Por HERMANN TERTSCH
El País, Travnik,
07.08.92
Numerosos testimonios coinciden en la descripción de los
campos de la muerte
"Llegaron con un tanque y nos reunieron a todos frente
a mi casa. Apartaron a las mujeres y niños de los hombres y entre éstos sacaron
al pobre Mustafa Kilic, mi vecino. Tenía 22 años. Le ataron las manos a la
espalda, le descalzaron y le pisaron los dedos con las botas. Gritaba y gritaba
y nosotros allí, no podíamos hacer nada. Luego uno de ellos, que conozco de
vista, tumbó a Mustafa y le cortó el cuello con un cuchillo de carnicero.
Después nos llevaron a Trno Polje". Muharema Menkovic llora cuando evoca
el maldito 15 de junio pasado cuando un grupo de guerrilleros serbios, muchos
de ellos vecinos de siempre, los llevó a dos campos de internamiento.
A Muharema, que vivía en Kosarac, al norte de Bosnia, la trasladaron a Trno Polje. Los hombres de la casa -seis entre marido, hermanos y
primos- fueron deportados a la mina de Omarska. Trno Polje, Omarska, Mahnjaca,
Prijedor, son algunos de los campos de internamiento en que las fuerzas serbias
mantienen a muchos miles de musulmanes y croatas. Su existencia está más que
confirmada. Decenas de personas, interrogadas por EL PAÍS en Bosnia
central, han descrito por separado y coincidentemente estos campos y las
prácticas habituales de las fuerzas serbias en el trato a los prisioneros,
incluidos ancianos, mujeres y niños.
[La existencia de estos campos ha sido
confirmada también por la Santa Sede. El secretario de Estado del Vaticano,
cardenal Angelo Sodano, aseguró ayer en Castelgandolfo que tiene "noticias
más que seguras" sobre ellos a través del arzobispado de Zagreb, informa
Efe. "La ONU y Europa tienen el deber y el derecho de injerencia para desarmar
a uno que quiere matar. Esto no es favorecer la guerra, sino impedirla",
subrayó el cardenal].
Los campos, -lager, dicen los bosnios, utilizando el
término alemán, tan macabramente internacionalizado- no son campos de
exterminio: de numerosísimas declaraciones de víctimas se desprende que las
fuerzas serbias no matan más dentro de los campos que fuera de ellos. Según los
últimos datos que se barajan podría haber hasta 97, con unos 145.000
prisioneros.
[Ayer mismo, la presidencia de la "república serbia de
Bosnia-Herzegovina" aceptó la inspección de estos campos por parte de las
Naciones Unidas mediante una carta que hizo llegar al Consejo de Seguridad. En
la misiva, piden igualmente que sean inspeccionados los campos que pueda haber
en zonas croatas y musulmanas de la república, informa Efe. Hasta ayer, la Cruz
Roja Internacional no había recibido la autorización de ninguna de las partes
en conflicto para acceder a los campos].
Palizas frecuentes
"A la hora de comer, cuando nos sacaban a comer, nos
obligaban a correr y muchos viejos se caían. En la entrada de la cantina había
siempre cinco o seis hombres con palos o pedazos de tubería. Muchas veces se
caía algún viejo al entrar, y entonces le pegaban. Pero nunca vi más de cuatro
o cinco muertos que se amontonasen en la hierba. Eso sí, siempre había
alguno", dice en Zenica el joven Dzevad Hadác, de 16 años, que salió de
Omarska hace apenas 15 días. Su padre sigue allí.
"A mí no me maltrataron" dice como disculpándose.
Pasó casi dos meses en la mina de Omarska, que pasa por ser uno de los mayores
campos, con cuatro centros de detención. Todavía no ha salido de la sorpresa
que le produjo saber que el jefe del campo era Zeljko Meakic, un serbio de
Petrovgaj, muy cerca de su aldea, Kevljani, junto a Kosarac. Todos vivían allí
bien. Antes. "Tomaba café con nosotros".
Dzevad no conoce a Atif Ahmedcehajic, pese a que
compartieron varias semanas el garaje de maquinaria de la mina de Omarska.
Coinciden en su descripción de la nave, en que "dormíamos por turnos ya
que estábamos muchos, muy juntos. Había que pedir ir al baño, pero no nos
escuchaban. Mientras yo estuve allí, no se llevaron nunca a un grupo entero.
Tampoco se oían muchos disparos. Sólo a veces, al mediodía y
al anochecer. Dos veces nos llamaron para recoger a dos hombres que habían
muerto de los golpes. Otros murieron después de volver por su propio pie. Se
echaban, sangraban mucho y les dolían los riñones, donde les habían pegado
mucho. Al día siguiente estaban muertos".
Todos estos relatos de desventura tienen varios
denominadores comunes. Nunca había habido ningún problema en el pueblo. Un día
aparecen varios vecinos armados con otros desconocidos. Reúnen a las familias
frente a la casas. Algunas veces matan a alguien de inmediato, otras no.
Separan a mujeres, ancianos y niños de los hombres y jóvenes. Les quitan
anillos y objetos de valor y en ocasiones torturan a un miembro de alguna
familia de la que sospechan pueda tener dinero escondido. Los vecinos, con los
que hace un año compartían fiestas ortodoxas y musulmanas, se quedan con todos
los aperos de labranza. Después, en la región de Prijedor y Kosarac, son
deportados, hombres a Omarska, mujeres y niños a Trno Polje.
Guerra de pillaje
La guerra de las fuerzas serbias y sus aliados parece ya
ante todo una gran operación de pillaje. "Un vecino mío, serbio, parecía
avergonzado cuando se llevaba a su establo mi vaca, mi yegua y mi potro. Yo aún
estaba allí aunque vigilado. Me dijo que los cogía para cuidarlos hasta que yo
volviera", dice con una triste sonrisa Hakja Jakupovic. A sus 67 años, era
feliz con su casita en Babici, un pueblo con sólo tres casas musulmanas.
"El 3 de junio llegaron seis vecinos armados. Nos dijeron que nos
subiéramos en el remolque del tractor mis hijos, mi nieto, mi primo y yo. No nos
pegaron. ¿Por qué iban a hacerlo si obedecíamos?".
A Semira Majdanac, de 21 años, una guapa musulmana de ojos
azules, la sorprendieron sola en casa. Le dieron unas cerillas y le obligaron a
quemar su vivienda. Semira estuvo seis horas prendiendo fuego a todas las casas
de los vecinos después de que ardiera la propia. "Me amenazaban con
sacarme los ojos y cortarme el cuello. Quemé tres granjas y siete casas de fin
de semana de amigos que viven en Prijedor". Muharema Filovic, de 54 años,
vio en el campo de Trno Polje como "al menos 50 veces", serbios
enmascarados entraban en la sala donde estaba ella y se llevaban "siempre
a chicas jovenes. Muchas volvían con golpes. Las habían violado. No
preguntábamos más".
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