Por HERMANN TERTSCH
El País, Tirana,
21.03.92
Albania es hoy, en vísperas de las elecciones legislativas
del domingo, un país presa del caos. Las fábricas están paralizadas; las minas,
abandonadas; las tiendas, cerradas ante la permanente ausencia de productos o
destruidas por los asaltos. El campo no se cosechó en otoño y nadie cree que se
siembre esta primavera. Las cooperativas han sido saqueadas por sus propios
socios. Los cortes de fluido eléctrico son diarios y la calefacción ya no
existe en muchas zonas del país. Los trenes circulan sólo ocasionalmente y los
autobuses no pueden hacerlo por falta de neumáticos y repuestos.
El Estado vive de los ingresos proporcionados por la venta
de los suministros de la beneficencia internacional, protegidos y distribuidos
por un Ejército extranjero, el italiano. La policía, acobardada, se inhibe ante
el vandalismo y la delincuencia. El que más de 800 asesinatos se hayan producido
sólo en enero entre una población menor que la de Madrid, sumado a la
proliferación de salteadores de caminos fuera de las ciudades y de bandas de
atracadores dentro de ellas, demuestran que la "anarquía y el caos"
de que hablaron sin cesar dirigentes de todos los partidos políticos durante la
campaña electoral dejaron de ser amenaza para convertirse en realidad.
Dos años después del comienzo del fin del último régimen
estalinista de Europa, Albania es un país destrozado, con el Estado en vías de
disolución y un pueblo traumatizado por la represión, la ignorancia y la
miseria. Mañana, cerca de dos millones de adultos albaneses están convocados a
las urnas en las primeras elecciones con posibilidades de acabar
definitivamente con el poder de los comunistas que, bajo su nuevo nombre de Partido
Socialista, gobiernan aún en Tirana y mantienen sus cargos en el aparato por
todo el país.
El Partido Democrático, principal grupo de la oposición,
dirigido por el cardiólogo Sali Berisha, parece tener esta vez más cerca la
victoria que en los pasados comicios de hace un año, cuando sus avances en las
ciudades no pudieron compensar el control que conservaban los comunistas en el
campo.
El líder de los excomunistas, Fatos Nano, aún cree posible
que su partido consiga una mayoría relativa que impida un Gobierno sin su
participación, y evite así la caza de brujas que temen los funcionarios
del implacable régimen que ahora se extingue. El presidente Ramiz Alia, el
único máximo dirigente de un partido comunista europeo que se mantiene aún en
el poder, es el mayor interesado en que, gane quien gane en estos comicios que
no afectan a su puesto, triunfe una "línea de moderación" que no
exija responsabilidades políticas a los líderes comunistas.
Alia intenta ahora jugar la carta de la unidad nacional y de
un Gobierno de concentración ante una situación de emergencia que sin duda
existe.
Apoyo norteamericano
El Partido Democrático cuenta con el apoyo de EE UU, y las
esperanzas de muchos albaneses de que la victoria de las fuerzas anticomunistas
abrirá la espita de las ayudas económicas occidentales.
El ex comunista Partido Socialista, que en la defensa verbal
de las "reformas económicas" y la "economía de libre
mercado" ya no le va a la zaga a nadie, cuenta con el gran capital del
miedo al antiguo aparato, y con todas aquellas gentes, especialmente en el
campo y en el sur del país, a quienes la democracia ha destruido las certezas
ideológicas que hacían menos insufrible su miseria.
El líder de la oposición, Berisha, ha acusado al aparato
comunista de retener suministros alimenticios y provocar al menos parte de los
saqueos habidos en los últimos meses en numerosas ciudades, con el fin de crear
entre el electorado una asociación entre democracia, por una parte, y miseria y
caos, por otra. Sin embargo, la situación general es de tal postración,
necesidad y hambre que las convulsiones sociales habidas y las ya anunciadas
parecen estar fuera del control.
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