Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
16.12.92
La Comunidad Europea y Estados Unidos encontraron en agosto
en Milan Panic al hombre que necesitaban para convencer al mundo de que Serbia
tenía solución pacífica y era, por tanto, "precipitado" hablar de una
intervención militar para frenar a Belgrado. Panic, se dijo entonces, podría
reconducir a Serbia al concierto de naciones y acabar la guerra por medios
democráticos. En la Conferencia de Londres se le aceptó como interlocutor,
aunque su legitimidad para tal función fuera muy discutible. Asistía como
primer ministro de un país legalmente no existente -la llamada nueva
Yugoslavia- y no tenía representatividad alguna en las dos repúblicas
integrantes del mismo: Serbia y Montenegro. Ministros comunitarios hablaron en
agosto en Londres del punto de inflexión "y de la gran oportunidad para la
paz". Tres meses y medio después, la retórica comunitaria de Londres se
antoja un cruel sarcasmo. Miles de personas, la mayoría civiles inocentes, han
muerto desde entonces.
La Conferencia de Ginebra comienza hoy en una situación
mucho peor que la de Londres. Todos, líderes implicados, estadistas y opiniones
públicas conocen los crímenes que se cometen en Bosnia. Se sabe ya que unas
60.000 mujeres, musulmanas en su mayoría, han sido violadas. Se sabe que los
objetivos civiles -apartamentos, hospitales, calles y mercados- son
bombardeados sistemáticamente por el monopolio de artillería que aún ostentan
las fuerzas de Radovan Karadzic.
Panic es el favorito en las elecciones del día 20, según
sondeos poco fiables efectuados sobre todo en Belgrado y ciudades de Voivodina.
El presidente serbio, Slobodan Milosevic, tiene razón cuando
asegura que una victoria de Panic situaría a Serbia en el umbral de la guerra
civil. Panic no tiene programa ni poder, no posee fuerzas armadas ni cuadros
políticos. Tan sólo dispone de la alianza casual de una oposición que sólo
comparte con él el deseo de deshacerse de Milosevic y conseguir un
levantamiento de las sanciones y el encantamiento de una comunidad
internacional que se acoge a cualquier salida, por ilusoria que sea, con tal de
no asumir su responsabilidad en parar la matanza diaria.
El peligro de las milicias
Una victoria de Panic haría converger en Belgrado a las
milicias, armadas por el Ejército y acostumbradas por la comunidad
internacional a una plena impunidad, para imponer al presidente electo la
abdicación de todos los planes de desmilitarización y de reconocimiento de las
fronteras de los Estados reconocidos e independientes vecinos en el Norte y en
el Oeste, Croacia y Bosnia-Herzegovina, y en el Sur, Macedonia.
Gran parte del ejército estaría a favor de esta lucha
nacional de victoria o muerte y se uniría a estas bandas y a Milosevic. El
conflicto entonces en Serbia sólo podría saldarse por las armas. El único
recurso sería buscar la unidad nacional en un asalto a Kosovo y una limpieza
étnica aquí que afectaría al 90% de la población. Allí las matanzas y
expulsiones masivas serían el mero preludio de la gran guerra balcánica.
Con una victoria, Milosevic desafiaría al mundo y -en la
mano la prueba electoral de que la mayoría de los serbios está con él-
impondría lo que realmente gran parte de Serbia, de la oposición incluida,
desea, que es la incorporación oficial de los territorios ocupados en Croacia y
Bosnia a la nueva Yugoslavia. Entonces Europa tendría finalmente que comprender
que Serbia, bajo Milosevic en 1992, ha llegado a la situación en que Alemania
se hallaba a finales de 1943, si bien en dimensiones regionales y no
continentales.
Cualitativamente no hay diferencia. Las bandas dirigidas por
Milosevic, el ejército y los caudillos como Karadzic han implicado a tantos
hombres en armas en los crímenes cometidos que sólo una derrota militar puede lograr
la catarsis necesaria para que de este hundimiento surja una Serbia capaz de
asumir el futuro como una apuesta por la convivencia entre los pueblos y no por
la hegemonía racial.
Si no sucede esto, tendremos diez o doce Estados, desde
Tirana a Vladivostok, que, emulando a Serbia, liquiden a sus minorías y asalten
a sus vecinos so pretexto de proteger a quien sea. Alguno entonces puede tener
armas nucleares y aquellos que hoy se sienten tan seguros en los extremos
occidentales del continente europeo habrán de tener, por primera vez, miedo a
sus errores en este conflicto.
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