Por HERMANN TERTSCH
El País, Bucarest,
19.05.90
"Ion Iliescu quiere un modelo de socialdemocracia
como en Suecia, lo único que necesita para lograrlo es sustituir a la población
rumana por suecos", decía ayer con sorna un participante en el encuentro
entre el presidente rumano y observadores internacionales llegados a Bucarest
con motivo de las elecciones generales del domingo en Rumanía. La mayor
dificultad para la democracia rumana no son los hábitos y tentaciones de
totalitarismo de comunistas reconvertidos con urgencia.
Tampoco son las veleidades ultraderechistas de algunos
líderes de los partidos históricos que desempolvan ahora mensajes y pasiones de
la época de entreguerras.
Quinientos años de despotismo turco, fases seudodemocráticas
con partidos corruptos e intolerantes, monarquías dictatoriales, un estalinismo
cruel como en pocas partes de Europa y 25 años bajo el régimen de Nicolae
Ceausescu de los que los 10 últimos fueron el reino de un demente, han hecho de
Rumanía la región europea de más grave subdesarrollo en la cultura política.
La intolerancia, la descalificación del enemigo y la
agresión, ya sea verbal o física, se extienden por todo el país y toda
formación política. Los odios entre etnias, los miedos, agravios y complejos,
mantienen envenenada y paralizada a toda la sociedad rumana.
El miedo y la miseria han creado unos cuantos héroes y
sabios, pero mantienen a toda la sociedad invertebrada y quebrada, fácil presa
de la demagogia, de la xenofobia y el antisemitismo, de las pasiones primitivas
de un pueblo al que se le negó el acceso a los ideales de la ilustración y el
humanismo.
"Estamos [los rumanos] en la situación de un enfermo al
que el médico no quiere curar, sino aprovechar su final para propio
beneficio", dice Gabriel Liiceanu, uno de los líderes del grupo para el
Diálogo Social, asociación de intelectuales que se ha convertido en uno de los mayores críticos del poder del Frente de Salvación Nacional (FSN), la
organización que ostenta el poder en Rumanía.
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