Por HERMANN TERTSCH
Enviado Especial a Zagreb
El País Miércoles,
15.01.92
TRIBUNA
Los primeros reconocimientos internacionales de Croacia y
Eslovenia que empiezan a producirse suponen de hecho la muerte de un Estado, la
República Federativa de Yugoslavia, cuya agonía comenzó con la muerte en 1980
de su fundador y líder indiscutido, el partisano, comunista y estadista Josip
Broz, más conocido por su nombre de guerra: Tito. La nueva Yugoslavia, nacida
en los montes de Bosnia en 1943, con gran parte de su futuro territorio aún
ocupado por el invasor alemán, tuvo un origen heroico y lleno de ideales que
contrasta dramáticamente con su fin, envuelto en violencia y odio.
La Yugoslavia de Tito fue un intento de crear un Estado
común para un grupo de naciones, en su mayoría eslavas, que habían vivido
durante siglos bajo dominaciones diferentes y enfrentadas. Además, después de
la victoria en 1945 y tras una colectivización implacable, el régimen de Tito,
libre de la tutoría de Moscú desde 1948, fue una esperanza para la izquierda
necesitada de una tercera vía entre el capitalismo y el bolchevismo.
Fue mimada por el Este y el Oeste en la guerra fría, respetada como líder del
Movimiento de los No Alineados y dirigida por un hombre extraordinario al que
ni sus peores enemigos negaban la valía.
Pero cuando Tito murió, Yugoslavia ya era un Estado
carcomido por una autogestión fracasada, una corrupción rampante, agravios
comparativos entre las etnias, y unos dirigentes que de valientes idealistas en
la guerrilla antifascista habían devenido en ancianos dogmáticos o simples
usurpadores de privilegios.
Llega Milosevic
Entonces irrumpió en la escena política en Belgrado un
brillante orador, un comunista distinto e independiente, un "drugo
Tito" (el segundo Tito), pero además serbio. Se llamaba Slobodan
Milosevic. Era en 1986. Cinco años después habría de convertirse en el gran
disgregador que hizo separatistas a todos los demás pueblos de la federación.
Milosevic llegó al poder a caballo de una retórica comunista
y nacionalista. Prometió acabar con el "genocidio" del que, según él,
eran víctimas los serbios bajo la mayoría albanesa en Kosovo. Su cruzada serbia
contra el poder autónomo en Kosovo fue implacable. En poco más de dos años liquidó
todos los órganos de poder de los albaneses y acabó con todo disenso en el
régimen serbio. Derribó con manifestaciones organizadas a los Parlamentos y
Gobiernos en Vojvodina y Montenegro.
Después declaró la guerra económica a Eslovenia y se alió
con el Ejército, cuyo mando cada vez veía con mayor temor la descomposición del
socialismo real en el Pacto de Varsovia. La desaparición del comunismo dejaba a
los militares sin su último motivo de existencia -la amenaza del enemigo
exterior-, y con la Liga Comunista desaparecía el último factor integrador
panyugoslavo.
Las elecciones democráticas en Eslovenia y Croacia llevaron
al poder a fuerzas anticomunistas, mientras en Serbia -como en Rumanía, en
Bulgaria o en Montenegro- los comunistas rebautizados lograban bajo Milosevic
reafirmar su poder. La fisura entre los Balcanes y Centroeuropa fraccionaba
definitivamente Yugoslavia.
Eslovenia y Croacia piden entonces una confederación de
Estados independientes y chocan con los oídos sordos tanto de Milosevic como de
la comunidad internacional, que teme más el fraccionamiento de la federación
que el proyecto totalitario del presidente serbio. Zagreb y Liubliana proclaman
la independencia el 25 de junio. Milosevic llama entonces a la rebelión de los
serbios en Croacia.
Estalla la guerra en Eslovenia y seguidamente en Croacia.
Tras la derrota del Ejército en Eslovenia, Belgrado renuncia a la integridad
territorial yugoslava y se lanza a la conquista de la miniyugoslavia o
Panserbia, y ocupa un tercio de Croacia. Esta república, con un presidente
nacionalista políticamente débil, es incapaz de explicar al mundo su causa y
facilita a Milosevic su estrategia de ganarse la neutralidad internacional.
Avances federales
Pero los avances federales se estancan pronto, la
insatisfacción en la retaguardia serbia aumenta y la violencia de los ataques
contra objetivos civiles acaba por estremecer a algunos miembros influyentes de
la comunidad internacional. Muchos miles de muertos después, con gran parte de
Croacia destruida, desaparecida ya la URSS, la comunidad internacional reconoce
al fin que Yugoslavia ya sólo era capaz, como en la fase de entreguerras, de
sobrevivir como dictadura.
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