Por HERMANN TERTSCH
El País, Sarajevo,
16.06.92
GUERRA EN LOS BALCANES
Una sola panificadora mantiene con vida a una ciudad sitiada
La fábrica de pan Klas de Sarajevo está más protegida que el
cuartel general de la Defensa Territorial, el Ejército bosnio o la cercana sede
de la radio, única vía de comunicación que le queda al Gobierno de
Bosnia-Herzegovina con la mayoría de sus ciudadanos, aislados por la guerra a
lo largo y ancho de esta montañosa república. Grupos de jóvenes armados con
Kaláshnikov vigilan todas las entradas, vecinos con escopetas de caza patrullan
por los almacenes y el aparcamiento. No debe extrañar: sin Klas, muchos miles
de ciudadanos de Sarajevo podrían estar ya muertos.
Desde que, hace dos meses, la guerrilla y el ejército serbio
comenzaron un asedio a Sarajevo que impide toda entrada de alimentos a la
ciudad, Klas es el principal arma de la ciudad contra los intentos de los sitiadores de someterla por hambre. Desde hace semanas, muchos ciudadanos comen poco
más que un pedazo de alguna barra producida aquí en continuo desafío a las
bombas y a la escasez. Klas es la única panificadora que no ha cerrado por
falta de suministros o destrucción de sus instalaciones. Un conductor ya murió
por disparos de francotiradores, dos fueron heridos y Liliana, una encargada
de los hornos, ha perdido a sus veinte años las dos piernas por la explosión de
una granada de mortero. Klas es ya un símbolo de la lucha de Sarajevo por la
supervivencia y su dignidad ciudadana. Hoy sólo produce 15.000 barras para más
de 300.000 personas sitiadas en la ciudad. En tiempos de paz salían de aquí
120.000 barras que competían con las otras panificadoras.
Los doscientos trabajadores -hombres y mujeres, casi la
mitad serbios, muchos musulmanes y algún croata duermen desde hace semanas
junto al director, Kerrial Mesak, en los pasillos del edificio y comienzan a
media tarde el trabajo para conseguir la vital producción de pan, muchos días
sin agua corriente ni electricidad y cada vez con menos materias primas. No han
fallado ni un solo día desde el comienzo del sitio el 6 de abril. "Los
días que no hay agua vienen los bomberos a traerla con sus cisternas, muchas
veces bajo el fuego de artillería y de francotiradores", dice Mesak, un
musulmán de media edad, que no ha vuelto a su casa desde hace 45 días, cuando
su barrio fue tomado por la guerrilla serbia.
Rezar y pedir gasolina
"Cuando no hay electricidad y dispongo de combustible
conecto el generador para las mezclas y los hornos. Cuando no tengo
electricidad ni combustible, rezo un poco y me pongo a pedir gasolina por la
ciudad", señala. La fábrica ha sufrido dos ataques artilleros, uno de los
cuales estuvo a punto de destruir un silo de harina.
La caída de la producción en los últimos días, desde 45.000
a las 15.000 de hoy, se debe a la falta de levadura. "Harina tenemos,
aunque no diré para cuantos días porque podría interesarle al enemigo. Pero la
escasez de levadura es angustiosa. Ayer lo comenté por radio y ha comenzado a
llegar gente con los sobrecitos de levadura que aún tenían en sus
despensas", comenta mientras muestra una caja llena de sobres de 10
gramos.
"Los problemas laborales desaparecieron con la
guerra", recuerda Mesak. Ahora todos vuelcan su corazón en esta labor. Mucho
ha dejado de tener importancia". De quien más orgulloso está el director
es de Habib Mekic, un musulmán que ha logrado en tres ocasiones romper el cerco
de la guerrilla serbia para traer levadura desde la ciudad de Tuzla.
Mekic, pelo negro, 41 años, describía ayer con modestia sus
escapadas a Tuzla, que fueron auténticas hazañas en las que estuvo a punto de
morir:
"Llegué a un acuerdo con los serbios para que me dieran
un pase a cambio de llevar comida a un pueblo serbio en el que se combatía. En
cada barricada serbia les daba una caja de pan a cambio de pasar, y a la vuelta
les entregaba paquetes de levadura".
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