Por HERMANN TERTSCH
El País Jueves,
12.03.92
Hasta el primer ministro tiene hechas las maletas para
emigrar
El primer ministro rumano, Theodor Stolojan, tiene hechas
las maletas para emigrar a Estados Unidos con toda su familia en cuanto se
celebren las próximas elecciones legislativas, previstas para mayo o junio.
"Tiene visado de inmigración, no de trabajo temporal, y se lo lleva todo.
Parece que los Stolojan quieren pasar allí una larga temporada. Calculo que al
menos seis o siete generaciones", dice con ironía un periodista británico
afincado en Bucarest.
Stolojan ha recibido una oferta de un organismo
financiero internacional con un sueldo en torno a los 20.000 dólares (unos dos
millones de pesetas) mensuales. Esto es poco comparado con lo que ganan algunos
financieros occidentales, pero bastante frente a los 150 dólares (15.000
pesetas) que ingresa hoy Stolojan como primer ministro. El economista Stolojan
es uno de los muy pocos rumanos con ofertas de trabajo en el exterior. Asumió
el cargo tras ser derribado su antecesor, Petre Roman, por una manifestación
minera organizada por las fuerzas inmovilistas en septiembre pasado, pero dejó
claro que sólo lo hacía como gestor hasta unas elecciones. El hecho de que el
primer ministro esté a la espera ansiosa de escapar del país que gobierna es
sólo un síntoma más de la catastrófica situación en que Rumanía se encuentra
más de dos años después de aquel levantamiento popular anticomunista que
comenzó como revolución y acabó siendo reconducida con pericia y algo de
violencia por las viejas estructuras comunistas.
Estas se ganaron así un plazo de supervivencia, pero impidieron al país coger el tren de las reformas de Centroeuropa y han condenado a la
población a una miseria en la que la esperanza sólo radica en la fuga. Los
polizones llegados recientemente a España como los miles de rumanos que huyen
desesperados hacia Polonia, Checoslovaquia y al Edén llamado Alemania son otros
indicios de esta caída en picado a la ruina de este país dotado por la
naturaleza y desposeído por la historia.
Viejas estructuras
Las elecciones municipales del 9 de febrero demostraron que
si bien la oposición avanza en las grandes urbes, gracias al flujo de
información plural, las ciudades pequeñas y sobre todo el campo siguen
firmemente en manos de las viejas estructuras. Si en Transilvania la alianza
entre húngaros y la oposición tiene fuerza, en Oltenia y Valaquia el Frente de
Salvación Nacional (FSN) tiene el control absoluto.
No se trata además del sector del FSN que Petre Roman
intenta organizar y con el que, quizá ingenuamente, cree poder conquistar la
infraestructura del partido en el congreso a celebrar en marzo. El sector
poderoso es el inmovilista, fruto de la proverbial selección negativa de un régimen como el de Nicolae Ceausescu, que ante el conflicto abierto entre el ex
primer ministro y el presidente Ion Iliescu se ha apiñado en torno a este
último.
Esta presencia de los agentes más comprometidos en el
entorno de Iliescu adquiere a veces caracteres grotescos. El jefe de protocolo
del presidente Iliescu es nada menos que Leonard Meghedicu, uno de los más
procaces agentes de la Securitate en la agencia rumana Agerpres durante muchos
años bajo Ceausescu. El otro gran vigilante del ceausesquismo en Agerpres, Ion
Cuiu, sigue en su puesto de siempre en la rebautizada Rompress.
Mientras, la producción ha caído en picado, hay nuevas
restricciones energéticas, falta de calefacción y las tiendas están vacías,
salvo aquellas en las ciudades en las que pocos pueden comprar.
Las grandes alamedas y choperas en Valaquia, en la carretera
de Bucarest a Costanza, están siendo taladas por la población para combatir el
frío de sus hogares. Y los niños de pueblos como Fetesti viven entre la basura
y comen maíz, alguna patata y pan.
Entre los pequeños que habitan en los pueblos proliferan las
enfermedades de la piel y hace tiempo ya que fue robada y vendida la mayoría de
los medicamentos enviados por organizaciones caritativas occidentales.
Pero el afortunado Stolojan, sentado ya sobre sus maletas,
les anuncia que "dentro de unos meses puede que no haya ni pan". La
esperanza en Rumanía vuelve a radicar, como bajo el déspota ejecutado hace dos
años, en la fuga.
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