Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
02.09.92
Amenaza de un baño de sangre peor que el que azota ahora a
Bosnia-Herzegovina
Kosovo es una región entre Serbia y Albania que poca gente
en Europa occidental había oído siquiera nombrar hace un par de años. Ahora,
estos bellos parajes entre las legendarias Montañas malditas, fronterizas con
Albania, y el campo de los mirlos, escenario de la derrota de la Corona serbia
ante las tropas turcas, en 1389, amenazan con asumir de nuevo un protagonismo
en la política europea. Entonces, hace seis siglos, Kosovo abrió las puertas a
la invasión turca en los Balcanes y Europa central. Hoy, Kosovo es el probable
detonante para que la llamarada de violencia extienda la guerra de Bosnia hacia
el sur, hacia Macedonia y así, hacia la completa internacionalización del
conflicto de los Balcanes.
Kosovo es también el origen de la ascensión de Slobodan
Milosevic a la cúpula del régimen serbio y el escenario en el que éste dio los
primeros pasos hacia la destrucción de Yugoslavia. Kosovo es hoy, además, con
sus casi dos millones de albaneses y unos 180.000 serbios y montenegrinos, el
Estado policial más implacable de Europa y un pequeño y paupérrimo país en el
que el racismo es ya la razón de Estado. Todo el conflicto actual de los
Balcanes comenzó en Kosovo. Milosevic defenestró a su mentor y predecesor en la
dirección serbia, Stambolic, con la movilización de la Liga Comunista y la
población en contra del separatismo albanés, y de un supuesto genocidio
que la mayoría albanesa habría estado perpetrando contra la minoría serbia en
Kosovo. El nuevo hombre de acción salía en defensa de su pueblo serbio contra
el terrorismo albanés y la pasividad de los anquilosados
herederos de Tito. Su carisma, su oratoria y su resolución fueron suficientes
para hacer olvidar a la población serbia que su mensaje era falso.
Aplastada militarmente toda protesta en Kosovo, Milosevic
liquidó la autonomía de esta provincia meridional y de la septentrional de
Vojvodina. Ambas contaban con voto propio en la presidencia federal yugoslava.
Secuestrados estos dos votos, con el propio de Serbia y el incondicional de
Montenegro, Milosevic se hizo con cuatro de los ocho votos de la presidencia, y
por tanto con el poder para bloquear toda reforma política y económica que las
dos Repúblicas desarrolladas del Norte, Eslovenia y Croacia, insistían en
emprender en aquel año 1990, cuando toda Centroeuropa había iniciado esta vía
tras la caída de los regímenes comunistas.
Con todas las propuestas en este sentido, sistemáticamente
rechazadas por el régimen serbio de Milosevic, y la presidencia liquidada por
el veto logrado por Serbia con los votos de Kosovo, Vojvodina y Montenegro, las
Repúblicas de Eslovenia y Croacia ofrecen una Confederación como única fórmula,
exceptuando la secesión, que las protegiera de la clara política hegemonista de
Serbia. Belgrado rechaza también esta fórmula y, animada por la insistencia de
Occidente en salvar Yugoslavia, envía el Ejército federal a
Eslovenia, primero, y a luchar abiertamente con irregulares serbios por la
ocupación de territorios en Croacia.
Estalla la guerra. La implacable represión por parte de las
autoridades serbias de la mayoría albanesa es uno de los principales factores
de alarma, que revelan a las demás repúblicas el carácter del régimen de
Milosevic. Los albaneses son despedidos a miles de sus puestos de trabajo; les
es vetada la entrada en edificios públicos; se cierran colegios y la
Universidad de Pristina; en piscinas y locales de ocio, pero también en
hospitales, comienzan a aparecer carteles de "sólo para serbios".
El escritor Ibrahim Rugova como presidente de la
autoproclamada República y su primer ministro, el médico Bujar Bukoshi, son los
líderes de la Liga Democrática de Kosovo. Con gran esfuerzo han logrado hasta
ahora impedir que la indignación y el resentimiento de los albaneses provocara
un enfrentamiento abierto con las autoridades. "Elegimos el camino de la
resistencia pacífica, como Ghandi", insiste Rugova. Las autoridades serbias,
teme Rugova, podrían utilizar el pretexto de una revuelta albanesa para
expulsar violentamente hacia la vecina Albania a centenares de miles de
ciudadanos de Kosovo para corregir la correlación demográfica.
Conflicto inevitable
Las posibilidades de la resistencia pacífica, sin embargo,
están ya agotadas, como reconocen sus principales artífices. El primer
ministro, Bukoshi, fue rotundo hace unos días: "Si la Conferencia de
Londres no concluye con una solución política clara para Kosovo, la guerra allí
es inevitable". No la hubo.
En Kosovo, las fuerzas serbias serán, si cabe aún más
implacables que en Bosnia. El odio al albanés, a su raza y a su religión
predominante, el islam, es el gran motor del nacionalismo serbio. El desprecio
a la vida en una guerra contra los albaneses alcanzará aquí nuevas cotas.
Con la guerra en Kosovo, su inmediata extensión a Macedonia,
con un 40% de albaneses, estaría asegurada. Esta República tiene frontera con
cuatro Estados que no podrían permanecer al margen de la conflagración: Grecia,
Bulgaria, Albania y la propia Serbia que podría colmar nuevos apetitos
territoriales despertados ante la indefensión de Macedonia, cuyo no
reconocimiento por parte de la CE, debido al veto de Grecia, puede pasar a ser
otro trágico error culpable de Europa en esta crisis. Lamentablemente estos han
sido tantos que son muchos los indicios de que ya es tarde para impedir la
guerra en Kosovo y para que esta antes ignota región alcance trágica notoriedad
como detonante de la guerra en Macedonia. Entonces sí que arderán los Balcanes.
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