Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
09.05.90
TRIBUNA
Polonia ha desaparecido de las primeras páginas de la prensa
internacional. Mientras que otros países del Este europeo se han convertido en
fuente al parecer inagotable de crisis, tensiones y escándalos, Polonia, el
país que inició el proceso del desmoronamiento del sistema socialista, aparece
en Occidente como ya sumido en la tediosa cotidianidad de una reforma
encauzada. Sin embargo, la realidad es que en Polonia se produce en estos meses
un fenómeno político, económico y social que supera en importancia a todos los
habidos en este país en años pasados y a muchos de los que llenan día a día las
páginas de la prensa. En un silencio y una calma que nadie se hubiera atrevido
a predecir, Polonia está realizando su gran revolución económica y lleva camino
de acabar con lo que como economía polaca ha sido sinónimo de
desastre durante décadas.
Todos los estados miembros del ya casi fenecido Consejo de
Ayuda Mutua Económica (CAME) se enfrentan inevitablemente a la necesidad de
cambios radicales en su economía y política social para salir del lodazal
económico en que se vieron sumidos por cuarenta años de dictado
político-ideológico de las antiguas direcciones comunistas. Todas los gobiernos
de transición albergan temores sobre la reacción de la población, habituada al
paternalismo global del sistema, ante las durísimas repercusiones que a corto
plazo tendrán los programas de saneamiento, descentralización y
reprivatización, sobre su capacidad adquisitiva y nivel de vida.
Polonia -con una política gubernamental de implacable
dureza, información para explicarla y una paciencia y responsabilidad de la
sociedad que la mayoría de los expertos descartaba como imposible- ha dado los
primeros sensacionales pasos hacia una economía abierta.
Expertos en derribar Gobiernos comunistas por una mera
subida del precio de la carne, los polacos están aguantando un
"tratamiento de choque", impuesto por el Gobierno del miembro de
Solidaridad Tadeusz Mazowiecki, que les exige inmensos sacrificios. La
credibilidad del Gobierno, la certeza de la población de hallarse en el único
camino posible hacia la recuperación y tiempos mejores y los primeros
resultados positivos parecen ser las causas de esta decisión común de la
sociedad polaca de "apretar los dientes" y "sufrir la travesía
por el desierto" armados únicamente con la esperanza de tiempos mejores.
Milagros
El 1 de enero pasado entró en vigor el plan
Balczerowicz, llamado así por el hombre que podría pasar a la historia
como el duro castigador de sus conciudadanos en beneficio de la patria. Leszek
Balczerowicz, ministro de Finanzas, apareció en televisión y prometió sudor y
lágrimas, pero también una esperanza.
Las lágrimas ya han llegado. La caída de la capacidad
adquisitiva en cuatro meses ha sido de más del 30%; los desempleados, hasta
entonces casi inexistentes, son ya más de trescientos mil y podrían acercarse a
los dos millones a finales de año. Las familias gastan dos terceras partes de
sus ingresos en la cesta de la compra. Los subsidios a los productos han
desaparecido casi en su totalidad, y los salarios se mantienen por debajo de la
inflación a toda costa.
Nadie sabía cuánto tardarían los primeros obreros en salir a
la calle y enfrentarse con violencia a esta política. De momento no ha
sucedido. Y han ocurrido algunos otros milagros. En enero, la inflación fue aún
del 78,6%, en febrero del 23,9% y en marzo no superó el 5%. Las colas, fenómeno
tan intrínsecamente polaco como los bailes de Mazowia, han desaparecido.
Polonia ha logrado un superávit comercial de 800 millones de dólares en los
últimos tres meses. El absentismo laboral se ha reducido en más de la mitad en
muchas empresas.
Los monopolios de distribución han quedado ya rotos por las
nuevas posibilidades de distribución directa de productos al consumidor o la
activación de nuevos distribuidores e intermediarios. Más de un tercio del
consumo se distribuyó ya en marzo directamente de los productores al
consumidor.
El gran reto ahora se halla en la privatización, y el
Gobierno de Mazowiecki ha dejado claro que quiere que sea total. Varsovia ha
dejado ya de soñar con terceras vías. El cambio radical en las
relaciones de propiedad es la piedra angular de la gran operación que está en
marcha en Polonia y que, de tener éxito, podría tener una inmensa influencia en
la política soviética.
La respuesta de las compañías estatales a la nueva situación
ha demostrado su incapacidad total.
Mazowiecki anunció que la venta será abierta y accesible a
todos para que no vuelvan a cometerse desafueros como los habidos tanto en
Polonia como en Hungría, donde directivos comunistas se han privatizado para
ellos mismos empresas en absoluta exclusión de competencia por la propiedad. La
privatización deberá aumentar la eficacia, romper monopolios, premiar la
competitividad y la innovación y crear las condiciones para un mercado de
capitales. Por otra parte, los ingresos por la venta de estas empresas
engrosarán las arcas del Estado, que también se beneficiarán de los ingresos
fiscales de unas empresas que hasta ahora sólo suponían costos añadidos.
Eran muchos los que temían que, tras 40 años de socialismo
real, la privatización topara con un amplio frente social en su contra.
Según una encuesta de febrero del Gobierno polaco, sólo el 11,5% de la
población está en contra de la privatización, y el 56% está totalmente a favor.
El objetivo primordial del Gobierno es crear una clase media.
El milagro polaco, "el mayor experimento económico de
Europa desde el milagro económico de Ludwig Erhard en la RFA", según The
Economist de Londres, está en marcha. Aún costará mucha paciencia y
lágrimas, y nadie puede asegurar que no se hunda en una conmoción política de
uno u otro signo. Su éxito sería, en todo caso, una gesta nacional de un beneficio
aún incalculable para toda Europa.
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