Por HERMANN TERTSCH
Enviado Especial a Agârbiciu
El País Viernes,
08.01.93
REPORTAJE
Los alemanes de la Transilvania rumana, al borde de la
desaparición
La enorme lechuza parecía gozar la tranquilidad de la
iglesia alemana medieval de Agârbiciu, en el corazón de Transilvania. Al oír el
ruido seco del cerrojo y el crujido de la pesada puerta miró brevemente a los
intrusos y levantó el vuelo a través de la nave gótica hasta posarse junto a la
estrella dorada que corona el altar neoclásico. Conoce bien a uno de los recién
llegados, al viejo y flaco Hartmann, con sus dos únicos dientes bajo el labio
superior, su sombrerito de fieltro verde, sus botas de plástico y su
puntualidad germana en acudir al mediodía y al ocaso, para subir hasta la vieja
torre y hacer sonar las campanas.
Hartmann es ya la única persona que acude diariamente a esta
iglesia, desde hace más de 500 años punto de encuentro y frecuente refugio de los alemanes durante invasiones y asedios. Con su muralla anular, la
iglesia-fortaleza de Agârbiciu, como decenas más en toda Transilvania, son el
testimonio de la presencia, en esta región limítrofe entre Centroeuropa y los
Balcanes, de la cultura alemana del Cárpato por cuya muerte anunciada doblan
diariamente las campanas del viejo Hartmann. Agârbiciu se llamaba Argeben.
Seiscientas familias de sajones han vivido aquí desde poco después de que la
invasión de los tártaros en 1242 diezmara la escasa población de szekelys -una
tribu húngara- y de los primeros colonizadores alemanes traídos por el rey
húngaro Geza. "Hoy quedamos 65 alemanes vivos y uno muerto que habré de
enterrar mañana", dice con resignada sonrisa el párroco de esta comunidad
evangélica, Klaus Binder.
Él, como todos los poco más de 30.000 alemanes que quedan en Transilvania hoy, sabe que ha llegado la hora final de la cultura sajona en
esta región de Rumanía. No puede ya siquiera entristecerse por lo que considera
un hecho consumado. Tres de sus cinco hijos han emigrado ya a Alemania y el
cuarto, que será pastor como él, tiene ya su pasaporte listo y las maletas
hechas. Binder y su mujer quedarán en Agârbiciu con el pequeño Robert de cinco
años "hasta ya se verá cuando", dice.
700 años agitados
Cerca de medio millón de alemanes vivían en Rumanía cuando
se creó el Estado en 1918, concentrados en Transilvania y en el Banato. Habían
sobrevivido 700 agitados años, con asaltos tártaros, incursiones turcas,
invasión y ocupación del imperio otomano y la convulsa vida de frontera militar
entre los imperios austrohúngaro y turco. Después, en 1945, vendría la
deportación y liquidación de muchos de ellos por luchar en favor de la Alemania
hitleriana, como habían hecho los propios rumanos hasta pocos meses antes. Pero
el final ha llegado con los 40 años de comunismo, la miseria bajo Nicolae
Ceausescu y, finalmente, el derrocamiento del dictador y la consiguiente
libertad para viajar, unida a la fascinación por ese paraíso de la abundancia
que se les antoja que es Alemania, tan distinta a la vida en una Rumanía que
ven condenada al oscurantismo y la penuria.
"La revolución (diciembre de 1989) fue como la ruptura
de una presa, ahora ya sólo quedamos unos pocos y tristes charcos. En este
pueblo quedan dos jóvenes y tres niños. Todos tienen ya fecha de partida",
dice Binder. Ya sólo celebra misa los domingos. "A otras aldeas ya no voy
más que en Navidades, Pascua y Pentecostés". En algunas había más de 800
alemanes en diciembre de 1989. Hoy quedan cinco o seis familias.
Hermannstadt, la actual Sibiu, cuenta ya con menos de 5.600
alemanes entre sus 180.000 habitantes. En 1919, aún eran el 60% de los entonces
34.000 pobladores, frente a unos 6.000 rumanos, 4.000 húngaros, unos 500
gitanos, y una pequeña comunidad judía. A mediados del siglo pasado sólo vivían
alemanes y judíos en el recinto amurallado de Hermannstadt.
Hoy, Sibiu, cuenta aún con un semanario alemán, Hermannstaedter
Zeitung, pero gran parte de los 2.000 ejemplares se envían a Alemania y
Austria. Beatrice Ungar, uno de sus cuatro redactores, corrige las pruebas
montadas por linotipistas que no hablan alemán. "Es difícil quitarles
todas las erratas".
Complejo químico
En Agârbiciu, el campanero Hartmann, después de recitar
orgulloso el poema La campana de Breslau y recordar alguna estrofa
de la campana de Friedrich Schiller, señala desde la torre las
chimeneas a lo lejos de un complejo químico que convirtió la ciudad medieval de
Copsa Mica -en alemán Klein Kopisch-, en un infierno industrial del
estalinismo. "Al principio la fábrica se llamaba Beria, por aquel ruso, ya
saben. Era muy sucia, pero allí se ganaba dinero. Vinieron rumanos y muchos
gitanos". Los alemanes, pioneros en el comercio, la organización social y
la artesanía en la región, abandonan el territorio. "Aquí somos ya objeto
de museo", dice el párroco.
Las casas de los alemanes que emigran quedan en manos de los
gitanos, que ya son mayoría absoluta en el pueblo. Esto ha incrementado las
tensiones étnicas, no ya con los pocos alemanes que sólo piensan en irse, sino
con los rumanos que no tienen donde ir. "Este pueblo ya es gitano. Los
gitanos no se asimilan. Son los rumanos los que se asimilan a la vida de los
gitanos", dice otro alemán cuya familia ya le espera en Alemania. Tan sólo
el viejo y desdentado Hartmann se muestra inmutable. "Las ratas abandonan
el barco y los sajones también. Yo sigo aquí", dice, decidido a hablar con
la lechuza y tocar las campanas de la orgullosa iglesia-fortaleza de su Argeben
local incluso cuando no quede ningún alemán para oírlas.
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