hacía falta mala fe por parte húngara para interpretar el discurso de
Havel y todo el acto como un intento de establecer en Bohemia el centro de una
hipotética entente entre los tres Estados.
En el terreno de las minorías, donde los problemas bilaterales entre Praga y Budapest se están disparando en las últimas semanas por
el recrudecimiento del nacionalismo eslovaco y su hostilidad hacia los 700.000
húngaros que viven en esta república checoslovaca, el establecimiento de una
vaga comisión de estudios es un resultado menos que magro. Las manifestaciones
de nacionalistas eslovacos durante la cumbre en favor de la secesión
de su república y en contra de la autonomía para los húngaros expresan mucho
mejor la situación real de la región que el clima de diálogo ilustrado que
Havel quería conferir a la conferencia.
La Alemania unificada
La política exterior húngara combina su plena vocación
occidentalista con sus intentos de reactivar una cooperación regional en la
región adriática-danubiana, de la que Checoslovaquia no forma parte ya pero
Polonia es totalmente extraña. Por parte polaca, molestó tanto al jefe del
Estado, Wojciech Jaruzelski, como al primer ministro, Tadeusz Mazowiezki, que
Havel no mencionara siquiera los temores de Polonia a una Alemania unificada y
su derecho a fronteras garantizadas. El presidente checoslovaco apoya sin duda
a Varsovia en esta cuestión, como ha reiterado muchas veces, pero hay
hipersensibilidades que no admiten sobreentendidos en asuntos tan vitales.
Entre los tres ministros de Asuntos Exteriores invitados, el
yugoslavo se limitó a observar, el italiano defendía los intereses legítimos y
lógicos de la economía occidental, que, exceptuando a la potente República
Federal de Alemania, más activa e inteligentemente se está introduciendo en el
Este de Europa.
El ministro austriaco Mock, dedicado a encauzar la
integración de Viena en la Comunidad Europea -que, infinitamente más fácil que
la de los tres países ex comunistas, aún tiene serios obstáculos por delante-,
tampoco mostró excesivo entusiasmo en entrar en un proyecto en el que
sería cabeza de ratón. Así las cosas, la iniciativa de Havel, basada en una
idea aplaudida en principio por todos, al aplicarse a la política concreta con
muy escasa profesionalidad, ha sacado a la luz la infinidad de problemas,
tensiones e intereses diversos o incluso enfrentados que tienen los países de
la región. El aura de supuesta profesionalidad de los regímenes comunistas,
originado por el oscurantismo que ocultaba una ineptitud pavorosa, no puede dar
paso ahora -según demuestra Bratislava- a una política sentimental de buenas
intenciones cuyas iniciativas tienden a ser contraproducentes.
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