Por HERMANN TERTSCH
El País Miércoles,
07.10.92
TRIBUNA
Tres nuevos factores amenazan con devolver a las primeras
páginas de la prensa internacional la guerra en Bosnia-Herzegovina, que, pasada
la novedad y agotado el estupor de los primeros meses de matanzas, parece haber
sido asimilada por la opinión pública mundial como una tragedia irremediable.
Primero: la Alta Comisaría de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR)
ha advertido que 400.000 personas están bajo aguda amenaza de muerte en los
próximos meses de invierno en Bosnia-Herzegovina. Las imágenes de familias
enteras muertas de frío y hambre pueden pronto ser un plato cotidiano de los
informativos de sobremesa. Ya es tarde para organizar un sistema de invernación
para los más de dos millones de seres que han quedado sin hogar en esta guerra.
La suspensión de los vuelos de ayuda a Sarajevo, tras el
derribo del avión italiano, disparó la amenaza de una inmensa catástrofe
humanitaria. Fuera quien fuera el autor del derribo del avión, sólo benefició a
quienes quieren expulsar de Bosnia a la población, musulmana, serbia y croata,
que se niega a la segregación racial que es la cantonalización étnica.
La ingente y muchas veces heroica labor de los voluntarios
de la ACNUR, dirigidos por el español José María Mendiluce, es uno de los pocos
capítulos de esta guerra tendentes a fortalecer la fe en la condición humana.
Sin embargo, cuando llegue la próxima primavera, decenas de miles de personas,
que hoy deben la vida a Mendiluce y su organización, formarán parte de las
interminables listas de muertos en Bosnia que nunca podrán elaborarse. La única
salvación para muchos es ya la evacuación a otros países, por mucho que indigne
la certeza de que así se cumplen los objetivos de la limpieza étnica.
El segundo acontecimiento que puede reactivar la guerra es
el anuncio de miles de croatas que amenazan con volver a sus hogares en
Eslavonia oriental, ocupados por las fuerzas serbias. Estas han advertido que
los croatas serán recibidos a tiros. La acción desesperada de los refugiados,
detenida por el momento, revela uno de los mayores fracasos de la intervención
de la ONU en la guerra.
Eslavonia oriental, Banija, Kordun y Krajina, regiones
ocupadas por las fuerzas serbias, están bajo supuesto control de los cascos
azules desde principios de este año. Pese a esta presencia de tropas
internacionales, la guerrilla serbia, reconvertida en policía local, ha
proseguido con la limpieza étnica.
La presencia de los cascos azules no sirve sino
para evitar que las autoridades croatas, ahora que sus fuerzas militares no se
hallan ya en la inferioridad de armamento que las condenó a perder este
territorio, puedan restablecer allí la soberanía del Gobierno de Zagreb. El
presidente croata, Franjo Tudjman, ya ha anunciado que no renovará el mandato
para la presencia allí de los cascos azules.
Sucumbir a la tentación
La guerra en Croacia puede, por tanto, estar cerca de entrar
en su segunda fase, a no ser que el presidente croata sucumba definitivamente a
sus tentaciones de repartirse Bosnia con la enemiga Serbia. Tudjman parece
ahora tentado de llegar a un acuerdo con los representantes de la llamada nueva
Yugoslavia, el presidente Dobrica Cosic y el primer ministro Milan
Panic. El tercer elemento que sugiere una reactivación de la triste actualidad
bosnia es la creciente presencia militar internacional. Los adversarios de una
intervención militar armada, que arguyen que podría suponer un
"interminable Vietnam" para las tropas internacionales, están
condenando a la comunidad internacional precisamente a lo que querían evitar.
Una acción militar contra artillería, aeropuertos e
instalaciones estratégicas serbias hubiera demostrado a las fuerzas serbias que
la agresión tiene un precio y que las leyes internacionales tienen quién las
defienda y penalice al infractor. El lento y doloroso cambio de correlación de
fuerzas, pese al embargo, ya está produciendo, como se ha visto en Ginebra, la
primera disposición real a negociar por parte de Belgrado.
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