Por
HERMANN TERTSCH
El
País, Madrid, 27.06.90
TRIBUNA: ANÁLISIS
Dos Estados de la hasta ahora denominada comunidad
socialista en el este de Europa han consumado en junio un frenazo, o incluso
una suspensión temporal, del proceso de transición hacia la democracia
política, el sistema económico de mercado y la sociedad abierta. Algunos
observadores hablan ya de restauración del sistema totalitario. Las revoluciones
democratizadoras en países como Hungría, Polonia, la República Democrática
Alemana y Checoslovaquia indujeron a los comentaristas occidentales a hablar de
la ley del dominó. Según ésta, el proceso democratizador se había hecho
imparable, y todos los países del este de Europa se adentrarían a corto plazo
por un camino irreversible hacia sociedades de corte occidental.
Los derrocamientos, pacífico uno, violento el otro, de los
dictadores de Bulgaria, Todor Yivkov, y Rumanía, Nicolae Ceausescu, hicieron
creer que con el año 1989 morían los sistemas dictatoriales en Europa, con la
excepción de la minúscula Albania.
Sin embargo, en los Balcanes, el proceso de cambio hacia
unas sociedades democráticas, abiertas y tolerantes será menos un salto a
la libertad, al estilo de la centroeuropea Checoslovaquia, que un duro calvario
plagado de reveses, contradicciones y dificultades que hay quien considera
insalvables en varias generaciones.
Los rumanos y los búlgaros son los únicos pueblos de Europa
central y oriental que, convocados a las urnas, han dado la victoria al partido
comunista y al aparato que durante 40 años les negó el derecho de elegir y
sumió a sus sociedades en un subdesarrollo sin parangón en el continente.
Las innumerables irregularidades registradas en los comicios
del 20 de mayo en Rumanía y de los días 10 y 17 de junio en Bulgaria no cambian
esta realidad. En Checoslovaquia, la RDA, Polonia y Hungría, los ex comunistas
no superaron en ningún caso el 16% del voto, que viene a ser el potencial
electoral del aparato policial, militar y de aquellos sectores de la
Administración del Estado que más temen una democratización que les despoje de
sus privilegios y acabe con su impunidad.
En Rumanía, los ex comunistas cosecharon más del 67% de los
votos; en Bulgaria, el 48%. La mayoría de los rumanos y búlgaros, votaron por
la continuidad o al menos, por el menor de los cambios y en contra de la
oposición democrática perseguida hasta hace aún muy poco por sendos
regímenes.
Puede parecer paradójica en Occidente la actitud de estos
dos pueblos de optar por quienes les negaron esta libertad de optar. Hay, sin
embargo, varias razones políticas, históricas y sociológicas que explican por
qué estas sociedades balcánicas han votado en favor de la continuidad de
proteccionismo, y, en consecuencia, por la supervivencia del aparato de
poder comunista rebautizado, ya como socialista en Bulgaria, ya como frentista
en Rumanía.
Un cúmulo de razones
La primera y posiblemente principal razón de los referidos
resultados electorales es el hecho de que los aparatos comunistas en ambos
países, identificados como columna vertebral del Estado durante
décadas, llegaron intactos a las elecciones. En Rumanía se ejecutó a
Ceausescu. En Bulgaria se encarceló a Yivkov, y se le impide e impedirá
previsiblemente hasta la muerte, declarar en público.
Los aparatos comunistas búlgaro y rumano
comprendieron que en la nueva Europa su supervivencia dependía de la
liquidación de sus respectivos dictadores, ancianos y cada vez más enajenados.
En Rumanía, donde una oscura trama logró reconducir un levantamiento popular
contra el régimen en una revolución contra Ceausescu y contra el
término comunista vaciado de contenido, ya ha sido rehabilitado todo
dirigente y miembro del Partido Comunista Rumano que ofrezca lealtad al Frente
de Salvación Nacional.
Que el estalinista Birladeanu, íntimo colaborador de
Ceausescu, pronunciara el discurso de presentación de Ion Iliescu en su
investidura como jefe del Estado demuestra la absoluta desinhibición del
antiguo aparato seis meses después de la revolución.
El aparato de los partidos comunistas mantiene intacto
su Poder fuera de los reducidos sectores urbanos cultos. Su capacidad de
intimidación de posturas disidentes en empresas, cooperativas, pueblos y
ciudades pequeñas en las que sigue ostentando el poder decisorio y económico
es prácticamente total.
La tradición de obediencia al poder en estas sociedades
balcánicas, reforzada por la influencia de la Iglesia ortodoxa, es otra de las
razones. El poderoso es el que puede verter bienes y castigos sobre el hombre
humilde, y éste no tiende por ello a apostar por alguien que no está en el
poder.
Finalmente, la debilidad de las oposiciones en estos dos
países también ha sido un factor importante para las victorias de los aparatos comunistas.
Los líderes de la oposición búlgara eran excesivamente
optimistas cuando señalaban que ellos habían tenido más tiempo que la oposición
rumana para organizarse.
La represión implacable en estos dos países desde la guerra
hasta un muy reciente pasado impidió que se creara una oposición conocida por
la población aunque sólo fuera a través de las emisoras de radio occidentales.
El lastre del pasado de los partidos históricos como el Nacional Liberal y
el Nacional Campesino en Rumanía y el Agrario en Bulgaria impidió que pudieran crear
una alternativa moderna al partido ex comunista.
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