Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
27.01.93
Václav Havel, dramaturgo, poeta, ex disidente e instancia
moral en noviembre de 1989 de la revolución de terciopelo en
Checoslovaquia que acabó con la dictadura comunista, se disponía a entrar ayer
en la historia como el primer europeo que preside en este siglo dos Estados
diferentes. Ayer, medio año después de dimitir como jefe del estado de
Checoslovaquia, estaba a punto de ser elegido, por una exigua mayoría, como
presidente de la recién creada República Checa, que es, con Eslovaquia, el
Estado más joven de Europa. Havel vuelve al escenario europeo como máximo
representante de uno de sus Estados y volverá a deleitar a sus admiradores con
sus discursos ilustrados, cultos y plenamente comprometidos con la tolerancia y
la pluriculturalidad europea. Sin embargo, y muy probablemente para desgracia
de Europa, Havel ya no es aquel gran mascarón de proa de la democracia, la
liberalidad y el desafío antitotalitario que era cuando desde aquellos balcones
sobre la plaza de San Venceslao en Praga decretó por aclamación el fin de la
dictadura comunista y el triunfo de la razón. En lo primero estaba en lo
cierto, en lo segundo erraba.
El Estado que dirigía Havel, que pasó por la pesadilla que
comenzó en Múnich en 1938 cuando Occidente vendió a Checoslovaquia por unos
meses de paz, y que sufrió por la ocupación nazi y la casi interminable
sovietización, ya no existe. Hace un año, Eslovaquia, parte del Estado que
dirigía, lo repudió como desinteresado y ajeno a los intereses eslovacos.
Havel dimitió como presidente checoslovaco el 17 de julio de
1992, consciente ya que el Estado que presidía estaba condenado a la muerte. La
propuesta que lanzó en noviembre de 1989 a sus conciudadanos checos y eslovacos
de aprovechar el momento histórico para construir un Estado mejor de las
cenizas de la dictadura fue recibida con entusiasmo.
Meses después, sus conciudadanos habían olvidado sus
consignas de espiritualidad y lirismo y se rendían a las realidades económicas,
la eslovaca y la checa, tan contrapuestas que habrían de sellar la división y
el fin de Checoslovaquia, fundada por un gran hombre, Thomas Garrigue Masaryk,
y enterrada por este otro que compartía sus sueños.
Havel será jefe de Estado, pero el líder indiscutido en este
nuevo Estado checo es Václav Klaus, el prosaico primer ministro al que importan
menos ideas, pasiones y compasiones que las cifras. Havel entra de nuevo en la
política, pero ya como mero recuerdo de lo que el cambio pudo haber sido y no
fue.
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