Por HERMANN TERTSCH
El País Lunes,
10.02.92
Crisis económica, desempleo y restos de totalitarismo en el
país balcánico
Shneshana, una estudiante búlgara de arquitectura, lloraba
aterrorizada hace 10 años en una pequeña comisaría de las afueras de Sofía
frente a un policía gordo que la llamaba "puta" y "espía".
Su delito había sido dejarse sorprender con un periodista a quien ayudaba a
buscar un hotel. Éste no volvió a tener noticias de la chica. Hoy, las jóvenes
como Shneshana, con sus ganas voraces de hablar idiomas extranjeros y oír
hablar del mundo, no tienen ya que enfrentarse a interrogatorios ni
consecuencias peores por contactar con forasteros. Aunque sólo fuera por esto,
piensan, habría valido la pena el incendio y la mutilación de la sede del
partido comunista, que parece hoy incompleta sin su gran estrella roja y su
inmenso escudo de granito con la hoz y el martillo que algunos búlgaros
pacientes borraron a martillazos hace ya más de un año. La parafernalia
comunista, desde las insignias del guardia proletario hasta las medallas al
mérito estajanovista, se vende a bajo precio en la avenida del Zar Libertador,
y las innumerables estatuas de Lenin que había en este país han caído hechas
añicos o han acabado como bromas decorativas en el jardín de algún millonario
japonés.
Más de dos años después de la caída de Todor Yivkov -más
cuerdo que el rumano Nicolae Ceaucescu, pero igual de corrupto y encanallado-,
Bulgaria ha hecho caer a la nomenklatura comunista, ha instaurado un
sistema parlamentario y ha elegido un Gobierno y un presidente democráticos.
Sin embargo, como señala el presidente del Parlamento y
líder del Partido Democrático, Stefan Savov, "aún no se ha conseguido
desmontar las estructuras del poder totalitario". "He viajado por
todo el país y he visto que en muchos sitios la gente aún tiene miedo",
añade.
Miedo al policía
El miedo de Shneshana al policía ha desaparecido en la
capital, pero se mantiene el miedo del miembro de la cooperativa agrícola al
jefe, que sigue siendo el de siempre. Persiste el miedo en pueblos y ciudades
pequeñas en las que, según el propio ministro del Interior, Yordan Sokolov,
"fomentan el crimen jefes locales de la policía para desacreditar la
democracia; tengo pruebas y casos concretos".
Bulgaria, un país sumido en el terror político durante
cuatro décadas, "ha dado un ejemplo de cómo comenzar un proceso
democrático sin sangre", subraya Savov. Las dificultades para que este
camino pacífico se mantenga son considerables. La crisis económica no ha tocado
fondo aún, y pronto habrá un ejército de parados resentidos con la democracia y
la reforma. La criminalidad se ha disparado con atracos, robos y asesinatos
que, como dice el ministro del Interior, "se cometen para robar cualquier
miseria". "Tenemos miedo a salir de noche", dice Ludmila
Piperova, funcionaria que ya ha quedado desempleada por la reestructuración de
su ministerio.
"Nosotros creemos que el Fondo Monetario Internacional
es demasiado optimista en lo que respecta a Bulgaria". Quien dice esto es
el director ejecutivo del Banco Nacional de Bulgaria, Emil Harsev. Tiene 30
años, y, por la seguridad que emana, parece que el cargo no le viene tan grande
como el traje de rayas que lleva. "Alguien tiene que cubrir el hueco que
se ha creado", dice en su despacho del banco en la plaza antes llamada de
Georgi Dimitrov y hoy flamante y monárquica Alexander Battenberg.
La selección negativa del socialismo, agudizada por el
antiintelectualismo del campesino Yivkov, ha dejado a Bulgaria con un gran
déficit de personas capaces y no comprometidas con el anterior régimen. La
emigración anterior y posterior a la caída de Yivkov supuso para Bulgaria una
auténtica sangría de talentos. Pocos se deciden a volver a un país que sólo les
puede pagar 2.000 levas (unas 10.000 pesetas) de sueldo en puestos de
responsabilidad.
Pese a los problemas, no habrá restauración socialista en
Bulgaria. Los socialistas perdieron. Las tiendas están llenas, aunque muchos no
puedan comprar más que lo imprescindible. La privatización comienza ya, tarde
pero sin sangre. Se habla, se discute y lentamente, los búlgaros, también en
provincias, van perdiendo el miedo que les atenazó durante décadas.
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