Por HERMANN TERTSCH
El País, Zagreb,
09.11.92
"Alexander Dubcek no tiene interés periodístico alguno,
causó grave daño al país, vive retirado y no quiere ver a periodistas. Es un
fracasado, despreciado por los checoslovacos y sólo recordado por agitadores
antisocialistas en Occidente". En estos términos rechazaba en 1987 el
agregado de prensa y coronel de los servicios secretos (STB) del régimen
comunista de Praga en Viena, Pesek, una solicitud de entrevista con el que
fuera líder de la primavera de Praga.
Dubcek, jubilado pocos años antes de su empleo en la
administración forestal en Bratislava, no recibía a periodistas porque no
podía, porque la policía le vigilaba las 24 horas del día y porque los
checoslovacos le admiraban, aunque en secreto, por miedo a represalias.
Lo que hace menos de un lustro aún parecía imposible es que,
como ha sucedido, Dubcek muriera después de haber vuelto a la política activa,
ocupar la presidencia del Parlamento, recibir el homenaje de millones de
checoslovacos. Pese a su precipitada muerte, pudo ver además cómo la política
que él quiso aplicar llevó a ritmo de vértigo al hundimiento del imperio
soviético y, quizá lo mas doloroso para este eslovaco, a la disolución de su
país, Checoslovaquia.
Cubo de basura
Fueron Gustav Husak y sus colaboradores Milos Jakes y Vasil
Bilak, que en 1968 le habían traicionado, los que acabarían en ese "cubo
de basura de la historia" en el que creían haber ahogado a este comunista
honrado, adelantado a su tiempo. En aquella primavera, Dubcek había logrado
reavivar la ilusión por un sistema igualitario en libertad, quebrada por el
estalinismo. La invasión del 20 de agosto de 1968 supuso la declaración de
quiebra ideológica final.
Dubcek volvió como héroe, pero no como protagonista. Todo
había cambiado. Él había intentado mejorar el sistema en 1968. En 1989 ya no
había nada reformable.
La gran diferencia entre el húngaro Imre Nagy y el
checoslovaco Dubcek es que, siendo ambos comunistas, el primero optó finalmente
por liderar un levantamiento nacional anticomunista en 1956 mientras el segundo
creyó hasta el último momento en poder convencer con argumentos a sus camaradas
en aquella URSS que tanto admiró.
De las grandes conmociones que sacudieron a la ideología
comunista desde 1917, que son la ruptura Stalin-Tito en 1948, la revelación de
los crímenes de Stalin, la consiguiente ruptura chino-soviética y la revolución
húngara, todas en 1956, y la primavera de Praga, esta última es la
más profunda. Marca el retorno de sectores comunistas a las tesis
socialdemócratas de que el sistema soviético no sólo era despótico, sino
inviable. Cuando esta tendencia llegó, 15 años más tarde, al Kremlin con
Gorbachov, el totalitarismo comunista tenía los días contados. Por ello, el hombre
frágil que ha muerto ahora en Praga entra con todos los honores en las páginas
de la historia.
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