Por HERMANN TERTSCH
El País, Bucarest,
16.06.90
Miles de mineros abandonaron ayer Bucarest después de
controlar con inusitada violencia las calles de la capital rumana en apoyo del
Gobierno del presidente Ion Iliescu, de quien recibieron un mensaje de
agradecimiento en la estación ferroviaria. "Habéis demostrado que sois
gente con la que se puede contar en los momentos difíciles", declaró
Iliescu. El primer ministro rumano, Petre Roman, por su parte, calificó ayer de
"exceso de celo" de los mineros los sistemáticos apaleamientos a que
fueron sometidos los ciudadanos de Bucarest durante dos días y cuyo balance
supera los 500 heridos. Reconoció también la división existente dentro del Gobierno
rumano. Ayer continuaron los actos de vandalismo y brutalidad por parte de los
mineros, y un número indeterminado de víctimas era atendido en los hospitales
de la ciudad.
Las aseveraciones de ayer de Roman de que la "vía
democrática" es irreversible chocaron no sólo con la incredulidad de los
testigos del vandalismo y el terror desencadenado en la madrugada del pasado
jueves, con un saldo de al menos 5 muertos y más de 1000 detenidos, sino también
con las continuas noticias sobre nuevas agresiones contra rumanos de toda
condición y varios extranjeros: periodistas y turistas. Roman reconoció que
"no hay cooperación entre los ministerios de Defensa e Interior. Esto es
lamentable". Alimentaba así los indicios sobre serias desavenencias que
serían la causa de la dimisión del ministro del interior Mihai Chitac. Roman
manifestó que "la policía rumana tiene miedo o es incompetente" pero
evitó toda crítica al Ejército, que también se mostró absolutamente pasivo en
los ataques al Ministerio del Interior y jefatura de la policía.
El Ejército, cuyos mandos jóvenes, no comprometidos con la
dictadura y temidos por el Frente de Salvación Nacional (FSN), los integrados
en el Comité de Acción para la Democratización del Ejército (CADA), ya había
advertido días antes que las fuerzas armadas no tienen enemigo interno.
"Trama neofascista"
Mientras Iliescu, y Roman mismo poco antes habían sugerido
la existencia de "una trama neofascista", el primer ministro recurrió
ayer también a expresiones como "especuladores, traficantes y prostitutas"
que temen las reformas que prometen porque, de tener éxito se quedarían, decía
Roman, sin posibilidad de ser parásitos.
Roman insistió en negar los abusos cometidos por los
mineros, y dijo que los estudiantes que pedían una depuración del aparato
comunista se habían convertido en una "infección política".
En Bucarest se fortalece la impresión de que la manipulación
de las manifestaciones del miércoles en favor de los estudiantes de la Plaza de
la Universidad ha sido dirigida por una de dos facciones abiertamente
enfrentadas dentro del poder: la antigua Securitate, intacta y al parecer más
activa que nunca, y el Ejército, reacio a volver a un segundo plano.
Las brigadas de mineros de los pozos del valle de Jiu están
perfectamente dirigidas por la Securitate desde que, en 1977, la represión
dirigida por Ceausescu acabara con una organización autónoma haciendo
desaparecer y matando a numerosos líderes sindicales. Los en parte jovencísimos
mineros obedecen con total fidelidad las consignas de sus jefes de brigada,
dentro y fuera de la mina. Miron Cosna, su principal dirigente, informó que una
parte de los 14.000 mineros que llegaron a Bucarest permanecerá en la capital
hasta que se normalice la situación.
En una conferencia de prensa bajo muy estrictas medidas de
seguridad, un Roman sonriente rebajó el pogromo protagonizado por los mineros
contra la oposición a una "restauración del orden", y aseguró que,
pese a venir en trenes especiales, y ser alimentados y alojados por el
Gobierno, "los mineros llegaron por propia voluntad". Aunque, según
Roman, "pidieron expresamente que no se les diera para beber otra cosa que
agua", mineros borrachos golpearon ayer con porras y bates de madera a
varios periodistas occidentales en la plaza de la Universidad.
Roman llegó a decir que las sedes de los partidos
históricos, el Nacional Liberal y el Nacional Campesino no fueron asaltados por
los mineros, cuando al menos el primer caso, fue presenciado por numerosos
periodistas entre ellos el enviado de EL PAÍS.
También aseguró que las casas de los líderes de ambos
partidos, Ion Ratiu y Radu Campeanu habían sido devastadas por desconocidos que
nada tienen que ver con los comandos de mineros lanzados por la ciudad.
Las palizas y las detenciones continuaron por toda la ciudad
y la masa de mineros llamados por el Gobierno estuvo a punto de asaltar el
hotel donde se aloja la mayoría de los enviados de la Prensa extranjera.
Roman insistió en que las manifestaciones del miércoles que
concluyeron con el asalto al ministerio del interior, jefatura de policía y
sede de la televisión habían sido orquestadas por organizaciones fascistas como
ya había manifestado el presidente Ion Iliescu.
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