Por HERMANN TERTSCH
Enviado Especial a Praga
El País Sábado,
02.01.93
Los Gobiernos de los dos países emanados de la disolución de
Checoslovaquia, la República Checa y Eslovaquia, fracasaron estrepitosamente en
sus intentos de crear entusiasmo entre los ciudadanos por el nacimiento, con el
año 1993, de estos dos nuevos Estados independientes. La celebración oficial en
la capital de Eslovaquia, Bratislava, atrajo a tan escaso público, apenas unas
tres mil personas, como la extraoficial celebrada en Praga.
La tristeza de muchos en ambas repúblicas, la incertidumbre
ante el futuro, sobre todo en la subdesarrollada Eslovaquia, y la resignación
ante la inevitabilidad de la división dominaban los comentarios del día
"uno" en la vida de estos dos Estados. Los jefes de Gobierno de los
dos nuevos Estados, el checo Vaclav Klaus y el eslovaco Vladimir Meciar, cuya
elección en junio pasado supuso el comienzo del fin de Checoslovaquia, calificaron
ayer la división como inevitable y ambos quisieron transmitir un optimismo del
que carecen las poblaciones. Tan sólo los seguidores checos del neoliberal
derechista Klaus se muestran convencidos de que haber soltado el lastre de
Eslovaquia es un éxito y acelerará el acceso de la República Checa al
"club de los ricos" y a la Comunidad Europea. Meciar reconoció que
"el nuevo año será duro pero años duros hemos tenido ya muchos".
En sendas intervenciones en Praga y Bratislava, Klaus y
Meciar coincidieron en calificar la constitución de sus respectivos Estados
como una nueva oportunidad de integración en Europa. El checo Klaus fue mucho
más triunfalista que su homólogo eslovaco, lo que era previsible dada la
desigual situación económica de los dos nuevos Estados. La República Checa
cuenta con diez millones de habitantes, una larga frontera con Austria y
Alemania, una fuerte inversión extranjera, empresas medianas, fuerte iniciativa
privada y buena infraestructura. Deja atrás a una Eslovaquia de cinco millones,
con una industria pesada -en gran parte armamentista- arruinada, una inflación
tres veces superior a la checa, un índice de desempleo que supera en un 5% al
del otro nuevo Estado y una amplia minoría húngara que podría ser origen de
problemas étnicos.
En una ceremonia de Estado en la medieval sala del trono del
Castillo de Praga, Vaclav Klaus pronunció un discurso de marcado tono liberal
en materia económica y muy duro para con "aquellos que no quieren aceptar
la nueva realidad y quienes quieren beneficiarse de la inestabilidad política y
económica y el caos". En estos términos se refería a "quienes no
quieren ver que el resultado de las últimas elecciones checoslovacas decidieron
la esencialmente y de manera legítima la nueva forma de las relaciones checo-eslovacas".
Klaus defendió su posición negociadora con las autoridades
eslovacas, encabezadas por Meciar. "La coalición checa, surgida de las
elecciones de 1992, tuvo que demostrar que incluso una operación tan
dolorosa como la división de un Estado, especialmente querido por nosotros los
checos, podía ejecutarse de forma civilizada y culta". Pidió cooperación
de la oposición para "superar nuestra herencia totalitaria" y crear
un Estado que ofrezca a sus ciudadanos "no sólo libertad y oportunidades
sino también la sensación de seguridad en sus vidas cotidianas". Sin
embargo advirtió que "en la política social el Estado no quiere presentar
a la población ilusiones faltas de realismo, certezas falsas e
inalcanzables".
Éxito checo
Según Klaus, "la reforma está siendo un éxito
excepcional" en la república checa y su Gobierno ha demostrado que
"eran falsos los pronósticos de aquellos enemigos de la reforma que
auguraban millones de desempleados y desórdenes sociales". Klaus insistió
en que las relaciones con Eslovaquia tendrán máxima prioridad también después
de la división, seguidas de los vínculos con Austria, Alemania, Polonia,
Hungría y EE UU.
Mientras Klaus ni mencionó a Rusia, Meciar resaltó que junto
a los países occidentales, Rusia y Ucrania serán objeto de especial atención
por parte de su gobierno. En un discurso televisado, Meciar dijo que Eslovaquia
debe romper con su pasado, en respuesta a las acusaciones checas de que con su
política gradualista e intervencionista en el terreno económico quiere
"reinstaurar el socialismo". "El fin de Checoslovaquia es
resultado de los cambios geopolíticos en el mundo y el desarrollo político,
económico y social diferente" en las dos repúblicas que formaban este
Estado, así como de "errores que agravaron la situación desde que en 1989
fue derribado el régimen totalitario".
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