Por HERMANN TERTSCH
El País, Estocolmo,
27.01.2000
Casi cuarenta jefes de Estado y de Gobierno, destacados
políticos de Europa e Israel, historiadores y también, ya muy ancianos, decenas
de supervivientes de los campos de exterminio nazis se dieron cita ayer en
Estocolmo para inaugurar el Foro Internacional sobre el Holocausto. Además de
una ceremonia en memoria del peor crimen de la historia, es el mayor acto
conjunto de los Gobiernos europeos para manifestar su voluntad de combatir el
nazismo, el antisemitismo y la xenofobia en el siglo que comienza.
En la inmensa sala del palacio de congresos, y bajo la
presidencia de los reyes de Suecia, muchos de los asistentes eran conscientes
de que ayer se cumplía el 55º aniversario de la liberación de los campos de
exterminio de Auschwitz y Birkenau. Los aliados sólo encontraron aquel día a
7.000 seres agonizantes de los más de un millón y medio que habían llegado a
aquellos campos en los trenes de la muerte desde 1942. Más de medio siglo han
tardado las democracias en unirse para buscar una estrategia común para impedir
que jamás pueda volver a repetirse un horror semejante. Todos, desde el primer
ministro sueco, Göran Persson, celebrado artífice de esta idea sin precedentes,
hasta el canciller alemán, Gerhard Schröder, pasando por el canciller austriaco
en funciones, Viktor Klima; el primer ministro israelí, Ehud Barak; sus
homólogos italiano, Massimo D'Alema; el francés, Lionel Jospin, o el holandés,
Wim Kok; los jefes de Estado de Polonia, Alexandr Kwasniewski, y de la
República Checa, Václav Havel, o el ministro de Exteriores británico, Robin
Cook, coincidieron en que esta década pasada ha dado un impulso sin precedentes
a la revalorización de la memoria y la verdad histórica como arma de defensa de
la democracia. El recuerdo de la barbarie y el respeto a sus víctimas deben ser
la más firme base de la convivencia en la tolerancia de todos los seres
humanos.
Muchos factores, entre ellos el hundimiento de la otra gran
mentira histórica con el nazismo, el comunismo, han sido determinantes en este
sentido. Otro ha sido que, igual que desaparecen los últimos supervivientes,
quedan cada vez menos individuos interesados en ocultar su papel de verdugos y,
mucho más importante aún, quedan cada vez menos miembros de aquella gran masa,
no sólo alemana, que asistió indiferente al crimen, que no intentó ayudar a los
vecinos ni a los amigos de sus hijos que eran deportados hacia las cámaras de
gas y antes humillados en las calles.
El diplomático sueco Raoul Wallenberg o el español Sanz Briz
son prueba de que muchos podrían haber hecho algo por alguien y que no lo
hicieron por indiferencia, por falta de compasión o de coraje civil. El
indiferente ante el mal, dijo ayer el premio Nobel de la Paz Elie Wiesel, es
siempre en las sagradas escrituras más castigado que el malvado.
Schröder dejó claro que el cambio generacional habido en la
política alemana no afectará en nada a un axioma que debe regir siempre en la
conducta de su país y es que nunca habrá un punto final respecto al holocausto.
También anunció que hoy comenzarán las obras del gran monumento a los judíos de
Europa víctimas del nazismo que se va a construir en el centro de Berlín.
"Los jóvenes alemanes no tienen culpa de lo sucedido. Pero sí queremos que
se enfrenten a los horrores habidos. Porque la civilización y la democracia no
son bienes que se pueden dar por hechos. Hay que formar a las nuevas
generaciones en la humanidad y el coraje civil para que sepan impedir que
alguien vuelva a crear fábricas de ejecución". "Porque Auschwitz no
fue una catástrofe natural, sino seres humanos, en su mayoría alemanes, los que
convirtieron aquel lugar normal en un templo del crimen".
Pero que esta conferencia se celebre ahora tiene también
mucho que ver con que los políticos demócratas han llegado, al menos los más
lúcidos, a la conclusión de que solamente a través de una educación desde la
infancia basada en la compasión, la solidaridad y el conocimiento del mal que
el ser humano es capaz de desplegar puede formar ciudadanos capaces de
enfrentarse a los peligros que generan el desprecio y el odio.
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