Por HERMANN TERTSCH
El País, Praga,
02.01.93
Un grupito de ancianos se acercó antes de la cena de fin de
año a la estatua ecuestre de Svaty Vaclav (San Wenceslao) en Praga. Alguno
lloraba. En el enorme pedestal marmóreo, alguien había colocado una gran foto
de otro Wenceslao, de Vaclav Havel, el último presidente de la ya extinta
Checoslovaquia. Puede que pronto sea el presidente de la nueva República Checa.
El poeta seguirá siendo una instancia moral para los checos, tenga o no
despacho en el palacio presidencial del Castillo de Praga, pero ya no será la
autoridad del Estado. El que ahora manda en Praga es otro, el tercer Wenceslao,
Vaclav Klaus, el primer ministro de la República Checa, un hombre duro que cree
que los poetas deben limitarse a la escritura y a las tertulias filosóficas. Las
lágrimas de estos ancianos praguenses quizá eran en recuerdo a la gran
manifestación de dignidad y entusiasmo que se había celebrado en esta misma
plaza el 28 de octubre de 1918, el día de la proclamación del Estado
checoslovaco.
A los pies de la estatua de San Wenceslao, horas antes
alguien había colocado varias largas listas de nombres, la mayoría ya
olvidados, de víctimas de la represión comunista, ejecutados y desaparecidos.
Estas listas evocaban la otra manifestación multitudinaria celebrada aquí y
sentida con emoción tanto en Praga como en la ahora extranjera Bratislava, la
del 17 de noviembre de 1989, que acabó con el poder de los responsables de
aquellos crímenes.
Acto simbólico
A las doce de la noche del día 31, sin embargo, la gritona
algarabía de turistas y cuadrillas de adolescentes borrachos se adueñó de esta
histórica plaza como en un acto simbólico del relevo consumado entre los
ideales que acabaron con la dictadura y las prosaicas intenciones que los
nuevos dirigentes promulgan.
"Aquí hace tres años estaba lo mejor de la nación
checa, hoy, ya ve usted, sólo borrachos rompiendo botellas en el suelo, tirando
petardos" decía un anciano que se arrepentía de haber salido a dar un
paseo por el centro.
Símbolos de este cambio hay cientos. La centenaria
cervecería Al Tigre de Oro, en la que Bohumil Hrabal escribió algunos de sus
mejores cuentos, cierra, vendida a una cadena confitera extranjera. Cerca del U
Kaliju, escenario de las andanzas del célebre soldado Swejk, han abierto una
cervecería nueva, se llama Wall Street. En la pugna entre Wenceslaos, el mundo
de Klaus se ha impuesto al de Havel en Praga.
En Bratislava, capital de la nueva Eslovaquia, ni los fuegos
artificiales ni las salchichas gratuitas en que el Ayuntamiento había invertido
parte de su precario presupuesto animaron a los eslovacos a celebrar su
independencia. Menos de tres mil personas, en su mayoría también juerguistas,
acudieron a la cita. En otras ciudades eslovacas, las fiestas oficiales se
vieron aún menos concurridas. Al despertar la mañana, las dos plazas históricas
de Praga y Bratislava estaban cubiertas de basura y cristales, olían a alcohol
barato y vómitos.
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