Por HERMANN TERTSCH
El País, Sarajevo,
01.03.92
El presidente de Bosnia-Herzegovina, el musulmán Alia
Izetbegovic, es uno de los rarísimos ejemplos de sensatez y tolerancia entre
los máximos dirigentes de lo que fue Yugoslavia. Ayer, cuando votó en Sarajevo,
volvió a expresar su voluntad de crear una república en la que la soberanía
recaiga en los ciudadanos y no en las etnias. Bosnia-Herzegovina es desde hace
siglos un territorio en el que han convivido croatas, serbios y los eslavos que
adoptaron la fe del Islam bajo los turcos, enriquecidos en la capital por una
comunidad de judíos sefardíes.
La sociedad multicultural urbana de Sarajevo siempre irradió
tolerancia y fueron las luchas nacionalistas e ideológicas de Serbia y Croacia
las que hicieron de esta región un campo de batalla de inconcebible crueldad
durante la Segunda Guerra Mundial.
Salvo los reductos de fanatismo de la Herzegovina, Bosnia ha
sido un ejemplo de convivencia étnica y puede ser, como apunta Izetbegovic, un
nexo para la reconciliación entre las etnias enfrentadas en los Balcanes. Para
ello, sin embargo, no ve otro camino que la independencia y soberanía que dé a
todos los individuos una ciudadanía de iguales derechos.
Los peligros son inmensos. El Ejército federal, que tiene en
esta república sus principales fábricas de armas, ha convertido Bosnia en un
gran cuartel y arsenal y las esperanzas de Izetbegovic de que se retire de su
territorio parecen meros frutos de los buenos deseos. Según informes dignos de
crédito llegados a EL PAÍS, Estados Unidos será uno de los primeros en
reconocer a las cuatro repúblicas ex yugoslavas, Eslovenia, Croacia,
Bosnia-Herzegovina y Macedonia.
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