Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
21.01.92
TRIBUNA
La victoria del candidato de la Unión de Fuerzas
Democráticas, Yeliu Yelev, en las elecciones presidenciales búlgaras ha sido
bienvenida en Occidente como "ruptura del electorado búlgaro con el pasado
comunista". Por primera vez en el proceso democratizador búlgaro, iniciado
el 11 de noviembre de 1989 con la caída del anciano comunista Todor Yivkov, una
mayoría absoluta del electorado se define a favor de la opción rupturista de la
UDF y en contra del conservadurismo rojo del Partido Socialista, ex
comunista. Sin embargo, un análisis de los resultados desmiente esta primera
impresión y refuerza las dudas existentes tanto dentro como fuera de Bulgaria
sobre las posibilidades de esta sociedad balcánica de realizar una transición
hacia la economía de mercado similar a las que se hallan en curso en los países
ex comunistas de Centroeuropa.
Yelev, que durante su gestión presidencial demostró talante
conciliador y tolerante, una decidida apertura a los valores llamados occidentales
y una considerable habilidad en su política exterior, venció con tan sólo
el 52,88% frente al 48,12% de Velko Valkanov, el candidato oficialmente
independiente, pero apoyado por el PS.
La imprescindible estabilidad para los cambios en un país
inmerso en la explosiva región que son hoy los Balcanes ha recibido un revés
con esta pírrica victoria de Yelev. La sociedad búlgara se halla, según
demuestran los resultados del domingo, dividida en dos partes prácticamente
iguales. Dos años llenos de revelaciones sobre la corrupción, el abuso de
poder, la masiva violación de los derechos humanos y el fracaso del régimen de
Yivkov no han impedido que casi el 50% de los electores votaran a favor de las
tesis de sus herederos.
En las elecciones parlamentarias del pasado mes de octubre,
la UDF había superado (con el 36%) por primera vez al PS (32%), y pudo formar
gobierno gracias al partido de la minoría turca (Movimiento por los Derechos y
Libertades, MDL), que obtuvo el 7% de los votos. Parece ya cierto que la
minoría turca votó en bloque a Yelev y una mayoría de los votantes considerados
étnicamente búlgaros votó en su contra. Es cierto que parte de los votos a
favor de Valkanov pueden no estar dirigidos contra las reformas
políticas y económicas, sino a favor del nacionalismo antiturco.
También que la trinchera entre los frentes es en gran parte generacional y
educacional.
Los mítines de Valkanov parecían asambleas de la tercera
edad, y las grandes urbes votaron en masa a Yelev, exceptuando los bastiones
comunistas de Vidin, Vratsa o Mihailovgrad. Pero también es cierto que el
desmantelamiento del sistema burocrático e industrial búlgaro sovietizado como
pocos en el Este acaba de empezar y tendrá graves consecuencias sociales
inmediatas para la población.
Es previsible, por tanto, que los adversarios de la política
de Yelev y del Gobierno sean mayoría muy pronto con la crisis sin tocar fondo.
El talante pacífico y tolerante forma parte del carácter nacional búlgaro y ha
desempeñado un considerable papel en impedir grandes convulsiones en la
desesperada situación económica y depresión colectiva por las que ha pasado
Bulgaria en los pasados meses. Este se verá de nuevo puesto a prueba con el
aumento del desempleo y las tensiones étnicas.
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