Por HERMANN TERTSCH
El País, Bucarest,
15.06.90
Mineros armados hasta los dientes protagonizan una
sangrienta caza del hombre
Prolongadas ráfagas de metralleta y tiros aislados de armas
largas surcaban el centro de Bucarest cuando llegamos, a las dos de la
madrugada de ayer. De cuando en cuando resonaban las fuertes detonaciones de
las ametralladoras de las tanquetas del Ejército. Coches con civiles armados
circulaban a gran velocidad por las avenidas desiertas.
En la plaza de la Universidad ardían aún varios autobuses y
coches de la policía, utilizados como barricadas. Grupos de pocos centenares de
manifestantes hostigaban a un destacamento de soldados en torno a un carro de
combate cruzado en la avenida de Georgiu-Dej. Un jeep de la
organización Médicos sin Fronteras, apostado en una esquina, ya había llevado
dos muertos al hospital militar. La violencia y la sangre habían vuelto a las
calles de Bucarest. Desde que comenzó la insurrección contra Nicolae Ceausescu
el 21 de diciembre de 1989 nunca han estado éstas realmente en paz. Pero la
noche del 13 al 14 de junio habría de convertirse, paradójicamente después de
retirarse los soldados y disolverse los manifestantes, en un aquelarre de
violencia y terror.
A las 4.30 de la madrugada, tras un breve diálogo con las
pocas decenas de manifestantes que permanecían en la plaza, el Ejército
desapareció. Los soldados se retiraron en orden, con el gesto de alivio en el
rostro por salir indemnes de un enfrentamiento con lo que la propaganda oficial
y el presidente Ion Iliescu llaman gamberros -como hacia Ceausescu- y ahora
llaman fascistas y legionarios de la Guardia de Hierro.
Fue el propio Iliescu quien llamó a los mineros para
"limpiar la capital". Una turba exacerbada cometió desmanes sin fin
ante los ojos de los pocos periodistas occidentales que se encontraban esa
noche de pesadilla en los balcones del hotel Intercontinental de Bucarest.
Los mineros del valle de Jiu llegaron a las 4.30 de la
madrugada en respuesta a un llamamiento lanzado la víspera por Iliescu para
salvar al Gobierno de la agresión de "los fascistas, gamberros y
drogadictos". Llegaron en sus "improvisados" trenes especiales
de siempre.
"Vagos e intelectuales"
Al alba, miles de mineros avanzaban en bloques compactos por
la avenida de Magheru. Con sus monos de trabajo pardos, el casco y la linterna
minera encendida, armados con grandes estacas, porras metálicas y gruesos
cables de acero, caminando entre gritos rítmicos de apoyo al Frente de
Salvación Nacional y de muerte para "los vagos e intelectuales", eran
la imagen misma del terror.
Amanecía con un cielo claro y sonrosado surcado sólo por la
columna de humo negro que emergía de la sede de los liberales. El presidente
Iliescu acababa de dirigirse a los mineros. A las cinco de la madrugada les
habló de los peligros que acechan a su Gobierno por parte de pérfidas fuerzas
del fascismo y les pidió que fueran hacia la universidad. Vinieron. Asaltaron
las sedes de los partidos de la oposición, la del Partido Nacional Liberal
empezó a arder. Rompieron ventanas y puertas de la universidad y pronto
centenares de mineros registraban todos los rincones, incluso tejados y azoteas
en busca de estudiantes. Encontraron algunos muchachos primero, después también
mujeres, ancianos y algún chico que no habría cumplido los 14 años. Entre
gritos escalofriantes les daban caza, les rodeaban y pronto caían bajo los
golpes de las estacas, porras y hachas, puñetazos y patadas, propinados todos
con un odio infinito. Todos querían aportar su estacazo a la cabeza, el
puñetazo en la cara, la patada en la entrepierna de los aterrorizados cautivos
que gritaban en vano. Alguna mujer logró huir con la espalda convertida en una
inmensa llaga.
Otros menos afortunados caían bajo los golpes y eran
recogidos, inermes en charcos de sangre, por las ambulancias que iban llegando.
Nadie sabe cuántos están vivos y cuántos muertos. El pogromo continuó ayer todo
el día, con decenas de miles de obreros, securistas (policías de Ceausescu) y
agitadores recorriendo incansablemente la ciudad, entrando en viviendas de
miembros de la oposición y apaleando a jóvenes por llevar el pelo largo, gafas
o ser estudiantes. El fascismo en estado puro se adueñó de esta capital cuyos
muertos en la revolución de diciembre no han servido más que para abrir una
caja de Pandora llena de ignorancia, vileza y odio. El "viva la muerte,
abajo la inteligencia" retumbó ayer con violencia en Bucarest.
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