Por HERMANN TERTSCH
El País Miércoles,
10.10.90
Yugoslavia no se debate entre unión y secesión, sino entre
paz y guerra
Croacia y Eslovenia presentaron el pasado viernes a la
presidencia de Yugoslavia un proyecto para establecer una confederación
yugoslava de repúblicas soberanas. Se trata del último intento de los Gobiernos
de Zagreb y de Liubliana de buscar una fórmula de convivencia con la mayor
república de Yugoslavia, Serbia. Bajo el caudillaje de su presidente, Slobodan
Milosevic, la política de Serbia ha puesto a Yugoslavia en el umbral de la
guerra civil. La agitación nacionalista para imponer su hegemonía en la
Federación yugoslava ha destruido el frágil Estado que quería conquistar.
Nadie va a salvar ya la República Federativa Socialista de
Yugoslavia, que en la guerra fría llegó a ser una esperanza de tercera vía
entre el capitalismo y el socialismo soviético. La división de Yugoslavia es
tan necesaria para una Europa estable como la unidad de Alemania, dicen hoy ya
abiertamente los Gobiernos de Zagreb y Liubliana. Tras Alemania oriental,
Yugoslavia es el segundo Estado que desaparece, devorado por la
posguerra. Aquellos que, con Milosevic, dicen defenderla, quieren un Estado de
hegemonía serbia similar al que bajo la monarquía de entreguerras reprimió a
todas las demás nacionalidades; los demás, Eslovenia y Croacia -y muy
posiblemente, tras sus elecciones en noviembre, Bosnia-Herzegovina-, consideran
que la integración en Europa tiene prioridad sobre unos vínculos yugoslavos que
ahora sólo auguran más balcanización, agitación y subdesarrollo bajo
disfrazadas estructuras de poder comunista.
"Occidente tiene que darse cuenta de que su
preocupación por la integridad territorial de Yugoslavia obedece a un
cliché de la guerra fría. Yugoslavia se descompone porque es inviable, igual
que la URSS. Sus pueblos son hoy como hermanos siameses. Su unión los mata.
Para sobrevivir tienen que ser operados. Después serán hermanos, y quizá hasta
amigos. Pero hay que operar, hay que separarlos", señala Darko Bekic,
asesor de Franjo Tudjman en su despacho gubernamental en Zagreb.
El serbio Milosevic ha fracasado en todas sus promesas de
normalizar Kosovo, reformar la economía y desmantelar la burocracia. En su
huida hacia adelante recurre cada vez más a la irracionalidad para mantener
tras de sí a sus seguidores. La reciente declaración de autonomía de los serbios
en Croacia es, según los croatas, una mera operación de chantaje a Zagreb.
También lo es su advertencia de que, de disolverse Yugoslavia, Serbia tiene
reivindicaciones territoriales sobre Croacia y Bosnia.
Milosevic ha demostrado en Kosovo cómo entiende los derechos
de las nacionalidades. La liquidación de la autonomía de los albaneses, la
represión en Kosovo y la eliminación de toda disidencia en los medios de
comunicación bajo su influencia demuestran, si no sus intenciones, sí sus
métodos. "Quiere hacer lo mismo con los demás", señala el
constitucionalista croata y redactor del proyecto de la Constitución democrática
croata Branko Smerdel.
Pero Croacia no es Kosovo. Si en la provincia de mayoría
albanesa la política de Milosevic es responsable de varios centenares de
muertos en los últimos dos años, con su ataque a Croacia puede provocar la
guerra.
Llega tarde este proyecto de confederación, en el que el
término Yugoslavia sólo vendría a definir una alianza de Estados soberanos con
un mercado interior y un acuerdo para la defensa común. La población en Croacia
y Eslovenia está convencida ya de la imposibilidad de convivir en un Estado con
una Serbia imbuida en una cruzada hegemonista más propia de las guerras
balcánicas que del umbral del siglo XXI.
Yugoslavia ya sólo es el campo de batalla entre dos
ideologías opuestas, la totalitaria y la democrática, "vestidas de colores
nacionales", como dice el diario croata Vjesnik. Eslovenia y
Croacia han tomado el rumbo de la democracia pluralista occidental. El
nacionalismo fue bandera electoral de las opciones políticas victoriosas en los
comicios libres. Sin embargo, sus Gobiernos han mostrado después moderación y
voluntad de hacer de Eslovenia y Croacia sociedades modernas y abiertas.
En Serbia, sin embargo, la demagogia populista totalitaria,
virtuosamente agitada por Slobodan Milosevic, ha envenenado las relaciones
interétnicas hasta un punto de que muchos creen inevitable la guerra civil y
sólo dudan sobre el momento de su estallido. "Milosevic quiere la
guerra", dicen los transeúntes en Zagreb sin atisbo de duda.
El Gobierno de Tudjman asegura disponer de "pruebas
del contrabando de armas desde Serbia para los insurrectos en Knin" y de
que "se trata de armas modernas utilizadas por el ejército
yugoslavo". Hay preparativos ya en Bosnia para una insurrección serbia
similar si el Gobierno saliente de las elecciones no es lo suficientemente
sumiso a la voluntad de Belgrado.
Bekic acusa a Milosevic de instigar las protestas de la
minoría serbia en Croacia para, "en su política de agresión expansionista,
intentar mover hacia Occidente las fronteras serbias". Según dice, quieren
provocar a toda costa un derramamiento de sangre.
"No nos queremos dejar provocar. Sin embargo, es muy
difícil ya calmar a los croatas. Su indignación aumenta. En cualquier momento
puede producirse la chispa que provoque un drarna", señala Bekic.
Eclipsada por la crisis del Golfo, la nueva escalada del
conflicto étnico en Yugoslavia sigue así su inexorable curso hacia la
catástrofe. El jefe del Estado, el serbio Borislav Jovic, sólo representa ya a
Milosevic. El Gobierno federal del croata Ante Markovic, pese a sus éxitos
económicos iniciales, es políticamente impotente. El ejército sólo provocaría
una tragedia con su intervención. Aunque la mayoría de los mandos es serbia,
abriría el enfrentamiento étnico en el seno de la tropa.
La Yugoslavia de Tito ha muerto en la inviabilidad económica
de su sistema, en la imposibilidad de mantener los equilibrios nacionales sin
la presencia física del fundador y en el choque entre concepciones ideológicas
antagónicas que se superpone hoy a los enfrentamientos étnicos tradicionales.
Occidente debería dejar de defender una integridad que ya no existe y en cuya
defensa sólo premia a la opción totalitaria y hegemonista serbia, dicen Zagreb
y Liubliana.
"Occidente debe frenar la ofensiva totalitaria serbia.
Defender una unidad inviable sólo lleva a la tragedia. Con su pasividad parece
esperar a que haya 2.000 muertos para abrir los ojos", señala Bekic.
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