Por HERMANN TERTSCH
El País, Bucarest,
16.06.90
De cómo un opositor perdió la vida en Bucarest
Georghi Dunca murió ayer por la mañana en el hospital de
emergencia de Bucarest. Tenía 39 años. Había sido trasladado a un hospital
especial del Ministerio del Interior. Allí estuvo dos días y, pese a su
gravedad, los médicos no creyeron, aparentemente, que su vida corriera peligro.
El jueves a mediodía fue ingresado en el hospital de la calle de Esteban el
Grande. Allí vieron que, además de un disparo que le había causado una intensa
hemorragia interna, ya le había surgido una gangrena en la herida. Fue operado
horas después mientras los médicos se preguntaban a qué venía este craso error
de sus colegas en el otro hospital.
El líder estudiantil Marian Munteanu está vivo de milagro,
tras recibir durante más de media hora golpes por todas las partes del cuerpo.
Pese a ello, pudo recibir a algunos periodistas. La televisión, la radio
oficial y algunos diarios le han calificado de enemigo público número uno de la
revolución que, el pasado mes de diciembre, derrocó al dictador Nicolae
Ceausescu. Es presentado como un envenenador de la juventud. Munteanu
dijo ayer al enviado especial de EL PAÍS, desde su cama, sacado brevemente de
la Unidad de Vigilancia Intensiva, que se ha acabado por un tiempo la esperanza
de democracia en Rumanía. Tiene traumatismo craneal, torácico y abdominal y una
pierna rota. Los hematomas le cubren el cuerpo y demuestran que la
"vehemencia" de los mineros de que habló ayer el primer ministro,
Petre Roman, era algo más que eso.
Peligra la democracia
Los periodistas Petre Mihai Bacanu y Octavian Paler, que en
la televisión rumana bajo control del Roman o de aquellos que tengan bajo su
control a Roman, son calificados ya de agitadores antirrumanos, se han ido del
país. Muchos piensan en estos días en seguir sus pasos. "Se acabó el sueño
de la democracia, este país está perdido", dice Radu, un rumano ya
decidido a poner tierra por medio por temor a lo que pueda sucederle.
La señora Teodorescu piensa lo mismo. "Con esta gente
en la calle enarbolando nuestra bandera y actuando como auténticos animales por
órdenes del Gobierno, lo siento mucho, pero ya no soy rumana. Todo lo que puedo
recomendar a nuestra juventud inteligente es emigrar". Se refería, por
supuesto, a la actuación de las brigadas de mineros que sembraron el terror por
las calles de Bucarest.
Pero Gheorgi Dunca ha muerto. Es uno de esos óbitos extraños
que en historia y literatura balcánica tanto se han dado. Fuentes próximas a
Dunca afirman que su muerte se debió a una negligencia del hospital del
Ministerio del Interior, donde fue tratado previamente, y que fue trasladado a
un hospital civil cuando su fallecimiento era irreversible. Su muerte indujo a
sospechas y hay quien afirma que antes de morir cumplió una misión en este país
sumido en la conspiración y la mentira como armas supremas de la política.
Opositor y rebelde
Dunca murió como gran opositor y rebelde, porque testigos de
los hechos a los que tuvo acceso EL PAÍS vieron como él era uno de los que
prendían fuego al Ministerio del Interior. Dunca estaba en las filas de
aquellos a los que Iliescu llama fascistas y el primer ministro Roman tacha de
traficantes, especuladores y prostitutas. Luchando, dicen, para desestabilizar
un supuesto proceso de transición democrática que se creen más los políticos
occidentales que los que vienen de vez en cuando a este país flagelado por el
odio, la mentira y la intriga.
En medios políticos contrarios a Iliescu se piensa que Dunca
no fue llevado por casualidad al hospital del Ministerio del Interior, y que
incluso pudiera ser que tampoco muriera por casualidad. Según los testimonios
de manifestantes opositores es incluso verosímil que no fuera un error lo que
evitó que lo operaran cuando podía haber salvado la vida. Tampoco es
impensable, indican, que fuera transportado desahuciado al hospital de
emergencia. Otras fuentes agregan que los médicos pudieron comprobar que el
gamberro que asaltaba, ya bastante adulto, los cuarteles del ministerio, era
empleado del mismo.
Puede ser, si esa filiación fuera cierta, que Dunca atacara
a su propio patrón, o que se volviera loco ante tanta miseria y decidiera
prender fuego a su puesto de trabajo. Incluso también que estuviera haciendo
méritos para conseguir un trabajo mejor.
En el vértigo de los acontecimientos de Bucarest y en la
pasión que provocó la brutalidad, murió un miembro del aparato que sobrevivió a
Nicolae Ceausescu, un testigo de una trama siniestra, o simplemente una persona
arrebatada por la injusticia y la protesta contra la violenta represión
oficial.
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