Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
26.04.90
ATENTADO EN LA R.F.A.
"Está en el umbral de la gloria, y él lo sabe",
señalaba recientemente el diario británico The Times en referencia a
"un chico pobre de Saarlouis que pronto puede ser el canciller del país
más rico de Europa". Oskar Lafontaine, brillante orador, fajador político
nato y punta de lanza en la renovación ideológica de la socialdemocracia
alemana es la gran esperanza de la izquierda para arrebatar a Helmut Kohl la
cancillería de la República Federal de Alemania. Tras nueve años en la oposición
el SPD afronta por primera vez unas elecciones federales con posibilidades
reales de volver al Gobierno, con Lafontaine al mando. El atentado de ayer en
Colonia podría truncar una gran carrera y cambiar profundamente el curso de la
vida política de la gran Alemania en proceso de gestación.
Nacido hace 47 años en la ciudad industrial de
Saarlouis, en plena Guerra Mundial que se cobró la vida de su padre, un obrero.
Cursó sus estudios en un seminario católico, ganó una beca para hacer la
carrera de física y a los 23 años ingresa en el partido socialdemócrata (SPD),
ya bajo la influencia de la figura legendaria de la izquierda europea que es
Willy Brandt.
Parlamentario en el Sarre desde los 27 años, comienza una
fulgurante carrera política con una ya proverbial agresividad verbal y decisión
al afrontar los problemas con una originalidad que despierta recelos y
sospechas hasta en su propio partido. Alcalde de Saarbrücken, la capital del
Sarre, en 1974, dos años más tarde es elegido presidente del SPD en este estado
federado, tradicionalmente gobernado por la Democracia Cristiana.
En 1985, en plena crisis de identidad del SPD, realiza la
gesta de arrebatar a la CDU el Gobierno en el Sarre. Desde entonces, eran ya
muchos los socialdemócratas que veían en Lafontaine la gran promesa del SPD.
Otros muchos, sin embargo, reforzaron su oposición a este político siempre
dispuesto a sorprender a seguidores y adversarios.
Indignó a los sindicatos con sus propuestas de reducir el
desempleo reduciendo la jornada laboral y proporcionalmente los salarios y
soliviantó a la patronal de la industria con su política antinuclear y su
inflexible defensa del medio ambiente. Se granjeó las iras de conservadores y
aliados occidentales de la RFA con sus propuestas de desarme unilateral,
ofendió a los pangermanistas con su falta de interés primero y cautela después
ante la reunificación.
Sus sugerencias para la creación de una sociedad
multicultural y su desprecio hacia el nacionalismo alemán molestan incluso en
su propio partido. Finalmente provocó una enorme polémica con su campaña para
eliminar las subvenciones a los refugiados procedentes de la República
Democrática Alemana.
Lafontaine fue herido ayer cuando estaba realizando una de
las tareas que mejor domina, la campaña electoral. Había acudido a Colonia a
apoyar ante las elecciones del próximo día 13 de mayo a su compañero de partido
Johannes Rau, el presidente del Estado de Renania-Westfalia. Muchas son las
diferencias entre estos dos políticos que fueron rivales en la carrera por el
nombramiento como candidato en las elecciones de 1987. Entonces se impuso Rau,
un moderado que en ningún momento tuvo posibilidad de imponerse frente a Kohl.
El 28 de enero pasado, Lafontaine dio el gran paso que la
cúpula del SPD le exigía para alzarlo a la candidatura a la cancillería. Con
una aplastante victoria en las elecciones del Sarre, amplió su mayoría absoluta
tras cuatro años de dura reestructuración de la industria del Sarre y una
política ecologista que según auguraba la derecha iba a batir en fuga a los
empresarios. No fue así y el crecimiento económico en el Sarre ha sido en los
últimos años superior al de la media federal.
Lafontaine, vicepresidente del SPD, ha sido también uno de
los artífices de la recuperación del electorado joven, fugado hace una década al
Partido de Los Verdes. Con una actitud abiertamente crítica hacia una OTAN que
considera dominada por los intereses de Washington, su defensa de un mayor
papel para la mujer en la política y en la sociedad y su decisión en frenar
también con métodos coercitivos, el deterioro del medio ambiente, ha sido visto
con razón por los dirigentes verdes como su gran rival.
Lafontaine dirigió la redacción del llamado Programa de
Berlín, el documento ideológico aprobado en la ciudad aún dividida en diciembre
pasado y que sucede al célebre Programa de Bad Godesberg de 1959.
Asegura haber establecido en él las líneas maestras del
ecosocialismo, un proyecto para las sociedades postindustriales. El crecimiento
cero, la distribución equitativa del trabajo y el ocio, la remuneración estatal
del trabajo doméstico y la desnuclearización total, armamentista e industrial,
son sólo algunos de los retos que esboza este pequeño Napoleón -como
le llaman sus detractores- que ayer estuvo a punto de morir antes de su
principal batalla.
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