Por HERMANN TERTSCH
El País, Bucarest,
28.09.92
El presidente Ion Iliescu, que irradia moderación y
prooccidentalismo en sus viajes a las capitales europeas, dirigió una campaña
contra la oposición cuya violencia verbal demostró que, por primera vez, se ha
sentido realmente acosado. Según insistió, si la oposición triunfaba en las
elecciones, en Rumanía volverían a gobernar los latifundistas, los vecinos
húngaros encontrarían en Bucarest colaboradores dispuestos a venderles
Transilvania y los trabajadores se verían sometidos a la nueva esclavitud del
capitalismo más salvaje.
Para el caso de que no saliera elegido presidente, Iliescu
se inscribió en las listas para el Senado en nombre de su coalición, el Frente
Democrático de Salvación Nacional (FDSN), escindido del Frente de Salvación
Nacional (FSN), que dirige Petre Roman.
Su inscripción en la lista del Senado, sin ser miembro del
partido, como le impide la incompatibilidad con el cargo de la presidencia, es
claramente inconstitucional, pero el Tribunal Supremo, plagado de jueces que le
deben el cargo, se encargaron de neutralizar todas las protestas.
Iliescu no se distanció, por otra parte, del anuncio de la
extrema derecha nacionalista del Partido de la Unidad Nacional Rumana (PUNR),
de Gheorghe Funar, en el sentido de que apoyaría al actual presidente si
tuviera que enfrentarse a Emil Constantinescu en una segunda ronda.
La alianza entre Iliescu y Funar, el antiguo aparato
comunista y el nacionalismo parafascista, evoca preocupantemente la existente
en Serbia entre Slobodan Milosevic y Vojislav Seselj y demuestra que, pese a la
indecisión, su falta de estabilidad y a las disensiones internas, la oposición
de la Convención Democrática es la única que puede ofrecer dentro y fuera del
país una mínima garantía de normalidad democrática para el país asolado por la
extinta dictadura del comunista Nicolae Ceausescu.
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