Por HERMANN TERTSCH
Enviado Especial a Bucarest
El País Domingo,
27.09.92
Hace poco menos de tres años, quien se hubiera atrevido en
Rumanía a pronunciar públicamente la frase "con Ceausescu vivíamos
mejor" hubiera sido apaleado o tachado de loco. Ahora, cuando se celebran
hoy las segundas elecciones multipartidistas, no es difícil encontrar personas
en Bucarest que lancen esa sentencia.
Esa manifestación parece del todo absurda. Son notorios los
contrastes entre esta ciudad y aquel triste escenario de las largas colas en
espera de comida, paseos urgentes de transeúntes que evitaban el contacto
visual con extranjeros y la angustiante presencia de policías de paisano en
todos los rincones de una ciudad que el crepúsculo sumía en la más absoluta
oscuridad.
Centenares de publicaciones de todo tipo a la venta en las
calles demuestran que, aunque la libertad de prensa no produce automáticamente
calidad, sí ha desaparecido la censura. Rótulos luminosos y escaparates de
comercios privados dan fe de que al menos en Bucarest y en el sector de
servicios y el pequeño comercio la iniciativa privada va lentamente cuajando en
el escenario de algunos de los mayores disparates del estatalismo megalómano
estalinista en Europa.
La campaña electoral ha transcurrido en paz. Todos los
partidos han podido desplegar sus precarios dispositivos electorales sin que
nadie creyera necesario o pudiera traer a la capital a bandas de mineros para
dar mayor contundencia a sus argumentos y a sus ataques contra los rivales
políticos. Aquí y allá, algún inversor extranjero discute en un restaurante la
posibilidad de crear una sociedad mixta o comprar algún establecimiento
hotelero. Unos 500 millones de dólares han sido invertidos por extranjeros este
año en Rumanía. Hay, por tanto, quien encuentra motivos para confiar en el
futuro del país.
Decepción
Y, sin embargo, la decepción ante el balance de los tres
años de régimen de transición está omnipresente. En la trastienda de la venida
Magueru, jalonada hoy por tiendas de productos extranjeros financiadas por
extraños depósitos de divisas accesibles para antiguos funcionarios del partido
comunista del conducator (Ceausescu), ejecutado en diciembre de 1989,
un grupo de niños recoge tablas y pedazos de vigas para hacer acopio de madera
para el cercano invierno. De las vecinas tiendas, ellos y sus familias sólo
conocen los escaparates. Ahora que ya no exigen divisas para el pago, sus
precios en el leu rumano son tan desorbitados que para la mayor parte de la
población estos negocios del mercado libre no suponen sino una mejora estética
de la avenida. "Quizá no viviéramos mejor bajo Ceausescu; mucho estaba
mal, de acuerdo, pero hoy no vivimos mejor. Los que viven mejor son los que
entonces también lo hacían", decían ayer dos señoras frente a una tienda
de ropa italiana en la calle Victoria, la avenida favorita de Ceausescu. Un
jersey cuesta allí más del triple de un sueldo mensual.
Bucarest votará hoy, previsiblemente, en favor de Emil
Constantinescu, rector de la universidad de la capital, candidato por la
Convención Democrática para la jefatura del Estado. Moderado y racional en su
campaña, es el favorito de todos aquellos simpatizantes de esta coalición de la
oposición que finalmente logró unirse para presentar batalla al presidente Ion
Iliescu. El pasado de éste como dirigente del aparato comunista y su presente
plagado de reflejos autoritarios es para muchos rumanos la principal causa de
que su país se quedara al margen del acercamiento de antiguos países comunistas
a Europa occidental.
Sin embargo, y como siempre en los Balcanes en esta larga,
difícil e incierta transición democrática, será el campo, desinformado,
manipulado por mitos y miedos atávicos y cautivo de una miseria rampante, el
que decidirá si Rumanía ha de dar el salto hacia la normalización democrática o
queda sumida en el pozo de la balcanización en el sentido más nefasto
del término. Y es allí donde más fuerte es el desengaño y el miedo al futuro
que forjan la añoranza al conducator Ceausescu.
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