Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
21.07.92
Václav Havel dimite como presidente de Checoslovaquia
Una más de las grandes esperanzas surgidas en Europa en
aquel año memorable y casi increíble que fue 1989 ha quedado definitivamente
rota con la dimisión del presidente checoslovaco, Václav Havel. El filósofo
presidente, el dramaturgo disidente, símbolo de la añoranza de libertad y
tolerancia expresada por el grito entusiasta que resonaba aquel otoño por las
calles de Praga y Bratislava, "¡Volvemos a Europa!", abandona el
cargo, dolido y decepcionado por una evolución que confirma sus peores temores.
La revolución de terciopelo, el levantamiento
popular que en noviembre de 1989 acababa en pocos días -con cánticos y velas
encendidas como únicas armas- con el régimen comunista checoslovaco, había
tenido su culminación en la designación de este hombre sabio como
jefe del Estado de checos y eslovacos. Este hijo de una familia de la gran
burguesía checa se había convertido, en décadas de lucha política y literaria,
muchas veces solitaria, a favor de la verdad, en la conciencia de aquella
maltratada sociedad.
Havel nació en 1936, un año antes de la muerte del que había
sido primer presidente de Checoslovaquia, el filósofo Thomas Garrige Masaryk,
con el que tantas veces ha sido comparado. Masaryk había sido el artífice de la
creación de este Estado de checos y eslovacos surgido en 1918 de los escombros
del Imperio Austro-Húngaro, un Estado soñado por su fundador como gran ejemplo
de cooperación y equilibrio entre dos pueblos eslavos en el corazón
centroeuropeo.
Havel, que siempre ha compartido este sueño, se marcha al
ver que ha saltado en añicos ante las arremetidas de esas viejas fuerzas
reavivadas por el terremoto histórico que sacude al continente. El hombre
reflexivo ha sido derrotado por las pasiones del nacionalismo; el piadoso, por
los rencorosos y vengativos; el austero y ponderado, por los rapaces de la ley
del más fuerte. El Estado se muere y Havel no quiere ser el sepulturero.
Havel, que había asumido el cargo a finales de 1989 entre
grandes dudas y bajo fuertes presiones, no negaba ya desde hace tiempo que éste
le producía satisfacciones que compensaban su alejamiento casi total de su
auténtica vocación, que son las letras. Otro gran intelectual disidente bajo el
comunismo, el polaco Adam Michnik, comentaba hace días que durante la dictadura
había considerado al periodismo como un instrumento más de la lucha política
para caer después de lleno en esta profesión, donde su éxito no es menor.
Havel, amigo y compañero de lucha de Michnik desde hace décadas, entró en la
política obligado por la lucha contra la censura y a favor de la verdad que se
imponía como literato honesto.
Fue un congreso de la Unión de Escritores Checoslovacos, en
1967, el detonante de un movimiento emancipador en todo el país que acabó
conociéndose como la primavera de Praga. Havel ya jugó allí un papel
destacado. El aplastamiento de aquel nuevo y breve despertar de los checos y
eslovacos a las libertades hizo de Havel el escritor un adversario del régimen
que, por su pundonor y coraje, pronto fue considerado el enemigo político
número uno.
Prohibida la representación de sus obras y la publicación de
sus libros en el interior, cada vez más celebrado en el exterior como autor y
luchador por las libertades, en la década de los ochenta Havel entraba y salía
de prisión con la frecuencia y el sosiego con que otros hacen viajes de placer.
Amante del rock y del jazz, del arte moderno, amigo de
artistas, literatos y filósofos, Havel era el poeta enamorado de la vida, la
antítesis viva de la mediocridad doctrinaria que durante décadas gobernó
Checoslovaquia.
Pero los entusiasmos por la libertad, la tolerancia y la
democracia que vencieron en 1989 y llevaron a Havel al Hrad, "al
castillo", sede del jefe del Estado en Praga, bajo las agujas de la
catedral de San Vito, se han esfumado y, con él, los apoyos al presidente.
Los 'chicos de Chicago'
Ante todo en Eslovaquia, los sentimientos de agravio,
hábilmente agitados por los nacionalistas, se han vuelto contra Praga y contra
su cabeza más visible, Havel. En el Parlamento le negaron su reelección en
primera ronda. Él no ha querido insistir. En la república checa de Bohemia y
Moravia, la derecha dura de los chicos de Chicago de Václav Klaus,
vencedor en las elecciones allí, tampoco va a defender a quien considera
demasiado escrupuloso y reflexivo para el salto al capitalismo ideal que,
considera, exige víctimas. Así, checos y eslovacos parecen decididos a poner
fin al Estado checoslovaco. Fundado por aquel gran pensador Masaryk, hoy es
otro hombre del pensamiento, Havel, quien se ve en el triste designio de
simbolizar su fin.
Como le sucedió a otro intelectual en la vecina Polonia, a
Tadeusz Mazowiecki, Havel ha antepuesto su conciencia a sus deseos de
mantenerse en el cargo. Nadie podía esperar otra cosa de este gran hombre de
pequeña estatura que en los solemnes salones barrocos del Hradshin ha mantenido
esa humilde dignidad con que recibía a los periodistas en su casa, en bata, con
pantuflas, una botella de cerveza en la mano y algún chiste sobre los policías
que día y noche vigilaban su portal en la calle.
Como tantos otros líderes morales de las naciones emergentes
del que fuera bloque soviético, Havel no ha podido mantenerse ante la
profundización de la crisis económica, el avance de la intolerancia
nacionalista y el desmoronamiento de los ideales que simboliza con su persona.
Con la dimisión de Havel, pierde la aún existente
Checoslovaquia; pierde Eslovaquia, que se desengancha aún más de sus nexos con
centroeuropa -que, quiera Bratislava o no, pasan por Praga-, y pierde la idea
de un continente abierto, ilustrado y antisectario.
Pierde Europa, que se aleja un poco más de aquellas ideas
triunfadoras en 1989 y se sume un poco más en el lodo de las viejas hipotecas
del continente, el nacionalismo, la irreflexión, la soflama demagógica y la
intolerancia que, por desgracia prematuramente, muchos creían ya
definitivamente liquidadas.
Queda la esperanza de que Havel, aún joven a sus 56 años,
cumpla con su vaga promesa hecha a sus conciudadanos el domingo en su
intervención radiofónica semanal de Conversaciones desde Lany, la
residencia de verano presidencial en las afueras de Praga: "Hasta la
vista, en tiempos mejores".
No hay comentarios:
Publicar un comentario