Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
06.09.92
Los gitanos, chivo expiatorio de la crisis económica y de
los nacionalismos en Europa
Los cócteles molotov incendiaron primero la fachada. Después
varios miles se colaron por las ventanas y prendieron el mobiliario del centro
de refugiados de Rostock. Gran parte de los infelices, acosados en su interior
por una horda de jóvenes vociferantes de ira y odio, no sufrían esta pesadilla
por primera vez. Su experiencia se remonta siglos. Eran gitanos, miembros de la
única etnia que puede hoy llamarse paneuropea por derecho propio, tras el
exterminio de los judíos en el Viejo Continente en el holocausto bajo el
nazismo.
La barbarie parda ya intentó entonces que los
gitanos compartieran la suerte del judaísmo europeo. Más de 300.000 miembros de
esta etnia compartieron las cámaras de gas con los seis millones de judíos y
otros liquidados por aquel régimen que sumió en la ignominia a Europa. La
civilización se movilizó en armas contra el nacionalsocialismo, lo derrotó y
sentenció, solemnemente, que aquello no volvería a suceder jamás. "Nie
wieder". Este jamás ha sido breve. Tan sólo cinco décadas más
tarde, el odio racista emerge de nuevo en Europa. La pasividad de los Gobiernos
en la lucha contra todas sus formas ha ayudado a su nueva aceptación. En los
Balcanes vuelven a circular los trenes de ganado cargados con familias
desposeídas de sus bienes, sus casas incendiadas, asesinados muchos seres
queridos, anónimamente, individualmente o en masa. El móvil vuelve a ser el
mismo: la liquidación del ser diferente. Los adolescentes de Rostock y los
degolladores en Bosnia forman parte de ese poso de ignorancia, agravio, racismo
y crueldad que se creía definitivamente sumido en las cloacas de la marginalidad.
Hoy ya inunda calles alemanas y en Serbia dicta la política
de un régimen, al cual Europa sigue otorgando la respetabilidad que emana del
diálogo. Madres de familia alemanas ya no se resisten ante las cámaras de
televisión a defender "aspectos parciales" de la política de Hitler,
y jovencitos rapados quieren "acabar con los gitanos, que ensucian
nuestras ciudades". En las fosas comunes que se comienzan a levantar en
zonas abandonadas por las fuerzas serbias también aparecen, entre musulmanes
bosnios, otra vez, los gitanos.
Amarga experiencia
Las familias gitanas, a punto de perecer entre las llamas de
los incendiarios en Rostock, como millones de hermanos de etnia en todo el
continente europeo, desde Andalucía a las estribaciones orientales de los Cárpatos
en Rumanía y las llanuras de Besarabia, tienen rica experiencia como
perseguidos. En los suburbios de Madrid arden chabolas gitanas; en Rostock y
Cotbus, la "población biempensante" persigue a garrotazos y pedradas
a familias con niños, y en la ciudad de Giurgiu, al borde del Danubio, rumanos
asaltan e incendian negocios de gitanos asentados.
Bajo los regímenes comunistas, los gitanos, más que
perseguidos, fueron ignorados. Sin embargo, esto no llevó a su integración, y
mucho menos a su aceptación por las mayorías nacionales. En Bohemia como en
Transilvania y partes de Hungría y Voivodina, las autoridades comunistas
intentaron acabar con su nomadismo instalándolos en las casas de las minorías
alemanas deportadas después de la II Guerra Mundial. Esto incrementó el odio.
Zonas de un alto nivel de desarrollo bajo la comunidad alemana se convirtieron
en guetos de indigencia, marginación y delincuencia real o supuesta.
Cerca de cuatro millones de gitanos en Rumanía, 800.000 en
Hungría, un millón en Serbia y Macedonia, cerca de un millón en Bohemia
oriental y Eslovaquia, unos 900.000 en la antigua URSS y unos 60.000 en Polonia
han pasado así de la marginación indiferente al continuo hostigamiento por
parte de radicales nacionalistas y del llamado pueblo llano, hundido en la
pobreza heredada del régimen comunista.
Si los rumanos, polacos, rusos o ucranios intentan huir de
la pobreza abandonando su tierra, qué menos sorprendente que el hecho de que
los gitanos, aún seminómadas, azotados por un entorno cada vez más agresivo,
hayan puesto en marcha la tercera gran migración que emprende este milenio
desde los Balcanes hacia Centroeuropa.
Conseguida la llegada a los supuestos paraísos
centroeuropeos, Polonia y Hungría, como pasos sobre todo hacia Alemania, se
enfrentan a viejos problemas y a otros nuevos: la hostilidad de la pauperizada
población polaca, húngara o alemana oriental, su estilo de vida radicalmente
opuesto al nativo, la imposibilidad de acceder a trabajos con aceptación
social, la falta de representantes con capacidad de negociación con las
autoridades locales, la enemistad entre clanes y la frialdad de las comunidades
gitanas asentadas, que ven cómo la presencia de los recién llegados destruye la
frágil aceptación social lograda en los años de expansión y tolerancia.
Todos estos problemas, sin embargo, no frenarán en ningún
caso la migración, que podría poner en movimiento hasta a 10 millones de
gitanos. No existe disuasión contra los intentos de este pueblo de escapar
de pogromos y una indigencia desconocida en Occidente. Las autoridades
europeas deberán buscar nuevas fórmulas para solucionar un problema que
afrontan sin éxito desde hace siglos, pero hoy con nuevas amenazas: garantizar
la vida de un pueblo que se resiste a integrarse, impidiendo que su presencia
destruya el consenso democrático antirracista, que, aunque extremadamente
frágil, ha dominado la Europa civilizada en las pasadas cinco décadas.
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