Por HERMANN TERTSCH
El País, Sarajevo,
28.11.92
ENTREVISTA: PHILIPPE MORILLON
Jefe de las fuerzas de la ONU en Yugoslavia
"Si no mantenemos bajo control ahora a las fuerzas de
todos los contendientes, estaremos en el umbral de una nueva escalada de la
crisis, ante una gran conflagración", advierte el general francés Phillipe
Morillon, comandante en jefe de las Fuerzas de Protección de las Naciones
Unidas en el territorio de la antigua Yugoslavia. Morillon había creído en la
posibilidad de mantener el alto el fuego entre las fuerzas enfrentadas firmado
hace ahora dos semanas. Éste, como todos los anteriores, ya se ha derrumbado. No
es la primera frustración de Morillon como jefe de las fuerzas de las Naciones
Unidas en Bosnia-Herzegovina. No será la última. En su nueva residencia oficial
en el llamado Club de Delegados de Sarajevo, una antigua residencia de
invitados de la Liga Comunista de Yugoslavia, explica a EL PAÍS por qué cree
que esta guerra no debe tener vencedores ni vencidos. Califica la tarea
encomendada a los cascos azules procedentes de varios países, entre ellos
España, como "la tarea más magnífica y atractiva que un soldado puede
tener". Horas después de esta entrevista, un comandante español, Francisco
Puentes, de camino a negociar con un general serbio el levantamiento de un
campo de minas para abrir paso a la ayuda humanitaria, confirmaba con
rotundidad las palabras de su jefe en el aeropuerto de Sarajevo. "Qué
mejor tarea puede tener un militar en toda su carrera profesional que la que
tenemos encomendada aquí", decía sonriente.
Satisfecho con su tropa
Morillon está satisfecho con su tropa, y no, por supuesto,
con la situación que hizo necesaria su presencia. "No es que fuera
optimista, sí estuve esperanzado, pero está claro que hay gente muy molesta con
que logremos avances hacia una solución pacífica. Hay fuerzas radicales que
siguen apostando por la solución militar. Debemos dominarlas porque de lo
contrario entraremos en una escalada del conflicto".
Días antes de esta entrevista, las tropas británicas bajo el
mando de Morillon enviaron carros de combate a la ciudad de Turbe, que se
hallaba a punto de caer, bajo una ofensiva serbia. Su presencia pasiva como
fuerza de interposición hizo remitir los ataques y evitó lo que posiblemente
hubiera sido la toma de Turbe y Travnik por las fuerzas serbias, y una nueva
oleada de decenas de miles de refugiados en fuga. Morillon asegura que en el
futuro habrá más operaciones como ésta.
"No hicimos lo mismo en Jajce porque aún no teníamos a
las tropas desplegadas para hacerlo posible", dice en referencia a la
sangrienta caída de una ciudad cercana a Travnik que desató un trágico éxodo de
sus habitantes musulmanes y croatas. "Pero en el futuro lo haremos cuando
lo consideremos posible. Utilizaremos nuestras fuerzas siempre que su
presencia pueda tener un efecto pacificador". "Está claro que [el
líder serbio Radovan] Karadzic tiene una posición más fuerte militarmente y es
él el que debe tener mucho cuidado de no colocar al enemigo en una situación
desesperada. El riesgo de reacciones desesperadas existe. Estos hombres [los
enemigos de Karadzic, las fuerzas bosnias] que luchan desde el principio por
sus casas y su tierra pueden llegar a pensar que todos sus esfuerzos han sido
en vano y que una solución política ya no es deseable. Hay que buscar una
solución negociada, en la que nadie se sienta vencedor ni vencido y que sea
aceptable por todos. Si no aquí no habrá paz".
Morillon no quiere culpar a ninguno de los bandos de la
situación y asegura que "en todas las partes enfrentadas existen facciones
radicales que insisten en una solución militar". Piensa mucho Morillon sus
respuestas. Es éste un general que, por su origen argelino, aprendió en el Ejército
francés, según sus propias palabras, que "es un gran error de los
militares dedicarse a la política". La cautela que esta convicción le
imprime no le impide subrayar que "la parte serbia debe tener conciencia
de que tendrá que hacer concesiones, y ésas deben hacerse en Ginebra. No es
aquí donde ha de buscarse una solución, porque ésta no puede ser militar".
Morillon asegura que "en Belgrado existe ahora una
genuina voluntad de acuerdo pacífico", pero excluye de la enumeración de
políticos que defienden esta postura al presidente serbio, Slobodan Milosevic.
"Creo que el presidente [de la federación serbio-montenegrina] Dobrical
Cosic y [el primer ministro federal] Milan Panic quieren una solución
negociada".
Involucrados en la guerra
El general francés, ahora al mando de unos 24.000 cascos
azules en este territorio balcánico, no tiene miedo de que sus tropas se vean
involucradas en la guerra. "Llevamos ya aquí ocho meses y conocemos la
situación. Sabemos cómo son hostigados nuestros soldados, hemos sido atacados
directamente, por tropas o elementos incontrolados. Por supuesto que es una
tarea muy difícil, sabemos que hay riesgos".
"Todos los Gobiernos que han aceptado poner sus tropas
para resolver esta crisis son perfectamente conscientes de que hay riesgos.
Pero éstos están medidos y, por supuesto, a todos los niveles de mando la
prioridad máxima es la seguridad de sus propios soldados".
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