Por HERMANN TERTSCH
El País, Praga,
31.12.92
Praga hace desaparecer las señas de identidad del país del
que fue capital durante más de 70 años
Praga está haciendo desaparecer las señas de identidad del
Estado del que fue capital durante más de siete décadas. En fachadas de tiendas
y edificios oficiales, oficinas de turismo y carteles publicitarios ya sólo se
adivinan, marcados por el polvo, los contornos del largo nombre que dejará de
tener sentido esta noche con las doce campanadas: Checoslovaquia. Con el año,
nacen dos nuevos Estados europeos: la República Checa, con su capital en Praga,
y Eslovaquia, con capital en Bratislava.
La división se hizo inevitable tras las últimas elecciones
de junio. Checos y eslovacos se separaron por las urnas al votar dos opciones
políticas y económicas opuestas y carentes de voluntad de compromiso. Tras 40
años de socialismo real, desvanecido el entusiasmo de la Revolución de
Terciopelo que acabó con la dictadura en 1989, agotadas en los escollos de
la cotidianeidad las ilusiones de la "república de la ética" lanzadas
por el último presidente común, Václav Havel, pronto se vió que no había, ni en
Praga ni en Bratislava, fuerzas ni ganas para luchar por la supervivencia de Checoslovaquia.
Después de una serie de maniobras en el Parlamento federal,
de votaciones de propuestas y contrapropuestas de referéndum, la confusión
creada fue tal que una mayoría de los ciudadanos parecía compartir la opinión
del cristianodemócrata Václav Benda, vicepresidente del Parlamento federal:
"Esto ya no puede aguantarse más. Hay que acabar con la inseguridad y la
crisis permanente".
Miedo y menosprecio
Con la liquidación del Estado federal se consuma el total
fracaso de aquel intento de reordenación territorial europea impuesto en
Versalles después de la Primera Guerra Mundial por las potencias vencedoras.
Los dos principales inventos de aquellos acuerdos de paz, los Estados
federales de Yugoslavia y Checoslovaquia, han dejado de existir.
Pocas veces ha despertado tan poco entusiasmo el nacimiento
de un Estado como entre los ciudadanos checos y eslovacos. Mayor fue el que se
produjo, incluso en medio de una guerra o en víspera de la misma, como ocurrió
en los recientes casos de las ex repúblicas yugoslavas de Eslovenia y Croacia.
La algarabía nacionalista en Eslovaquia ha dado paso a un
estado de ánimo mucho más reflexivo, en el que se mezcla la ilusión con muchos
temores al futuro y una cierta decepción por la disposición de los checos a
aceptar de tan buen grado las reivindicaciones independentistas de Bratislava.
Incluso a la hora de la separación, los eslovacos han sentido el menosprecio de
los checos.
La separación se ha ido consumando en estos últimos años
como una gran demostración de que sin una dictadura sólo la cohesión económica
y política puede mantener juntos a pueblos como los yugoslavos y los
checoslovacos, unidos artificialmente por voluntades externas.
Bohemia, Moravia y la Silesia meridional, que componen la
actual República Checa, han recibido desde la Revolución de Terciopelo el
96% de las inversiones extranjeras. Con su infraestructura desarrollada fue
desde tiempos del imperio austro-húngaro una potencia industrial que, según
creen muchos, hoy podría competir con el nivel de vida de Suiza si no hubiese
sufrido cuarenta años de dictadura política y económica del régimen comunista.
En pleno corazón de Europa, a pocas horas de Múnich,
Núremberg y Francfort, la República Checa, no tiene por el momento más que este
nombre de república adjetivada, es un Estado plenamente occidental.
Eslovaquia, reserva agrícola subdesarrollada durante los
siglos en que fue la Hungría superior, es donde el régimen comunista concentró
sus esfuerzos de megaindustrialización estalinista, con especial énfasis en la
producción armamentista. Hoy, mientras la República Checa registra un desempleo
de menos del 3%, Eslovaquia supera el 10%.
En junio, los eslovacos votaron masivamente a Vladímir
Meciar, líder del Movimiento para una Eslovaquia Democrática (HZDS), un
político que combina su estilo autoritario, el populismo, y una tendencia al
intervencionismo cuando no al estatismo en la economía. Los checos dieron la
victoria en las urnas a Václav Klaus, que ya ha demostrado ser el más duro
entre los ultraliberales que asumieron responsabilidades en las economías tras
la caída de los regímenes comunistas.
Incompatibilidad
Después de las primeras negociaciones quedó claro que los
conceptos políticos que ambos defendían no eran compatibles en un mismo Estado.
"Los eslovacos nos quieren llevar de nuevo al socialismo", reprochaba
a Meciar el Partido Democrático Cívico (ODS) de Klaus.
"Hemos llegado a la conclusión de que todos los
intentos de conservar la unión son absurdos", sentenciaba el 6 de octubre
Klaus, tras una cumbre con Meciar en la localidad morava de Jililava. Cuando se
separaron allí, ya había fecha y hora para la desaparición de Checoslovaquia,
las cero horas del 1 de enero de 1993.
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