Por HERMANN TERTSCH
Enviado Especial a Sarajevo
El País Sábado,
13.06.92
GUERRA EN LOS BALCANES
Los habitantes de Sarajevo reciben con un mar de lágrimas de
alegría al convoy de la ONU
"Nunca en la vida he visto llorar a tanta gente
junta". Ésta fue la única frase que rompió el tenso silencio en uno de los
automóviles de periodistas que acompañaban al convoy de fuerzas de las Naciones
Unidas en su entrada en la sitiada ciudad de Sarajevo. Tras 36 horas de viaje entre
miradas hostiles de la población serbia, algunos disparos intimidatorios e
interminables negociaciones con mandos del Ejército serbio federal en la línea
de fuego en los suburbios, los cascos azules y los periodistas eran recibidos
por centenares de ciudadanos de Sarajevo con la emoción a flor de piel y un
angustioso y comprensible sentimiento de desesperanza. "Ya nos han matado
a todos un poco", dice Zeljko, actor profesional, que busca con escaso
éxito comida para su hija de tres años.
Mujeres de todas las edades lloraban abiertamente, los
hombres apretaban el gesto para evitar las lágrimas y todos, desde portales y
agolpados en balcones y ventanas de bloques de viviendas semidestruidos por la
artillería, saludaban a la larga columna de blindados, camiones y jeeps blancos
como quien recibe a la gran esperanza largo tiempo perdida. Las tabletas de
chocolate lanzadas desde uno de los coches surcaban los aires como mensajeros
de la vergüenza que sienten los extranjeros que conocen los sufrimientos de estas
gentes ante la incapacidad del mundo a ponerles fin. Todos tienen marcado en el
rostro el infierno en que se ha convertido la vida en Sarajevo desde que hace
dos meses la guerrilla y el Ejército serbio-federal impusieron su cerco total a
la ciudad. Desde entonces no ha entrado comida, el agua está cortada y los
teléfonos casi no funcionan, al igual que el fluido eléctrico. En algunos
barrios, como el desgraciado Dobrinja, aislado a su vez del centro, ya han
enterrado a los que posiblemente sean los primeros europeos en muchas décadas
en morir de inanición.
"Bienvenidos al infierno", reza la gran pintada
con una calavera que ha aparecido en varios muros de la ciudad.
La entrada de los periodistas estuvo a punto de ser
frustrada por un grupo de irregulares serbios. En el último control ante la
tierra de nadie, y como parece ser ya habitual, el más demente y ebrio de los
individuos allí armados quiso hacer gala de su osadía y desprecio a todo lo
ajeno a su tribu. Tras golpear el capó de un coche, arrebatar una cinta a un
equipo de televisión e insultar a la ONU mientras escupía al suelo, advirtió,
pasándose repetidamente el canto de la mano derecha por la garganta, sobre lo
que les pasará a los periodistas que no se vuelvan de inmediato a su país. La
presencia de una tanqueta de la ONU y la intervención de la dotación de un jeep
de la policía del Ejército serbio-federal no le dieron tiempo a cumplir la
amenaza allí mismo.
Son estos individuos, armados por el Ejército
serbio-federal, los que, "haya el acuerdo que haya, no entregarán nunca
sus armas y seguirán viviendo en los montes y bosques, luchando y
matando", dice Mato Zovkic, croata, vicario general de la Iglesia católica
en Sarajevo.
Zovkic había acudido al mercado, aprovechando que esta
mañana del viernes eran aún pocas las granadas que caían por la zona. Había
cuatro puestecillos abiertos de los cerca de 200 en tiempos de paz. Uno vende
mecheros y dos bolsas de café verde. Otro, cerezas. El tercero, en el que se ha
formado una cola, pequeñas cebolletas. El último, posiblemente el dueño de un
jardín que necesita con desesperación dinero para pagar los disparatados
precios de lo poco existente, se ha aventurado al centro a intentar vender unas
flores.
El vicario Zovk¡c rechaza con una sonrisa como
"propaganda" el supuesto fundamentalismo religioso musulmán que el
líder de la guerrilla serbia, Radovan Karadzic, asegura combatir. Dice que las
decenas de miles de serbios que comparten con los demás la mísera existencia en
el asedio "son gente decente y buena que ni católicos ni musulmanes odian.
También hay serbios defendiendo Sarajevo. Los responsables de esto son los
ideólogos del odio. Ésos están ahí, en los montes, y en Belgrado".
Las manos vacías
Como muchos bosnios, Zovkic reprocha al presidente de
Bosnia-Herzegovina, Alia Izetbegovic, "su ingenuidad", al dejarlos
desarmados, "con las manos vacías ante la agresión". Hace una semana,
las fuerzas del Gobierno capturaron algunas piezas de artillería en el cuartel
Mariscal Tito, abandonado por el Ejército serbio-federal. A algunas de éstas
sus antiguos dueños les perforaron los cañones antes de abandonarlas.
Un miembro de la presidencia, el musulmán Eyup Ganic,
coincide con Zovk¡c en que esas pocas piezas de artillería levantaron algo la
moral. "Ellos [la guerrilla y el Ejército serbios]", afirma,
"estaban demasiado cómodos ahí arriba, en los montes, disparándonos. Ya no
nos sentimos totalmente impotentes, aunque por cada granada que lanzamos nos
caen 20".
A 500 metros de la presidencia, por la avenida del Mariscal Tito
con sus aceras cubiertas de escombros, las fachadas taladradas por obuses de
tanque, y coches y camiones destrozados por granadas o por los accidentes que
provocan las frenéticas huidas ante bombardeos o francotiradores, se encuentra
la escuela teológica islámica, cuyos sótanos son escenario de un terrible
drama. Cerrada por primera vez en 500 años -"ninguna invasión, ni la
guerra contra los nazis, interrumpió aquí las clases", dice su secretario,
Hajib Sisic-, alberga en dantescas condiciones a más de 350 mujeres y niños que
tuvieron que huir de sus casas de los barrios altos de la ciudad.
Algunas mujeres cocinaban ayer en el patio quemando vigas
arrancadas por las bombas, desafiando las granadas que al mediodía caían con
intensidad creciente. Los adultos comen sólo dos veces por semana. A los niños
los engañan con pasta de arroz y quedan papillas para tres días para los más
pequeños. Muchas ya no suben a la planta baja ni en los momentos en que no se
oyen las bombas. "Decenas de madres están trastornadas, unas pasivas,
otras agresivas. Pasan las 24 horas en el sótano", dice Sisic. "Si no
nos ayuda el mundo, no sé si sobreviviremos", dice una susurrando para que
no le oigan los niños.
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