Por HERMANN TERTSCH
El País, Sofía,
12.06.90
Los observadores internacionales dicen que la jornada
electoral se desarrolló con corrección. La oposición dice que no. Después del
juicio positivo de los delegados extranjeros sobre las elecciones del 20 de
mayo en Rumanía conviene ser escéptico respecto a su papel y no identificar lo
que ven los observadores con lo que sucede en todo el país, sea cual sea, pero
sobre todo si se trata de un país balcánico con 40 años de pasado
comunista. Cuando las delegaciones se presentan en los pueblos en grandes coches
oficiales negros es difícil evitar que los búlgaros de pueblos y ciudades
pequeñas, que a los últimos extranjeros que vieron fue a los soldados
soviéticos tras la guerra, evoquen tiempos pasados. Querer arrancarles una
denuncia es una vana ilusión. Sin embargo, el fraude que haya podido existir en
las elecciones búlgaras no ha tenido necesariamente que decidir la victoria del
partido comunista, la victoria del poder al fin y al cabo. Durante toda su
historia, los búlgaros podían esperarlo todo del poder, premios o castigos. La
connivencia de la Iglesia ortodoxa con el poder político sólo acentuó esta
tradicional falta de rebeldía. El ahora Partido Socialista de Bulgaria tiene, por
otra parte, una larga tradición, está firmemente enraizado en la sociedad.
Fuera de las grandes urbes, donde ha surgido una juventud educada y
prooccidental, es el partido el que da y quita, premia adhesiones y castiga
disidencias. El partido concede el pienso para el ganado, da trabajo al hijo,
otorga los volantes para viajar al mar Negro.
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